Siete libros para entender la guerra en Ucrania

- 15/08/22
Categoría: En El Mundo, Letra impresa, Libros, Literatura, Poscomunismo, Rusia, Ucrania | Etiquetas: , , ,
Imprimir Imprimir


Respondiendo a un encargo del diario El Mundo, sugerí siete libros que ayudan a entender el conflicto en Ucrania. Hacer listas de esta índole requiere siempre tomar decisiones difíciles. Hay libros que quedan fuera. Hay otros que, a juicio de quien prepara la lista, iluminan rincones interesantes y merecen ser destacados.

El original de este artículo en El Mundo se puede consultar aquí.     

Siete libros que ayudan a comprender la guerra en Ucrania

De Anne Applebaum a Emmanuel Carrère, lecturas para poner en contexto a la invasión de Ucrania

Siete libros que ayudan a comprender la guerra en Ucrania

Se me ocurre que lo ideal es que nunca acabemos de entender la razón que hace que unos hombres dejen caer bombas sobre otros. La sinrazón, más bien, que los lleva a destrozar edificios y destinos. Porque, de alguna manera, comprender al bárbaro es aceptar la lógica de su actuación. En cierto modo, el trasiego con los móviles del victimario nos convierte en cómplices intelectuales de su crimen. Y, no obstante, no hay otra manera civil, y civilizada, de enfrentar la guerra y la muerte que hacerlo desde la inteligencia. Luego, estos son algunos libros que me parecen útiles para asomarnos al paisaje de esta guerra. Porque arrojan algo de luz en lugar de tantas bombas.

ANNE APPLEBAUM: HAMBRUNA ROJA. LA GUERRA DE STALIN CONTRA UCRANIA

La guerra es también el resultado de una suma de rencores mal resuelta. Y el pasado que gravita sobre la relación entre Rusia y Ucrania tiene pozos llenos de odio y muerte. Anne Applebaum, una enorme ensayista de estos años, se ocupa en este libro del que tal vez sea el mayor de todos esos agujeros negros: el Holodomor, la hambruna terrible que padeció Ucrania bajo el poder soviético. Applebaum desmonta pieza a pieza la maquinaria de poder que acabó matando de hambre a casi cuatro millones de personas entre 1932 y 1934. Y nos muestra su mecanismo infernal, uno que todavía opera en la memoria de los herederos de sus víctimas. Y en la de sus victimarios.

Traducción de Nerea Arando Sastre (Debate, 2019)

MASHA GESSEN: EL FUTURO ES HISTORIA. RUSIA Y EL REGRESO DEL TOTALITARISMO

Masha Gessen nació en Moscú y fue llevada a los Estados Unidos siendo una niña por sus padres, judíos soviéticos emigrados. Ese itinerario, propio de los años de la Guerra Fría, Gessen lo completó después volviendo a la Rusia poscomunista en 1991 para convertirse allá en una extraordinaria cronista del presente y activista por los derechos de los homosexuales. En El futuro es historia, tal vez su libro más notable, Gessen busca dibujar un fresco del poscomunismo a partir de varios destinos enfrentados a la sacudida social y el fin de la ilusión que significó la perestroika. Mostrando el paso cambiado de personas que bailan con la historia sobre el suelo estremecido por una incipiente y engañosa libertad, Gessen concluye que la transición fue un pasaje a un nuevo autoritarismo. Comparable por su ambición a El fin del homo sovieticus, de Svetlana Aleksiévich, este libro resume perfectamente lo que Rusia heredó del período soviético como saldo, pero también como condena.

Traducción de José Adrián Vitier (Turner, 2018).

