Luis Manuel Otero Alcántara nació en 1987. Nació en El Cerro, un barrio de La Habana, Cuba. Un niño pobre en un país periférico con ínfulas. Treinta años después lo quieren meter en la cárcel, porque domesticar a un niño pobre prestándole un par de sueños y encaramándolo en el carril de la excepcionalidad es fácil, pero no resulta con todos. Los hay que no quieren vivir de sueños prestados y alimentan los propios. Los que no quieren vivir en un país excepcional, sino en un paisito normal, regular, un país menos cómodo que un sofá, pero más amable que un cuartel militar con patio al norte de un canal de agua, estrecho. Y los hay también, menos, que perseveran por cumplir sus propios sueños, los alimentan como quien le echa maíz a una gallina bonita y con ese gesto empujan, a sabiendas, los sueños de muchos.
Con Luis Manuel el régimen que impone el orden mediante la dialéctica del palo y la zanahoria no tuvo suerte. Tal vez porque las zanahorias y los palos se han ido confundiendo en una misma arma y una misma vianda de puré. El poscastrismo, ese paisaje digital de recargas y remesas que vinieron a sustituir a la base y la superestructura de los clásicos analógicos, ha traído consigo un desparrame que le resulta al poder cada vez más incómodo. Y por mucho que las zanahorias sean golosas, ¡sobre todo la que tiene de orondo penacho la fake news de la excepcionalidad!, los niños crecen cada vez más ausentes, desasidos del pasado y conectados con un presente global donde lo mismo te arregla la noche Spotify que PornHub, donde aquella enciclopedia Tesoro de la Juventud se llama «El Paquete» y el Parque Lenin lleva el nombre de un tipo que se parece más a Leonardo DiCaprio que a cualquier otra figurita de la épica de ayer.
Es otro tiempo. Y el problema que tiene la Revolución con los Otero Alcántara es distinto que el que tenían con los artistas de los ochenta, los hijos de la Revolución. Con aquellos, con nosotros, la Revolución tenía un vínculo de parentesco. Pero los Otero Alcántara, de la Revolución ni siquiera son nietos. Han roto cualquier lazo familiar e incluso sentimental con ella. Para estos millennials la Revolución es el abuelo borracho y violador. El abuelo que solo les dejó ruinas en herencia. Un amigo cualquiera de Facebook en Hialeah les es más próximo que un abuelo en el CDR o la Asociación de combatientes. Más los desvela ganar un follower en Twitter, que perder al policía feo y bruto que los sigue por la acera de enfrente o pasa el rato con el codo hincado en el muro o la moto. La Revolución es para ellos una maquinaria extraña a la que solo le deben el wifi y los palos. Ambos dispensados en parques, que la Revolución fue siempre muy de plaza y muy de parque.
Otero Alcántara es una de esas supersticiones que los redactores perezosos o los biógrafos cursis llaman «un hombre hecho a sí mismo». ¡Qué jodido reto para una dictadura que opera con guion redactado por sus Eduardo del Llano de pelo cortado al uno! Vaya mala pata con que ese mulato salido de la miseria se bajara con el San Lázaro negro erguido en el Cerro, el Museo de la Disidencia y ese mural en el que los rostros del joven Castro y el Payá maduro forman parte de una misma serie cubana que inscribir en el pecho de una camiseta cualquiera. El castrismo lo podía fagocitar todo, ya fuera domesticándolo o empujándolo al exilio (cagar y tragar son momentos de una misma digestión de la diferencia). Pero parece que Luis Manuel Otero Alcántara raspa demasiado la glotis y el esfínter anal del poscastrismo, su trágalotodo y su mira-que-te-gusta-el-Dolphin Mall, mierdecilla.
