Lecturas como islas

- 18/12/09
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Lecturas como islas

Por Jorge Ferrer

Avanzo en la lectura de El cerco, el ensayo de Mijaíl Kuráyev sobre el asedio a Leningrado en los años de la Segunda Guerra mundial. Es también segunda esta lectura, y aunque tampoco la primera fue inocente, ésta ya no lo es en absoluto. Es la del traductor que ha de verter al español esas páginas escalofriantes y sublimes, como la realidad que describen. El hambre, la extenuación, la muerte en las calles, el asedio cotidiano a los habitantes de una de las ciudades más bellas de Europa y a la que debemos ese perfil del intelectual ruso, en cuyo surgimiento precisamente allí ha visto el propio Kuráyev la manifestación más determinante de la fuerza espiritual y material de la ciudad.

Ya había leído el ensayo antes de comenzar a traducirlo, pero es ahora, absorto en el traslado de una lengua a otra que reparo en un nombre propio, Хосе Марти. José Martí. No se trata de una cita, ni siquiera de una referencia concreta a su persona, de ahí, supongo, que pasara por alto durante la primera lectura esa marca «cubana» tatuada en el texto. Tampoco de una mención al poeta cubano a propósito del dolor de los asediados, o a la humanidad que desplegaron. Y cualquiera que haya leído a José Martí, al sobado grafómano José Martí, sabe que habría sido fácil extraer tantos y tantos de sus apotegmas para intercalarlos en un relato de esa índole.

No, si el nombre del poeta cubano se coló allí fue por razones extraliterarias y hasta, al menos para mí lo son, enigmáticas. La narración de las cuitas de los habitantes de Leningrado, sometidos a una criminal, y eficazmente letal, escasez de alimentos, hizo que las autoridades metropolitanas ordenaran cultivar improvisadas huertas en los parterres que en tiempos de paz servían de ornato a avenidas y alamedas. Y así, nos advierte de pronto el autor, los parterres del Bulevar de la Guardia Montada, a la sazón rebautizado Avenida de los Sindicatos, habían sido destinados a huertas, cuyos improvisados y famélicos horticultores no eran otros que los obreros de cierta fábrica de nombre «José Martí».

¿Cómo apareció en Leningrado el nombre de José Martí aun antes de la «indestructible amistad» entre Cuba y la URSS? ¿Habrá sido acaso por su artículo sobre Pushkin? Es artículo notable, sí, y bien pudo haber sido rescatado ya desde aquellos años por los arquitectos de la Pushkiniana. Pero dista de ser elegiaco y es evidente que fue escrito de segunda mano, como tantas correspondencias enviadas por Martí a los periódicos que le daban de comer. Cuesta imaginar entonces que apenas hayan bastado la dura critica al zarismo que contiene y el alarde falsamente premonitorio –«Si la monarquía no hace una revolución, la revolución deshará la monarquía. Un jefe prudente se hará jefe de las fuerzas que no pueden ser contenidas»– para ganarle nombre de fábrica en Leningrado.
Mas, ¿quién sabe? ¿Quién es capaz de prever la ruta que sigue una literatura para insertarse en otra, asomar súbitamente a una página en la que no se la espera, sorprender fugazmente para desaparecer después pegando otro salto en busca de un nuevo acomodo?
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El último click

- 16/12/09
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El último click

By JORGE FERRER

Hace algo más de dos meses un joven de origen cubano fue asesinado en un colegio de Coral Gables. Un suceso luctuoso que sirvió para poner en evidencia la extraordinaria y menospreciada porosidad de la frontera que separa a Miami de La Habana.

La madre de la víctima, Anaís Cruz, una doctora que ejercía su profesión en un barrio popular de La Habana, acudió al entierro de su hijo. Como es habitual, durante los días previos en Miami se preguntaban si la dejarían viajar y se denunció el veto del Ministerio de Salud pública cubano a expedir autorizaciones de salida a los médicos.

Pocas horas después de su arribo a la llamada capital del exilio, la dolida madre compareció ante la prensa. Como era evidente, su viaje nada tenía que ver con el exilio ni con las preguntas acerca de su relación con la “frontera” o la situación en Cuba.

Con todo, en sus declaraciones afloró la palabra “cambio”, tan propia del discurso político del exilio. También se habló de educación, uno de los estiletes que la dictadura de La Habana utiliza para vocear las bondades “revolucionarias”. Y, sin embargo, en ambos casos las notas tomaron una dirección muy distinta a la habitual y, para algunos, sorprendente. “El cambio que pretendemos que se produzca es aumentar la seguridad (en los colegios del condado)… Tiene que haber algún modo de que esto no siga ocurriendo en las escuelas de este país (Estados Unidos)”, declaró la cubana. “¿Qué hacemos con las escuelas?”, se preguntó seguidamente. Recién llegada de La Habana, sugirió algunas medidas para paliar los problemas de seguridad en las escuelas. Instalar detectores de metales en los colegios, por ejemplo. En algún momento de la intervención dijo: “Envié a mi hijo a estudiar (aquí)”.
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