«¡Me han robado lo único que tengo!»

- 21/12/10
Categoría: Crisis, Urbanas
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Hace una media hora, paseando a Bruno, me llama un tipo desde la puerta del cajero automático de La Caixa en la calle Escorial, esquina a Fraternitat —más escorial que fraternidad, como se verá.

Me le acerco.

—Me han cerrado la puerta —me dice con acento esteeuropeo. El tipo lleva una camiseta sin mangas, pantalón de chándal y pantuflas.

Dentro del cajero, lo veo perfectamente a través de los cristales, hay un saco de dormir, una manta, una mochila y un tetrabrik de vino.

—Salí a mear y estos me lo han quitado todo —explica y a la vez denuncia.

Intento abrir la puerta. En efecto, está cerrada. El tipo, moreno y de unos treinta y cinco años, tiene los ojos húmedos.

—Me parece que estos hijos de puta cierran las puertas mediante un sistema informático —le digo—. Y no creo las vuelvan a abrir hasta las cinco o las seis.

—¿Qué puedo hacer? ¡Me han robado lo único que tengo! —insiste. Parece suponer que alguien «del país» que sale a pasear a un perro a medianoche tiene solución para situación tan enojosa.

Se equivoca.

—Voy a buscarte ropa, porque creo que vas a tener que pasar la noche aquí afuera —le digo, sin darle tiempo para la réplica.

Regreso cinco minutos más tarde. Le traigo un abrigo viejo, un suéter, un pantalón que me parece abriga más que el suyo y un par de calcetines gruesos. Cuando me voy acercando veo que no está solo. Hay un joven a su lado hablando por el teléfono móvil, una muchacha con aire de «pasaba por aquí» y otra mujer que, como yo antes, paseaba al perro y se encontró al pobre tipo esquilmado de repente por un banco en el que jamás tuvo cuenta; banco que le quitó su casa —su saco de dormir—, sin que mediara hipoteca impagada.

Llego justo a tiempo para escuchar al joven explicando lo que acababan de decirle en el número de información de La Caixa. Sí, cierran las puertas para evitar que se meta gente a dormir en los cajeros. Y, naturalmente, no iban a abrir ése para que un «sense sostre» —un «sin techo»— recuperara sus cosas.

Somos tres los que dedicamos frases más o menos idénticas a la madre del imaginario dueño del banco, sus ejecutivos, etc. El afectado, en cambio, permanece en silencio y mira al suelo —o a sus pantuflas. «¿Quién coño me habrá mandado a salir a mear?» —se estaría preguntando en algún dialecto caro a Von Rezzori.

—Vete al cajero del BBVA —sugiero, señalándoselo. Está al otro lado de la calle—. Y mañana recoges tus cosas.

—Ya está ocupado —me dice—. No me van a dejar entrar.

—¿Quieres que vaya hasta allí y hable con ellos? —me ofrezco.

El tipo me mira con afecto. Ya se ha puesto el abrigo que le traje, de manera que se parece vagamente a mí en fotografías de hace unos años.

—Nunca hable con gente como nosotros a estas horas —me aconseja. Y ahí sonríe por única vez. Sus colmillos son de oro. Los dos.

Regreso a casa despacio. Escribo estas líneas y me vuelvo —lo hago ahora mismo…— al sofá de la sala, vacío y caliente.

Y rehúyo las preguntas que asoman a las yemas de mis dedos. ¿A quién me parezco más? ¿A ese pobre tipo al que acabo de despedir en la calle con un abrigo viejo o al hijoputa que activó un botón y lo dejó a la intemperie por toda una noche?

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Otro discurso de Raúl Castro, personaje

- 20/12/10
Categoría: Cambios en Cuba, Castro & Family, Transición | Etiquetas:
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Acabo de leer el discurso que Raúl Castro pronunció ayer. Seis mil setecientas ochenta y siete palabras entre el «compañeras» y el «gracias» que los titulares reducen a lo de «o rectificamos o nos hundimos». Un Raúl Castro en puesto de mando de buque que atraviesa una tormenta. Trasunto de los capitanes Ahab o Nemo. Aunque más bien quepa evocar a los contrabandistas de Enrique Serpa, dada la materia que lo ocupa.