Mira, allá en los noventa, nosotros cansados y vencidos, los que decían que sabían nos dijeron que lo de Cuba solo tenía una solución: la «solución biológica». Nos enjabonaron el lomo, convertida la Paideia en una Aletheia de tarjeta de embarque. «La “solución biológica” es la solución, amigos», nos aseguraron: «Morirán los Castro, ese Fidel que vibraba en las montañas se hará ceniza y polvo, y todo volverá a su benéfico flow con el Almendares lleno de sirenas antes jineteras y los delegados del Poder popular convertidos en munícipes de corbata, talco y buena dicción». La biología haría lo que la política no pudo. Solucionaría por fin lo que la guerra no alcanzó, ni vencieron la rabia, el hastío y la libreta de racionamiento.
Objeté entonces citando aquel delicioso dictum de Rafael Martínez Ortiz cuando Tomás Estrada Palma, fundándose la República, le aseguró que Cuba sería la Suiza de América. Y él le preguntó señalándole a la calle: «¿Y dónde están los suizos?» Pero nos aseguraron que no, nos animaron: la solución era la biológica. Y muerto el perro, se acaba la rabia y cosas así nos dijeron.
De aquello hace casi treinta años. Los mismos que cuenta Otero Alcántara, año arriba, año abajo. Y fíjate, sí, otra biología ha dado voces ahora. No ha dado de sí la biología que iba a convertir al dictador en cadáver, asunto felizmente verificado hace ya un lustro. La biología que clama ahora es la del cuerpo del artista que lo pone, lo arrastra, lo somete, lo impulsa, lo arriesga, lo tensa y lo ve encerrado en una celda. La biología de Luisma: su músculo, su nervio, su saliva y su orina. Ojalá que no también su sangre.
La única «solución biológica» que importa ahora es sacar ese cuerpo del abrazo del poscastrismo, de su saña punitiva y ejemplarizante. Hurtarlo a la venganza, la roña, el miedo de este tiempo que vino después, este tiempo de sobrevida que la historia, hoy un animalito clemente en tiempos de populismo, regaló al castrismo. Y ya después veremos cuán suizos somos y cuánto merecemos ser sujetos de una postiza Suiza cualquiera. Un país por cierto que, si lo llevamos a la escala de nuestra cubana, minúscula estatura, está lleno de Cerros.
Una versión en inglés de la crónica Citas en Berlín: cuidado con esa gaveta que tiene cucarachas, apareció en espléndida traducción al inglés de Jacqueline Loss en World Literature Today, la revista de la University of Oklahoma.
Publicada inicialmente en español en la revista El Estornudo, allí cuento un viaje a Berlín para entrevistar a Svetlana Aleksiévich con Arcadi Espada, mi primer viaje a Berlín desde que treinta años atrás lo visitaba al otro lado del Muro.
Para continuar leyendo la traducción al inglés haz click en la imagen después del fragmento.
A Date with Svetlana Alexievich in Berlin: or, Smuggling Bugs into Soviet Moscow
By Jorge Ferrer (Translated by Jacqueline Loss)
I hadn’t been back to Berlin since the mid-1980s, but I used to go there quite often as a teenager. In fact, Berlin was the first city I set foot in outside of Cuba. We stopped there on the way to Moscow for what back then was called “habilitation,” meaning the purchase of clothes at the state’s expense so that impoverished Cubans would not look so impoverished when they were seen in foreign lands. There were a couple of stores on Calle Galiano in Havana where travelers were sent as well. In fact, the visit to Galiano was the first leg of the trip. Buying shirts and underpants, ties and moccasins, was a trip unto itself!
The most senior of functionaries like my father—who back then held a position in a bank that was responsible for counting the money that Eastern Bloc countries owed one another—traveled to Berlin to “habilitate” themselves. If you were going to work in the East, you traveled first to Berlin, to East Berlin; if you were going to work in the West, you’d go instead to Paris or Madrid for such purchases. Thanks to that, I was able to see the Wall when it was still standing. I saw it from the front and from the side. And I saw it from above, from the window of an apartment where we stayed on one of the “habilitation” trips, and from where you could also see the West. Later we’ll return to that window, not to look outside, but rather to observe what’s going on inside.