SVETLANA ALEKSIÉVICH: LOS MUCHACHOS DE ZINC. VOCES SOVIÉTICAS DE LA GUERRA DE AFGANISTÁN

Svetlana Aleksiévich, Premio Nobel en 2015, se ha reivindicado algunas veces como una escritora soviética. Por sus libros, todos armados con una polifonía que le debe tanto a Dostoyevski, se pasea medio país o el país entero. Un país que ya no existe, la URSS, pero cuya presencia se ha hecho manifiesta en la equívoca idea de su restauración estos días de guerra del Estado ruso contra Ucrania. Cerca de 10.000 soldados rusos han caído en las cuatro semanas de campaña que ya contamos, un número que sería insoportable para cualquier país que no sea la vertical y autoritaria Rusia de Putin. En Los muchachos de zinc, donde Aleksiévich se ocupó de otra guerra y otros ataúdes, hay muchas de las claves de la ferocidad de estas guerras lanzadas desde el Kremlin. Y, sobre todo, de su abismal absurdo y el enorme dolor que riegan por toda la geografía del poscomunismo.

Traducción de Iulia Dobrovólskaya y Zahara García González (Debate, 2016).

 
 

YURI ANDRUJOVICH: EL ÚLTIMO TERRITORIO

Yuri Andrujovich (Ivano-Frankivsk, 1960) es, sin lugar a dudas, el escritor ucraniano vivo que mejor ha contado el país históricamente enclavado entre Rusia y Alemania, dos potencias en las que Ucrania ha encontrado menos sosiego que violencia. En El último territorio, una colección de ensayos y crónicas, Andrujovich retrata la Ucrania independiente con humor y muchas razones, con abundantes excursos históricos y deliciosas pinceladas de la más absoluta contemporaneidad. El retrato de Ucrania que sale de esas páginas tiene muchos más colores que la hoy ubicua bandera de ese país, pero todos igual de vivísimos, frescos y con ganas y promesas de horizonte. Por cierto, Andrujovich permanece allá, en la ciudad del oeste de Ucrania donde nació. Esperando la llegada de los bárbaros con la paciencia del corazón.

Traducción de Iuri Lech (Acantilado, 2007).

VASILI GROSSMAN E ILYÁ EHRENBURG: EL LIBRO NEGRO

El libro negro es un monumento de tinta y sangre al episodio más terrible en la historia común de rusos y ucranianos: la invasión nazi de 1941 al oeste de la entonces Unión Soviética. Aún antes de que la Guerra Mundial terminara, el Comité Judío Antifascista se dio a la tarea de recopilar testimonios de las atrocidades cometidas por los ocupantes para presentarlas a un tribunal futuro. No sabían que habría un Núremberg, pero lo anticipaban. Hoy estremece muy particularmente leer las páginas dedicadas a la barbarie de las tropas alemanas de ocupación en la Ucrania soviética. Como estremece ver juntos a los pueblos ruso y ucraniano padeciendo el horror infligido por un enemigo común. La historia es caprichosa. El horror es siempre el mismo.

Traducción de Jorge Ferrer (Galaxia Gutenberg, 2011).

ARGEMINO BARRO: UNA HISTORIA DE RUS. CRÓNICA DE LA GUERRA EN EL ESTE DE UCRANIA

El periodista Argemino Barro ha estado estas últimas semanas cubriendo la guerra sobre el terreno. Llueve sobre mojado para alguien que ya vivió la campaña de 2014 y escribió este libro formidable donde aparte de contarla, hace un recorrido histórico y sentimental por la historia cruzada de rusos, ucranianos y bielorrusos. La pluma de Barro traza los itinerarios de una historia común que cada cierto tiempo parece querer dejar de serlo. Su relato es firme y es compasivo. No podía faltar un buen reportero español en esta lista que echa luz sobre la guerra opaca, sobre su penumbra odiosa.

(La huerta grande, 2020).

EMMANUEL CARRÈRE: LIMÓNOV.

El caos, el nacionalismo, la pasión, casi toda la locura de Rusia. Lo que hace Carrère en este relato alucinante de la vida de Eduard Limónov, uno de los rusos más distintos, escritor y político, héroe y villano, tal vez solo sirva para confundirnos en nuestro avance sobre el paisaje de la guerra. Bendita confusión, no obstante. Porque no entender es, aquí, comprender algo.

