¡Cuánto conviene atenderlas! Y no digo para conjurarlas, no. Digo, porque así gozamos la condición diacrónica del prefijo «post».
Atiéndase al delicioso espectáculo que proporciona a los súbditos del postcomunismo soviético la caravana de vehículos que acompaña a Ramzan Kadyrov, conspicuo cacique de la comarca nombrada Chechenia.
Démonos prisa, oigan, en contar los agravios, y en contarlos bien, porque puede que mañana, atontados con el prefijo ganado como juguete nuevo, contemos coches (estos ¿setenta y cuántos?) como esos muchachos que jamás pertenecieron al KOMSOMOL ni saben lo que ese acrónimo decía y escondía.
Maxim Litvinov (née Max Wallach) anunciando que los Estados Unidos y la Unión Soviética retomaban relaciones diplomáticas. Fue el 20 de noviembre de 1933.
Litvinov no fue un mal tipo, fíjense. Hasta la YIVO poscomunista lo lleva suave porque más o menos todo el mundo coincide en que se lo sacrificó por judío para firmar el Ribbentrop-Mólotov… Churchill, que supo de todo y más, le dedica palabras muy amables mientras que a Mólotov le dio la categoría de trapo que mereció.
Le correspondió a Litvinov jugar la papeleta y, sí, la URSS y los EE.UU. retomaron relaciones un buen día sin mayores reparos. La primera consecuencia del feliz acontecimiento fue la gira de Harpo Marx por las tierras de Lenin y Marx. Un viaje que Harpo narra en términos hilarantes en sus memorias. Litvínov en persona subió con él al escenario el primer día y montaron un número cómico. Fue la apoteosis, parece ser.
A falta de esas imágenes que nadie ha divulgado a mí me basta para reír el último segmento de este video del anuncio, de 01:07 en adelante.
Ese Washington rotundamente silente y hasta «quemado» que abrazó de repente a aquellos rojos tan malos.
(Ojo: nuestro intercambio de cómicos sigue dirección contraria. De la estatura, ni hablar).
Ya no es que las apariencias engañen. Ahora es mejor, ¿no?
En RED, estrenada esta semana en EE.UU., otra vez John Malkovich, otra vez la CIA y otra vez la Embajada de Rusia en Washington.
Otras, porque ya en Burn After Reading (2008), de los hermanos Joel y Ethan Coen, el mismo trío. Para los Coen los rusos eran cosa de risa ―hay alguna escena allí de veras hilarante en la Embajada de marras (Aquel «PC or Mac?», por ejemplo).
En RED, de Robert Schwentke, la Embajada esconde sórdido sótano donde oficiales rusos y norteamericanos enjugan los agravios con vodka y recuerdan historias de amor y despecho entre agentes de uno y otro bando.
El poscomunismo de Hollywood es un planeta más líquido que el nuestro. Tiene mucha, mucha más agua que tierra. Parecería un bien satélite donde empadronarse: impera la desmemoria en un paisaje por donde si alguna vez se pasea el rencor es para conjurarlo enseguida con una acción conjunta contra los nuevos malos.
Ni siquiera el RED del título, el mismo color rojo del cartel, alude a la ideología que supuraban aquel país y la embajada que ahora es set de rodaje. Aquí RED, vaya guiño, vale por Retired Extremely Dangerous. ¡Que son ganas de burlarse!
Lo bueno de todo esto es que las risas del público convierten el pasado reciente en ficción, supremo fármaco.
Lo malo, si acaso alguna vez ocurre algo malo en una sala de cine, es que uno paga $8.25 por un trago de desmemoria. Yo creo que nos la deberían vender más cara, al menos tanto como nos costará en realidad.