Discurso —en términos tanto retóricos como ideológicos— y programa que comienzan a consagrar a Raúl Castro como el sujeto de una de las paradojas más sofisticadas de una futura historia de la revolución cubana y de las revoluciones en general.

Gris hermano de un dictador omnímodo, Raúl Castro sugiere que dedicará sus últimos años de vida a enmendar los desvaríos de su hermano, mientras: 1) el dictador aún vive; 2) sostiene que toda enmienda parte de los discursos previos del dictador enmendado; y 3) jura que las enmiendas buscan afianzar el desastre, a la vez rentabilizándolo y haciéndolo rentable. ¡Vaya variables de una ecuación!

En un capítulo de Mad Men, Don Draper se ve arrastrado a un local del Village donde una performer perpetra un numerito muy propio del lugar y la época. Narra cómo soñó que Fidel Castro le arrancaba la ropa al grito de «¡Viva la revolución!», mientras Nikita Jruschov observaba la escena desde una ventana.

En shakespeareano, a la vez que hollywoodesco movimiento, el Raúl Castro post-castrista es ahora el exaltado revolucionario, la ropa se la pondrá y quitará «cada cual según su capacidad» y su hermano Fidel es el Jruschov que asiste a los gritos de ¡Viva la revolución! desde la ventana que es la pantalla de un televisor.

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«¡Y un jamón!»

- 19/12/10
Categoría: Islam | Etiquetas:
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Seguro que si subo aquí una como la que sigue el venidero Día de los Inocentes algunos de ustedes se carcajean y otros me dicen cuatro o cinco cosas por inventármelas tan gruesas.

Pues nada de eso, señoras, señores.

Se trata de noticia aparecida hoy en la prensa andaluza acerca de instrucción policial en curso.

Disfrútenla que glosarla sería, eso sí, delito:

Una familia musulmana denuncia a un docente por hablar de jamones en clase

Un profesor del instituto Menéndez Tolosa ha sido denunciado por una familia musulmana de La Línea pues su hijo, alumno de primer curso de Secundaria, considera que se le ofendió durante el transcurso de una clase de geografía, según informaron a este periódico fuentes del instituto.

Este medio pudo saber que el docente se encontraba dando clase con normalidad sobre los distintos climas del planeta y usó a la localidad granadina de Trevélez como ejemplo de clima frío y seco. A modo de anécdota, el profesor contó que precisamente ese clima favorecía la curación de los jamones. Entonces el alumno pidió al docente que no hablara de jamones puesto que le ofendía la cuestión al ser musulmán.

Según pudo saber este diario de fuentes del centro, el profesor le contestó que simplemente se trataba de un ejemplo y que él no tenía en cuenta en sus clases la religión que practican sus alumnos.

Esto podría haberse quedado simplemente en un intercambio de pareceres pero la familia del menor, que en ningún momento acudió a hablar con el profesor sobre este incidente en clase, no ha dudado en interponer una denuncia contra el docente en la comisaría del Cuerpo Nacional de Policía…

Agentes de la Policía Judicial acudieron ayer al Menéndez Tolosa para que el profesor prestase declaración sobre los hechos ocurridos durante la clase. Además, los funcionarios han solicitado la documentación disciplinaria y académica del menor en este instituto y en el centro anterior en el que estaba escolarizado.

Este medio ha podido saber que el docente está acusado de ser autor de un supuesto delito de maltrato de obra, alegando además motivaciones racistas y xenófobas.

El Cuerpo Nacional de Policía mantiene abierta la investigación de estos hechos denunciados por la familia del menor y habrá que esperar a la resolución que dictamine la autoridad judicial en el juicio de faltas cuando se celebre.

«¡Y un jamón!», habrá dicho más de uno, expresión que en el país donde comemos el mejor jamón del mundo sirve para descartar algo de plano.

En estas sociedades multiculturales la línea que separa la mera imbecilidad de la culpabilidad más ominosa es tenue. Y a veces se me ocurre —ejem, breve pausa para degustar una exquisita, translúcida, soberbia loncha de jamón— que de tan tenue a muchos ya les resulta invisible.

De contra:

Ah, por ciento, la Junta de Andalucía desarrolla un bonito plan para la enseñanza del árabe como segundo idioma en el sistema de educación de esa comunidad autónoma.

¿Que «¡y un jamón!»?

Nada de eso, más bien ni uno.

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