Traducción de Jaime Zulaika (Anagrama. 2012).

© www.eltonodelavoz.com

Odesa, la ciudad sustantiva

- 14/08/22
Categoría: En El Mundo, Libros, Literatura, Ucrania | Etiquetas: , , ,
Imprimir Imprimir


El artículo “Odesa, la ciudad sustantiva” apareció publicado en el suplemento La Lectura del diario El Mundo el 15 de abril.

El original se puede leer aquí.

Odesa, la ciudad sustantiva

Por Jorge Ferrer

 

Hay ciudades a las que la geografía, el destino o la voluntad de sus vecinos conceden un lugar especial en el imaginario de un país. A veces, también en todo el mundo. Empujadas a morar dentro del círculo de tiza de un tópico, lo irán alimentando o desmintiendo en su avance por la historia y su registro en la literatura. En el Imperio Ruso, a San Petersburgo le tocó ser el asiento de la cultura, la patria chica de la intelligentsia. A Moscú, en los años de poder soviético, le correspondió la condición de proa de un mundo que vivía a la sombra de los muros del Kremlin. A ambos lados del parteaguas que fue 1917, a las urbes de Siberia les tocó ser símbolos del ostracismo y el destierro.

A la ciudad de Odesa le cupo en suerte acomodarse en el rol de la excepcionalidad: la metrópolis singular habitada por personas distintas. Ayudados por el afán de los odesitas, sus escritores elevaron el tópico a mito. El de la ciudad cosmopolita, el humor negro como el mar que baña su puerto, la fragancia del mundo delincuencial en los barrios. A uno de esos barrios, la Moldavanka, lo coló Isaak Bábel (1894-1940) en la historia de la literatura del siglo XX con la magia anticipada que después se desparramaría por las páginas de Caballería roja, el gran libro sobre los cosacos y la guerra civil rusa y soviética. Un libro que es un producto puramente odesita, porque en él la verdad, el erotismo, la muerte y el odio que separa a los hombres forman un mosaico tan sobrio en la expresión como memorable.

Pero antes estuvieron los relatos de Cuentos de Odesa, un monumento a la ciudad con sus bandidos contados por decenas de miles, rateros encaramados por la guerra civil y la literatura a la estatura del mafioso como personaje trágico. La prosa de Bábel es un espejo del rostro que la ciudad tenía en sus calles y la efigie que la urbe ponía cuando se vestía con el traje almidonado del mito: es talmúdica y es europea, la vivacidad de los diálogos es pura calle, la profundidad de su mirada y la milimetrada economía de su estilo admiraron a escritores tan distintos como Hemingway y Borges.Bábel no trabajó a solas en la construcción del relato que la ciudad polifónica pedía a gritos por sus esquinas y recovecos, porque lo merecía con creces. Ilyá Ilf (1897-1937) escribió libros extraordinarios junto a Evgueni Katáyev (1902-1942), quien utilizó el seudónimo de Evgueni Petrov para el juego a cuatro manos que los inscribió a ambos en la historia de la literatura salida de Odesa. Libros como Las doce sillas y El becerro de oro, en los que el cáustico humor propio de la ciudad cristalizó en artefactos literarios que moldearon la sensibilidad soviética, lo mismo la rusa que la ucraniana, y cautivaron a lectores de todo el mundo.

De la tentación universal de la literatura de Odesa da testimonio otro de sus escritores más peculiares, Yuri Olesha (1899-1960), autor de libros como Los tres gordinflones, un clásico de la literatura infantil soviética, y la notable novela corta Envidia. Olesha, quien cultivó también una escritura diarística excepcional escribió de la ciudad donde creció: “En Odesa aprendí a considerarme próximo a Occidente. Siendo un niño allí, sentía que vivía en Europa”. Pero Olesha, quien sobrevivió inexplicablemente la saña punitiva del estalinismo, los años del miedo, la delación y el paredón, escribió también: “¿Sabéis lo que es el terror? Es algo mucho más interesante que una noche ucraniana. El terror es una nariz enorme que te vigila oculto tras una esquina”. 

