La población de Cuba, según censo reciente, es de 11.242.621 personas, mientras las estadísticas del Ministerio de Salud pública arrojan que el peso medio de la población ronda los 64 kilogramos.
Luego, habrían unas 719.527 toneladas de carne cubana moviéndose sobre esa isla.
Memorícese el guarismo. Dado que uno tiene que preguntarse tantas veces cuál es el peso del «problema cubano», ahí es algo. Y dado que nos es imposible saber qué quieren esos cubanos, al menos conocemos lo que cuesta cargar con ellos o levantarlos.
Mucho más complicado resultaría aplicar el mismo procedimiento al peso del exilio. Demasiada carne hecha picadillo y mezclada con otras carnes, ya saben.
Sí, con el peso del exilio la cuestión resulta mucho más compleja. Va y por eso la báscula se nos ríe en la cara…
El cubano Dinio García ha iniciado una huelga de hambre en Madrid. Con lo que ahora, por tener, los cubanos tenemos hasta un actor de cine porno en huelga de hambre y fuera de Cuba.
Dinio protesta contra la orden de expulsión que siguió a la negativa del Gobierno a renovarle el permiso de residencia en España. La decisión no es gratuita: dos delitos la avalan. Dos delitos leves, parece ser.
Ahora pide la mediación de José Luis Rodríguez Zapatero y asegura ―con esa muletilla propia de huelguistas de hambre― estar «dispuesto a llegar hasta el final». Esta tarde ha dicho más en Sálvame. Concretamente, ¡agárrense!, que hay otros muchos cubanos en Madrid dispuestos a sumarse a su huelga.
Dinio, un tipo que lleva unos diez años asomando a las pantallas de televisión de España su comportamiento de cubano poscomunista, me cae de maravilla, me ha divertido siempre y siempre me ha divertido mucho. Muestra a un tipo de cubano que encarna lo mejor y lo peor de nuestra condición. Es una metáfora con ganas de encaramarse a arquetipo.
Sin embargo, con su huelga de hambre nos coloca en una enojosa situación, porque mientras la sociedad española exige muy mayoritariamente que los extranjeros que han cometido delitos en el país sean expulsados a sus países de origen, Dinio reclama excepción. Los cubanos deberíamos quedar exentos de esa norma, dice, porque Cuba es una dictadura y los hermanos Castro un par de sátrapas.
Otra vez la excepción, pues. Los cubanos como entes ajenos al resto del mundo. Excepcionales de día y de noche. Forasteros de toda norma. Contrapuestos a los nacionales de otros países. Privilegiados.
Y no. Me temo que esta vez no va a colar. Ni puñetera falta que nos hace por mucha que le haga a Dinio.
A mí me cuadra el retorno de Castro I, fíjense. ¿Quién ha visto que país que blasona de excepcional padezca transicioncita de nada? Lo nuestro, cubiches, a lo grande. ¡Qué caray!
La vuelta del infeliz protagonista de nuestro último medio siglo ofrece posibilidades inmensas a los cultores de la literatura fantástica.
Así, por ejemplo, para trilogía ligera con su algo de Tolkien y su buchito de Shakespeare. Cosa que leer en vuelos transoceánicos, digamos. Digo yo que vendería como churros.
Aquí ofrezco rápido esbozo para autores ociosos.
Un longevo hechicero dominó una isla por cincuenta años. Astuto y cruel, se iba deshaciendo de todos sus enemigos sin dificultad. ¡Magia negra de la buena! Y la guerra, fría. Ambicioso, sus apetencias de gloria lo llevaron a asociarse a un imperio, a enfrentarse a otro y a alentar levantamientos en tierras ―altas o bajas― vecinas o distantes. El tiempo o la espada se llevaban a otros emperadores, pero él permanecía a cargo de su aislado feudo, adorado por sus vasallos y odiado por unos pocos que huían despavoridos o marchaban desesperanzados a una lengua de tierra vecina.
Una sola idea animaba a los descontentos: algún día la Parca se llevaría al ya anciano dictador y con ello se abrirían los cielos y se derramarían frutos y mieles en irrefrenable cornucopia. No era idea infusa; era rumor emanado de oráculo del que nadie, sin embargo, tenía plena certeza.
Entretanto, la siniestra sombra de su hermano, un hombre a quien los vasallos tenían por corto de luces y disoluto, planea desde el principio sobre el destino del feudo, porque en él recaerá el gobierno omnímodo cuando la muerte haga su trabajo llevándose al mayor.
Y hete aquí que un venturoso día la profecía parece cumplirse: llega la Parca y aparta al anciano sacerdote. Su hermano, el pobre y afásico gañán, se hace con las riendas del feudo en un movimiento que los vasallos descontentos estiman destinado a pronto fracaso. Avizoran la policromía de la cornucopia. La saliva se derrama abundante por sus belfos.
Pero, ay, Parca y Difunto entablan una encendida lucha. El tenebroso sacerdote se pelea a codazos en el Averno, conjuro va y conjuro viene. No hay quien lo arrastre al inframundo. Por fin, ofrece apuesta a la Parca: que jamás un Nubio se alzará con el título de emperador de los Rubios. Ríe la Parca y apuesta. Pierde. Y al perder, son dos sus opciones: o arrambla con todo y se lleva el mundo entero al Reino de las Tinieblas o devuelve al no menos tenebroso anciano a las palmas y cañas de su feudo.
Ganada la partida, el Difunto resucita y acude ante los delfines de su Acuario, los verdaderos depositarios del enigma de la Eternidad. A los pocos días reaparece por fin ante sus vasallos más jóvenes. Lo hace con las primeras luces del alba para anunciarles el pronto fin del mundo; ellos lo vitorean.
De contra:
Para la segunda entrega de la trilogía se podría contemplar el siguiente arranque:
Años más tarde el Resucitado oficiará el funeral de su disoluto hermano. «No era yo el Elegido», proclamará descubriendo por fin el arcano misterio guardado por los delfines.
«El Elegido era él», revelará señalando al achinado cadáver. Entonces una columna de fuego se alzará sobre el Mausoleo del Ka-ka-Hual. Será el inicio del fin del mundo.
Ya para entonces será un Rubio escapado del feudo del avieso sacerdote quien gobernará el Imperio vecino (apunte: inspirarse en Marco Rubio para este personaje…)