La insoportable fascinación que me producen las imágenes de mundos condenados a desaparecer… En estas dos ocasiones falta en torno a una década para que se verifiquen los derrumbamientos.
No me canso de ver una y otra vez a estas damas elegantes (06:00) que esquían en el Moscú de 1908, mientras repaso mentalmente el Diario que escribió Iván Bunin en Odesa, de camino al exilio, uno de los documentos más elocuentes acerca la vulgaridad del entusiasmo…
O esta fiesta de «Periodistas y artistas» en La Habana de 1948. «Cristal», rumberas, sonrisas para dar y regalar…
El primero, obra de Jaime Gil de Biedma (1929-1990), fue escrito en los días de la tentativa de invadir la isla que emprendió el exilio cubano por medio de la Brigada 2506.
Lo recordé hoy charlando sobre la distinta recepción de las dictaduras, los exilios, las masacres, los campos de reclusión. Distinta, si asesina, reprime, censura la izquierda o la derecha.
Gil de Biedma, buen burgués, bon vivant, gay en la España franquista…: «un poco de esperanza que no venga de Miami», pedía ante mesa de restaurante en la calle Balmes.
Durante la invasión
Sobre el mantel, abierto, está el periódico
de la mañana. Brilla el sol en los vasos.
Almuerzo en el pequeño restaurante,
un día de trabajo.
Callamos casi todos. Alguien habla en voz vaga
-y son conversaciones con la especial tristeza
de las cosas que siempre suceden
y que no acaban nunca, o acaban en desgracia.
Yo pienso que a estas horas amanece en la Ciénaga,
que todo está indeciso, que no cesa el combate,
y busco en la noticias un poco de esperanza
que no venga de Miami.
Oh Cuba en el veloz amanecer del trópico,
cuando el sol no calienta y está el aire claro:
que tu tierra dé tanques y que tu cielo roto
sea gris de las alas de tus aeroplanos!
Contigo están las gentes de la caña de azúcar,
el hombre del tranvía, los de los restaurantes,
y todos cuantos hoy buscamos en el mundo
un poco de esperanza que no venga de Miami.
Jaime Gil de Biedma
El segundo, de Al2, cantante de hip-hop en La Habana. Viene cantado, pues: «Aldito, el Guzanito», del disco Nos achicharraron (2010).
¡Escúcheselo!: nada igual se ha conocido en años en la escena underground de La Habana.
Y, sobre todo, nada que consiguiera atraer fans como lo está haciendo Al2.
No es Gil de Biedma, no. Marginal, musculoso, tatuado y viril, hambreado y, a la vez, harto, Aldo también le canta a la revolución: «(yo) fuera un gusano… (si) luego fuera pa’ Miami a hablar mierda de mi país…»
Definitivamente, ay, Miami no tiene buena prensa… buena poesía, quise decir.
UPDATE:
Con el documental REVOLUTION, sobre el grupo de hip-hop Los Aldeanos, Mayckell Pedrero Mariol consiguió hacerse con un premio en la IX Muestra de Jóvenes Realizadores de La Habana, hace unas semanas.
Modesto, sí, pero resulta muy útil, y lo recomiendo, para escuchar a Aldo y El B., y paladear la escena underground en la que se inscriben. Entre segmentos de teque, contiene también momentos de veras iluminadores.
Sobre el dispositivo policial en torno a su exhibición, véase un post de Claudia Cadelo.
Toda esa larga letanía judicial en torno a John Demjanjuk. Hoy será la última vista del juicio. Toda esa babosada en torno a un guardia de Sobibór. Toda esa larga demostración de la incapacidad que encuentra la ley para juzgar a un asesino en masa. Toda esa culpa que se derrama sobre nosotros excretada por el colaboracionista ucraniano.
Perdónenme, por favor, las señoras: ¡estoy hasta los cojones de Demjanjuk y quienes lo han juzgado y juzgan!
¡Ay, nuestro garantismo! La imbécil alegría con la que pronunciamos eso de que «nosotros no somos como ellos», cuando se trata de conceder regalías a los asesinos. Así, por ejemplo, se captura a talibán en ejercicio de su talibanidad, que no precisamente «estudiando», se lo envía a Guantánamo a escuchar a Metallica vestido de naranja y, ¡oh!, asoman los garantistas: «Nosotros no somos como ellos», claman a gritos.
¡Claro que no somos como ellos! Esos tipos no ponen a sus detenidos a escuchar suras armonizadas con el qânun: ¡ojalá lo hicieran! Mas no: ¡los degüellan! (Sin embargo, nadie, nadie, protesta porque le metan un misil en la cabeza a talibán o similar: lo que jode, parece ser, es que los hagan prisioneros y los manden a «cantar» a la Cuba de la Guantanamera.)
Demjanjuk (Иван Демъянюк) y los colaboracionistas ucranianos o letones. Pocas veces ha conocido la humanidad, por así llamarla, crueldad como la desplegada por nacionales de esos países en la Europa ocupada por los nazis. ¡Váyase a los documentos, oigan! Los testimonios pesan toneladas.
En Jmélnik, Ucrania, por poner apenas un ejemplo entre millares, llevaron un día a medio millar de madres con sus hijos a la ejecución. La fosa ya estaba abierta. Pero, ay, llegaron una hora antes y no podían alterar la orden recibida de los alemanes. Animaron a los niños, naturalmente incapaces de imaginar la razón de aquella zanja, a jugar en la fosa abierta. Observados por los asesinos, los muchachitos se deslizaban hacia el fondo de la fosa como si se tratara de un tobogán. Las niñas más tímidas recogían florecillas. Llegó la hora, los formaron en sucesivas hileras ante la zanja y los asesinaron a mansalva. Algunas víctimas caían todavía vivas, pero se ahogaban en la sangre que iba llenando la fosa.
¡Oh, sí! ¡Quietos! Ya sé que Demjanjuk no estaba allí aquel día preciso. Que no se lo juzga por aquel jardín de infancia montado en vísperas de la muerte. Ya sé que no era más que un guardia de Sobibór que, como tantos de sus colegas, se proveyó después de documentación que lo acreditaba como víctima, etc., etc.
¡Y, oh, sí, oigan! Ya sé que no somos como ellos…
¡Por supuesto que no! ¡Claro que no somos como John Demjanjuk! ¡Somos mucho más imbéciles que él!
Y además, somos negligentes; él no lo fue.
Y eso, en cierta forma, nos hace peores que los John Demjanjuk, porque somos incapaces, dominados por una lasitud incurable, de hacerle justicia a las víctimas.