Puerto de entrada y salida, por Odesa el Imperio Ruso fue inundado de sangre, lenguas y sabores de todo el mundo: griegos, cosacos, italianos, rusos, ucranianos, judíos… Por ella salieron también los que huyeron del nuevo mundo soviético como Iván Bunin, que llevó un diario formidable en la ciudad dislocada por la Revolución bolchevique. El puerto de Odesa fue siempre manantial y sumidero. Y en ese torbellino de aguas se forjó la leyenda confrontada por la historia una y otra vez. Un mito, y la existencia misma de la ciudad, acosados hoy por la guerra que brama a sus puertas.

Isaak Bábel, el más grande de los escritores de Odesa no alcanzó a escribir las memorias que se proponía titular Historia de un adjetivo. Fue fusilado por Stalin en 1940 lejos de la ciudad sustantiva que se ha resistido siempre a toda gramática que no sea la prosa libérrima y fecundante del desparpajo y el mito.

© www.eltonodelavoz.com

Antón Dolin: “La cultura rusa tiene que encontrar la fuerza y la compasión para callar”

- 14/08/22
Categoría: Agua corriente, Cine, Democracia, En El Mundo, Entrevistas, Guerra de Rusia contra Ucrania, Letra impresa, Periodismo, Poscomunismo, Rusia | Etiquetas: , , ,
Imprimir Imprimir


Con el estallido de la guerra del Estado ruso contra Ucrania realicé varias entrevistas a escritores rusos que se publicaron en el diario El Mundo.

Esta es la que hice a Antón Dolin, crítico de cine.

Apareció publicada el 28 de marzo de 2022 y el original se puede consultar aquí.

Antón Dolin: “La cultura rusa tiene que encontrar la fuerza y la compasión para callar y hacer una pausa”

Una entrevista de Jorge Ferrer.

El pasado 4 de marzo Antón Dolin (Moscú, 1976), crítico de cine y ex director de la revista cinematográfica más importante de Rusia, abandonó su apartamento junto a su mujer, los dos hijos de ambos y el perro de la familia. Al salir cargados de maletas, se percataron de que la puerta había sido marcada con una ominosa señal de estos tiempos: la letra Z que identifica al Ejército Ruso que le hace la guerra a Ucrania. Después de un viaje en tren hasta Pskov y desde allá en autobús hasta la frontera de Estonia, la familia consiguió abandonar Rusia. Dolin es uno de los refugiados rusos que huyen de la Rusia de Vladimir Putin.

P. Usted ha optado por escapar de Rusia. ¿Se considera ahora un exiliado?

R. Prefiero no verme así. Para mí la palabra “exilio” ha estado siempre ligada a la tragedia, a la eterna nostalgia por la patria perdida. El exilio de Nabokov o de Gaito Gazdanov, la sensación de un dolor inextinguible. Vengo de una familia judía que vio emigrar a muchos en los años 80 y con cada partida vivíamos un drama, creyendo que nos separábamos para siempre. Pero hay una diferencia en términos históricos entre mi salida y la de un Bunin o un Nabokov. Ellos se sentían parte de un mundo anterior que se había hundido y desaparecía. Prefirieron ser añicos del viejo mundo, antes que integrar el nuevo mundo que nacía. Nuestra situación ahora es más bien opuesta: nos marchamos porque el mundo que habitábamos se ha vuelto insoportable y abrigamos la esperanza de que sea sustituido por un mundo nuevo al que podamos volver.

