Digo yo que siquiera por pudor, alguien que se apellide Pajín debería abstenerse de acudir a una reunión con un prelado de la Iglesia Católica. Que la masturbación es pecado, ya se sabe.
Y sobre todo ahorrarse irrumpir en casa asociada a la abstinencia y el celibato ostentando esos dos pechos inmensos de koljoziana recién deskulakizada, los hombros desnudos, los modelitos ciñendo con fuerza las carnes que son orgullo del koljóz «El Monclovita». Y cuidarse también de que su compañera, Elena Valenciano, lleve los tirantes del sujetador al aire y ese atuendo propio de desparrames ibicencos o saraos en Marbella. ¡Que van a hablar con un Cardenal, coño!
Jamás se aparecerían así en Roma o la Nunciatura en Madrid. Ténganlo por seguro.
Pero, ah, claro, oiga, espere, no… Es Cardenal de Cuba, esa isla bonita, ese parque temático de la izquierda. ¿A qué respetos del protocolo? ¿A qué andarse con cortesías?
A estas dos embajadoras de una generación de políticos del PSOE que es la peor que ha conocido España desde tiempos de Atapuerca, Cuba, los cubanos, el cardenal y los sacerdotes mortificados a los que Leire habrá rozado con sus pechos antes de presentarse haciéndoles progresista guiño que habrá parecido invitación ―«¡Pajín!»― les parecen figurantes de una película de la España de los sesenta.
Y lo jodido es que, hasta cierto punto, razón no les falta, porque el cardenal no despidió a este par de pécoras turistas que viajaron, ¡ojo!, «a estrechar lazos con el Partido comunista» en cuanto se aparecieron de esa guisa a las puertas del Arzobispado de La Habana.
Cosas de la «siempre fiel», fíjate.
Inclúyase este post en la (imaginaria) carpeta marcada con la leyenda «¡Y todavía queremos que nos respeten!».
UPDATE:
En Guamá una ilustración muy pertinente para esta nota.
El rapero Wyclef Jean confirma que presentará su candidatura a la presidencia de Haití. Criado en Brooklyn, Nueva York, Jean confía en poder enderezar un país al que la suerte le viene siendo esquiva desde aquel lejano día en que decidieron colocarse a la cabeza del mundo libre aboliendo la esclavitud. Fue hace tanto como en 1791.
En medio de una crisis que se come a Grecia, Islandia o España, la República Dominicana, país que comparte isla con Haití, muestra unos datos económicos despampanantes. Tanto como que de 2004 a la fecha ha conseguido duplicar el valor de su economía. Preside ese país Leonel Fernández, eficaz dominicano criado en Nueva York.
Va y tienen razón los cubanos: si el mundo se va a acabar, ¿qué puede importarles que los países de su área geográfica conozcan alternativas políticas o hagan crecer sus economías a ritmo trepidante?
¿A qué perder el tiempo del que tan poco nos queda según Castro I en empeños tan áridos como la política o la economía? Ocúpense haitianos y dominicanos de tales naderías.
En Cuba, ese país de entes superiores que tantas veces desprecian a haitianos y dominicanos por sentirse superiores y elegidos (¿para qué?), trabájese lo menos que se pueda en lo que queda de semana, atiéndase al apocalíptico discurso en mañana de sábado y después, y con perdón: ¡a singar, que el mundo se va a acabar!
También en el llamado «Mediterráneo de las Américas» cada isla tiene ―si es que no el destino― sí el presente que merece.
Del acarreo foráneo con la música cubana hay tanta huella que la vereda ya hace rato amenaza convertirse en camino de barro.
Aunque hay, claro, auténticas gemas en el barrizal ―entre las más brillantes las que nos regalan de vez en cuando los músicos africanos. ¡Vaya si las hay! Y todavía aparece alguien como Diego El Cigala, que nos deslumbró hace pocos años de la mano de Fernando Trueba, a quien no sé cómo le pagaremos, si alguna vez lo hacemos ―ingratos incurables que somos―, lo que ha hecho por Bebo Valdés y tanta música latina de Nueva York.
Con todo, mi predilección, una que auguro nadie conseguirá superar, sigue estando del lado de Marc Ribot y sus Prosthetic Cubans.
Con él y esa vocación postiza la dimensión folklorizante del aprovechamiento de la música cubana alcanzó cotas de veras sublimes. «Las lomas de New Jersey», gema engarzada en el hermoso camafeo que es Muy divertido!, probablemente sea la canción que escucho más veces al año.