A ver qué tal de resonancias…

- 08/10/10
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Sería muy distinto si consiguiéramos narrar esta historia de uniformes y sotanas, delirios y miserias, enfermedades y resucitaciones, supersticiones e intrigas, como quien recuerda sucesos ocurridos 700 años atrás.

Porque en realidad, fíjense, para casi todos los que hacemos ETDLV, escribiéndolo o leyéndolo, lo que sucede en isla de la que ahora me separan unos pocos kilómetros ―Cuba― en muchas ocasiones suele tener la misma «presencia» que cualquier bucólica estampa precolombina. Guarina de niña espantando a majá con jutía acorralada, por ejemplo. O Guamá mirando a hurtadillas un cemí.

Poner distancia, por un lado, y abstraerse de la maraña mediática. Ello requiere apartar antes las muelles taras que tanto nos solazan, claro, que si no es difícil que lleguemos lejos.

¡Va y así ganamos todos! Al menos lo haremos, creo, en tanto escritores y lectores de prosa historiográfica. Bien visto, y a fuer de que se me tome por trasnochado nietzscheano, hace dos milenios que estamos subidos a noria que no cesa de girar.

Atiéndase si no a este relato. Es de Barbara W. Tuchman en A Distant Mirror. The Calamitous 14th Century (pp.498-99).

Léaselo y a ver qué tal de resonancias…

…As the awful report of the King’s madness spread, rumors of sorcery and poison were on every tongue, and popular emotion so aroused that the sick chamber had to be kept open to the public. All the tears and grief attending a royal demise filled the room and “all good Frenchmen wept as for an only son, for the health of France was tied to that of her King.” Sobbing clergy conducted prayers, bishops led barefoot processions carrying life-size wax figures of the King to the churches, the people heaped their offerings on relics known for healing powers, and prostrated themselves before Christ and the Saints to beseech a cure.

Few believed the affliction had natural causes. Some saw it as Divine anger at King’s failure to take up arms to end the schism; others, as God’s warning against that very intention; still others, as Divine punishment for heavy taxes. Most believed the cause was sorcery, the most so because a great drought that summer dried up the ponds and rivers so that cattle died of thirst, waterborne transport ceased, and merchants claimed the worst losses in twenty years.

In a morbid time, belief in conspiracy rose to the surface. Whispers circulated against the Dukes. Why had the “phantom of the forest” not been arrested and interrogated? Had he been planted by the Duke of Brittany or by the uncles to cause the King to turn back? Had the King’s excess of anger causes by the Dukes’ delay brought on his madness?…

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Una fiesta esperada

- 08/10/10
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Un premio para un escritor insobornable. Y, sobre todo, para la lengua en la que escribe.

Quienes crecimos a y con la lectura leyéndolo no podemos más que saludar hoy al más ameno de los historiadores de la América latina del siglo pasado, al más atrevido de sus cronistas, a quien retrató cuarteles, alcobas y palacios de gobierno con la misma fe en la fuerza emancipadora de la imaginación.

Respeto y agradecimiento, Mario. ¡Y enhorabuena!

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El Imperio y el oro

- 07/10/10
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De todas las formas en que hemos visto morir a un imperio, ninguna se promete más vulgar que la que parece nos ofrecerá el fin del imperio norteamericano.

No será, mírese atrás, el primer imperio suicida. Pero seguramente sí el que nos ofrezca imágenes más patéticas de sus estertores, el que gimotee en forma más ridícula, el que implote levantando la más espesa nube de polvo. Y, muy probablemente, el que más humille a sus bravos y sufridos valedores.

Aun cuando los EE.UU. tienen por delante década o tres lustros de penosa agonía, basta atender a fenómeno tan propio de la imagen imperial como los anuncios que interrumpen sus programas de televisión, esa Diosa tutelar del consumo, el pollo del arroz con pollo del Imperio, para advertir tristes indicios.

Como devueltos al Medioevo, los súbditos del Imperio hoy miran embelesados a las pantallas de sus televisores desde las que los anunciantes que antes les vendían lujosos automóviles o rutilantes vacaciones, les ofrecen comprar oro. Monedas de oro. ¡Oh, ese último refugio del «inversionista»! Compre oro, señora, que todo lo demás es barro. (Un anuncio que vi esta mañana recomendaba especialmente las monedas de oro europeas.)

Barro son las tarjetas de crédito que anunciaban y regalaban antes. Barro son las acciones compradas en Bolsa. Barro es todo lo que alguna vez alimentó la ilusión de felicidad que compartían los súbditos. Ya nada de eso se ofrece en las tandas de anuncios que se cuelan en las salas de estar de Norteamérica. ¡Compren oro, siervos!, es la consigna.

Eso sí, los llamados a la acumulación del «vil metal» son interrumpidos de tanto en tanto por recordatorios de la calamidad de los seguros médicos de los súbditos. ¡Compren oro, antes de que enfermen, siervos!, es el trasfondo de la consigna.

Las epidemias que asolaban a pueblos enteros durante el Medioevo eran todavía más horrorosas porque se desconocía su origen. No así la epidemia que está asolando hoy al Imperio americano. Pero da igual. ¿De qué nos vale conocerles los rostros a las ratas?

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