P. No quiero estropearle más el ánimo, pero he de decirle que la mayoría de los exiliados creemos que no lo somos para siempre y que acabaremos volviendo más pronto que tarde…

R. Creo que estamos asistiendo al principio del último acto de este drama, ya una tragedia, con el título de La Rusia de Putin. Lo que no sé es si estamos ante una obra de teatro isabelino que acabará con un montón de cadáveres en el escenario o si nos encontraremos con un final lleno de luz. Estamos todos encerrados en el patio de butacas formando parte de este espectáculo. Yo sé que quiero volver. Rusia es mi patria y no tengo otra. Siempre creí en la posibilidad de que acabara integrándose en Europa y en el mundo. Sobre todo en el aspecto cultural, que es en el que yo opero. He trabajado siempre para eso. Ahora todos esos esfuerzos, los míos y los de otros millones de personas, han acabado hechos pedazos. Y solo hay una elección rotunda: o una Rusia aislada del mundo o el mundo entero, un mundo en el que ya no está Rusia. Yo elijo lo segundo, porque mi Rusia es la de la cultura, la literatura, la lengua. Y quiero pensar que todo eso me lo he traído conmigo.

P. Al aislamiento de Rusia ayuda la ola de cancelación de su cultura a la que asistimos. Aquí en España hace unas semanas se suspendió una proyección de Solaris, de Andréi Tarkovsky. ¿Qué opinión le merece este asunto como intelectual ruso y hombre de cine? ¿Cómo miramos hoy el cine bélico soviético, por ejemplo?

R. En lo que respecta a la cancelación de la cultura rusa, por así decirlo, hay cuatro instancias distintas involucradas. Por cierto, el propio término “cancelación” requiere una explicación. Conviene aclarar si las cancelaciones son para siempre o por un tiempo concreto. Y quién establece esos plazos. En los diez años que llevamos ocupados con la cultura de la cancelación no hemos obtenido una respuesta clara a esta cuestión, y se trata de una muy importante. Y bien, hay cuatro categorías distintas interpeladas por estas cancelaciones. Primero, los rusos, a quienes la cancelación les provoca un dolor colosal, porque saben que nuestra cultura es lo más grande que hemos dado al mundo. Y cuando vemos que esa cultura se equipara a lo peor de Rusia -las ambiciones imperiales, el militarismo, la violencia- sentimos un gran dolor. Después están quienes más sufren esta guerra: los ucranianos. Para ellos hablar de cultura rusa ahora mismo, aún de la más refinada, equivale a poner un biombo que oculte la brutalidad de la agresión. Nos ven escondidos detrás de Pushkin y Chaikovski, mientras el ejército ruso bombardea Mariúpol. Y hay que admitir que en esa posición hay algo de razón, porque es difícil ignorar el dolor y el odio que los embarga. La tercera instancia es Europa. Ahí está España. Aquí hasta hace poco tiempo mucha gente ni siquiera distinguía entre Rusia y Ucrania, lo que halaga a muchos rusos a la vez que ofende a muchos ucranianos. Una parte de Europa se solidarizará con los ucranianos y su intransigencia, y la otra con el dolor de los rusos que defienden que Liev Tolstói no tiene que responder por el comportamiento de Putin. Y hay aún una cuarta instancia, el resto del mundo, incluidos los EEUU, donde escandaliza la actuación de Putin, pero la guerra no influye en su percepción de Tolstói, Chaikovsky o Kandinski.