It was on a night in East Berlin in 1982 when I discovered that real socialism allowed for the possibility of a table with decent provisions on it. I couldn’t accept anything less now.
I’m still the little savage I was then, and when I enter the apartment on Hussitenstrasse, 5, I go straight to the refrigerator. It’s empty. I have forty-six hours ahead of me in Berlin, an appointment with a lady who can lead me to another, the vague idea of locating the building where I spent my first night in Berlin in 1982. The empty refrigerator vexes me. I hoped to see a yogurt, at least, or a sausage or two. Though I certainly wouldn’t have touched anything. But it was on a night in East Berlin in 1982 when I discovered that real socialism allowed for the possibility of a table with decent provisions on it. I couldn’t accept anything less now.
I go outside and walk along the green space that follows the course of the Wall and its exclusion zone. It’s the Berlin Wall Memorial. The words of the trapeze artist in Wings of Desire come to mind, the film Wim Wenders shot shortly before the city and the world grew up in 1989: “In any case, you can’t get lost. You always end up at the Wall.” “Even when it’s no longer there,” I say to myself as I walk toward the Supersonico on Bernauer Street 71–72. A name for an Italian restaurant that seems particularly suitable for a continued overlapping of past and present, flooding the Berlin air with its accordion sound (…)
Hace un par de días visité en San Petersburgo la “habitación y media” en la que el poeta Joseph Brodsky vivió hasta su marcha al exilio. No es buena costumbre acudir a una visita con las manos vacías, ni siquiera cuando el anfitrión lleva décadas ausente, y se me ocurrió llevarle la traducción de un poema suyo que hice hace un par de años y leérsela allí.
La habitación, parte de una kommunalka, está en eternas obras con vistas a la creación de un museo que honre la memoria del poeta. En otro lugar contaré los pormenores de la visita, alguno siniestro a la vez que iluminador.
Ahora comparto aquí la lectura del poema y algunas imágenes del espacio.
Más abajo, para disfrute sobre todo de quien conozca ambas lenguas, copio el poema en ruso y la traducción que leo.
Un recorrido por la “Habitación y media” en el número 24 de la avenida Liteini
El poema en ruso:
В озерном краю
В те времена в стране зубных врачей,
чьи дочери выписывают вещи
из Лондона, чьи стиснутые клещи
вздымают вверх на знамени ничей
Зуб Мудрости, я, прячущий во рту
развалины почище Парфенона,
шпион, лазутчик, пятая колонна
гнилой провинции — в быту
профессор красноречия — я жил
в колледже возле Главного из Пресных
Озер, куда из недорослей местных
был призван для вытягиванья жил.
Все то, что я писал в те времена,
сводилось неизбежно к многоточью.
Я падал, не расстегиваясь, на
постель свою. И ежели я ночью
отыскивал звезду на потолке,
она, согласно правилам сгоранья,
сбегала на подушку по щеке
быстрей, чем я загадывал желанье.
1972
El poema en mi traducción que leo aquí:
En la región de los lagos
En los años que pasé en el país de los dentistas,
cuyas hijas encargan sus regalos
en Londres y cuyas apretadas tenazas
se elevan a lo alto como banderas que saludan a una Muela del juicio sin dueño,
yo, que escondo en mi boca ruinas más blancas que las del Partenón,
espía, husmeador, quintacolumnista en una provincia podrida
y, de diario, profesor de oratoria, vivía en un college
situado junto al principal de los Grandes lagos, al que me habían llamado
para tensar las venas a las algas locales.
Todo lo que escribía en aquellos años
tendía inexorablemente a los puntos suspensivos.
Me dejaba caer en la cama cada noche sin desabrocharme el traje. Y si alguna vez
me ponía a buscar una estrella en el techo, ésta, obedeciendo a las leyes de la combustión,
corría por mi mejilla hasta la almohada, antes de que yo alcanzara a imaginar un deseo.