P. ¿Usted dónde se sitúa?

R. El caso es que si a Hitler todo el mundo, incluso aquellos que no podrían mostrar a Alemania en un mapamundi, lo consideró como el Mal absoluto, Putin todavía no ha alcanzado ese status y no sabemos si lo alcanzará algún día. Yo tengo una posición diáfana: mientras dura la guerra, las expresiones de la cultura rusa que, aun siendo inocentes, puedan ocasionar dolor siquiera a una sola de las víctimas, deben cesar. La cultura rusa tiene que encontrar en sí misma la fuerza y la compasión para callar y hacer una pausa. Porque el problema del bailarín que deja de percibir sus honorarios, porque le han cancelado un mes el espectáculo, no es en modo alguno comparable al del bailarín que ha caído muerto en Ucrania bajo una bomba rusa. Y este es un caso real. Y si puedes salir al escenario del Teatro Bolshói con un cartel en memoria del bailarín asesinado, si tu actuación puede transformarse en un gesto de solidaridad y compasión, entonces tu arte tiene algún sentido. En caso contrario, ha perdido toda su dimensión humanista.

P. ¿Y qué hacemos con Tarkovsky…?

R. Oh, sí, ¡no nos olvidemos de Tarkovsky! El cine comunista y antibelicista soviético ha quedado muy tocado. Es un cine que sirvió siempre como justificación de los horrores perpetrados por el poder soviético. Y el propio Tarkovsky es un raro ejemplo de artista ruso y soviético integrado en el contexto cultural europeo, indisociable de él. De hecho, dos de sus siete películas fueron rodadas en Europa y guardan una relación muy tangencial con la cultura rusa. En todo caso, y sea cual sea el punto de vista de cada cual, resulta evidente que la cultura rusa necesita ser pensada de nuevo. Y ese reexamen debe abarcar a los clásicos y los contemporáneos. La pausa trabajará también en favor de ese reexamen. Ahora en Rusia el Estado está reprogramando en las salas de cine las películas de inspiración patriótica. Todas imbuidas de resentimiento, anhelos imperiales y glorificación nacional… Y los estudios Mosfilm, y su director Karen Shajnazárov, han apoyado la agresión rusa. Es la misma empresa que pone en circulación versiones restauradas de las películas de Tarkovsky como La infancia de Iván. Ahí ve cómo Tarkovsky también puede ser convertido en un arma de la propaganda.

P. Parece difícil construir un régimen como el de Vladimir Putin sin la participación de la cultura. ¿Qué posiciones ha adoptado el mundo de la cultura ante el asalto a las libertades y la guerra?

R. Putin jamás ha visto la cultura como una prioridad. No es como Stalin, que siempre estuvo muy atento a lo que se cocía en la esfera de la cultura. Por eso podía llamar a Borís Pasternak para decidir la suerte del poeta Ósip Mandelstam, o comunicarse con Mijaíl Bulgakov. Es inconcebible imaginar a Putin habitando esos escenarios. En lo que a la cultura se refiere, es un hombre preso de sus pasiones por el imperio. Disfruta la música patriótica de bandas como Liubé o el ballet. Por cierto, su bailarina predilecta es Svetlana Zajárova, quien apoyó personalmente la anexión de Crimea. En todo caso, es un hombre al que la cultura le trae sin cuidado así que no debemos exagerar el peso de la cultura en lo que está sucediendo hoy en Rusia. Con todo, el poder puede interesarse por la cultura, como Stalin, o desinteresarse de ella, como Putin, pero para el país en su conjunto la cultura es fundamental. Lo que vemos hoy es que un número ínfimo de personalidades de la cultura han manifestado su apoyo a la guerra. Literalmente, unos pocos, entre los que, por cierto, está el actor y director Nikita Mijalkov: fue uno de los primeros en manifestarse. La absoluta mayoría de personalidades de la cultura, yo diría que un 90%, están contra la guerra.

P. Es necesaria mucha valentía y convicción para manifestarse en ese sentido…

R. También está el pragmatismo. Todo el que apoye la guerra está limitando el auditorio al que podría llegar su obra. Es decir, que una posición meramente pragmática tiene que ser contraria a la guerra. Pensemos también que la mayor parte de la cultura que se produce hoy en Rusia depende de subsidios del Estado o, incluso si se alimenta de patrocinios privados, estos provienen de oligarcas que le son leales a Putin. Ello hace que la cultura rusa tenga una vergonzante dependencia del Estado. Y esa es la razón de que aun estando contra la guerra, sean muy pocos los artistas que se hayan manifestado abiertamente contra ella. La mayor parte de ellos se ha mantenido en una cierta zona de neutralidad. Una personalidad de la cultura de un país vecino llamó a que, a raíz del bombardeo ruso del teatro de Mariúpol, todos los teatros rusos suspendieran sus espectáculos ese día. Ni un solo teatro en Rusia se atrevió a hacerlo. ¡Ni uno solo! El mundo de la cultura ruso carece de la fuerza necesaria para oponerse al poder. Y en estos días, la ignorancia de que estamos en guerra y la manera en que la cultura continúa dedicada a lo suyo, como si no pasara nada, equivale a un gesto de apoyo tácito. Y esa es una de las razones por las que yo considero que los actos de cancelación de eventos de la cultura rusa en el mundo son más bien justos que injustos. Porque es necesario que la cultura rusa sea confrontada con su complicidad con el poder político. Una complicidad que no es absoluta, pero que está muy extendida.

P. ¿Cómo va a organizar su vida profesional y privada ahora? ¿Cómo será su recién estrenada vida de exiliado…?

R. He roto mi relación con la revista Isskustvo Kinó (El Arte del Cine) de cuya dirección me encargué a lo largo de estos últimos cinco años. En las condiciones actuales, la revista no puede funcionar como un medio de lucha contra la política militarista del país. Y yo no quiero tener en mis manos el destino de las personas que trabajan en la revista, colaboradores que perderían sus empleos o acabarían en la cárcel si yo decidiera empujarlos a una confrontación de ese tipo. De modo que he abandonado la dirección de la revista. Y planes… Todavía no he hecho planes. Prácticamente no duermo. Cada mañana salto de la cama a las cinco y me entrego a la búsqueda febril de noticias de Ucrania. En lo que respecta a la creación siento una especie de parálisis. No he escrito una sola reseña. Apenas he visto algunos documentales y ninguno de ellos me despertó el deseo de operar algún análisis de tipo estético, sino que más me movieron a preguntarme por cuestiones políticas y éticas que afectan al arte que estamos haciendo hoy. Pero sí, tendré que dar de comer a mi familia y ganarme el sustento. Alimento la fe en que la guerra acabe pronto y el régimen político de Rusia experimente un cambio. Puede que no desaparezca de un plumazo, pero estará obligado a someterse a determinados cambios y entraremos en un proceso lente y tremendamente largo de reflexión acerca de lo que hemos vivido y de expiación de los crímenes cometidos por el poder. Continuaré colaborando con el portal Meduza. Me enorgullezco de poder escribir para ese medio editado en lengua rusa en Letonia, que es el más leído de todos los que se hacen fuera de Rusia destinado al auditorio de ese país. También tendré que dar un nuevo giro al programa que hago en mi canal de YouTube. He grabado un programa sobre el festival de cine documental ArtDocFest, y acabamos de grabar otro con Serguéi Loznitsa, cuyas películas explican tanto de lo que estamos viviendo ahora. Además, ¡fíjese qué cosa!, tenía ya grabado un programa por el noventa aniversario de Andréi Tarkovsky y debo decirle con sinceridad que todavía no decido si debo emitirlo o no. ¿Qué le parece?

P. Antón, alguien escribió la letra Z sobre la puerta de su apartamento en Moscú, la letra Z que identifica la campaña militar del Estado ruso contra Ucrania. ¿Eso sucedió antes de que ustedes se marcharan, no es cierto?

R. La vimos en el instante en que salíamos del apartamento con las maletas para abandonar Rusia.

P. ¿Está todavía allí o le ha pedido a alguien que la borre?

R. No pedí nada a nadie, pero mis amigos acudieron a la mañana siguiente y la borraron.

© www.eltonodelavoz.com