Jorge Ferrer - 25/05/10
Categoría: Actualidad | Etiquetas: Agua corriente
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Tanta bobería con Corea del Norte. Que si negarle el comercio, que si aprestar tropas por aquello de aprestarlas.
No somos muchos los occidentales que hemos visitado esa calamidad de país. Cualquiera que lo haya hecho sabe que se trata del infierno sobre la tierra.
El horror en el rostro de la cocinera de la residencia del embajador de Cuba en Pyongyang cuando le rogábamos A. y yo nos permitiera llevarla a casa en la madrugada de un día del verano de 1988 no lo olvidaré jamás.
A la mujer, la misma que nos servía desayuno, comida y cena, que tenía por delante kilómetros hasta su casa, la seguíamos implorándole que subiera al carro para salvarlos. Era tarde y una cena que se alargó más de lo previsto la había privado del transporte habitual: el chófer de la Embajada, también coreano. «Ádios, ádios», nos gritaba en su español, desencajada, horrorizada. Dos falsos Volvos del servicio secreto nos seguían a los tres. Falsos, porque a los Volvos aquellos les adosaban hierritos en coreano. Para que parecieran del país. Y los pobres coreanos se lo creían. Que hacían Volvos, cuando ni fósforos fabrican.

Otro día contaré mis aventuras en ese país de mierda, en país que padece dictadura de veras horrorosa. Ahí sí te meten tiro en la nuca por nada, oye.
Apenas una recomendación a tanto embargo y a tanto vamos a ver: ¡Bombas y más bombas! ¡PUM!
Misil al cogote de Kim Jong Il, a quien tengo rencor que es cuenta personal que la sabemos unos pocos, y Kim Ki-Duk, ¡grande!, filmándonos la escena.
Eso: ¡PUM!
¡Qué carajo!
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Jorge Ferrer - 23/05/10
Categoría: Oposición, Transición | Etiquetas: Agua corriente
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Antes de los «ganamos» o los «perdimos», antes de eufóricos «los doblegamos» o patéticos «nos volverán a joder», antes de pronunciamientos, manifiestos, protestas o saludos, habrá que esperar a ver qué nos dice la semana que comienza. Sus números, sus ritmos.
Sobre todo porque hasta ahora sólo dos de las tres partes implicadas han hablado. Lo han hecho, y bien, la Iglesia y algunas voces de la oposición. Y la que aún calla, el gobierno cubano, es la que aquí decide. (Bien es cierto que su silencio ha sido particular: la mención de «los presos y las Damas de Blanco» en Granma sin adjetivos denigratorios, aun cuando hecho mediante voz interpuesta, es algo más que mero silencio.)
En lo que a los presos respecta, lo que tenemos hasta ahora no pasa de ser el relato de una promesa. Si bien se trata de un relato bien articulado que incluye traslados y excarcelaciones. Es decir, una mejora de las condiciones carcelarias de quienes no deben estar presos y la continuación, parece que en número apreciable, de la política de concesión de licencias extrapenales por motivos de salud.
Habría algo aún más relevante. A saber, que en lo que concierne a la relación entre el gobierno cubano y la oposición tendríamos el establecimiento de un mecanismo de diálogo con un mediador nacional. Nacional, subrayo, porque se trata de la Iglesia de Cuba y no de gobiernos extranjeros, personalidades extranjeras o Iglesias extranjeras. Esos con quienes antes se canjeaban presos.
Crea lo que crea cada cual, yo incluido, sobre ese interlocutor, de él como de cualquier otro lo que se evalúan son los resultados. Lo dicho, pues: antes de aplaudir o censurar, antes de las enhorabuenas o los vituperios habrá que observar el alcance del diálogo, aun a sabiendas de que se dialoga con un régimen dictatorial que no va a ceder el poder como quien devuelve un préstamo, ni cesará de emplear todos los mecanismos de que dispone para conservarlo.
Ahora mismo el pollo del arroz con pollo es el alivio de la situación de los presos políticos y sus familias, como también que el nombre de Guillermo Fariñas no se sume a la lista de víctimas del castrismo. Y aquí el peso se lo lleva el adjetivo «humanitario». Los sustantivos «libertad», «democracia», etc., esperan por diálogo al que tendrán que sumarse más interlocutores que los funcionarios sentados al pie de la silla de Pedro, los mismos que esta semana podrían demostrar haberse ganado un puesto en esa mesa por venir.
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Jorge Ferrer - 22/05/10
Categoría: Arte | Etiquetas: Agua corriente
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Un toro de nombre Opíparo ―¡Opíparo!― le destroza la lengua a artista vestido de lo más cursi. ¡Esas hombreras con pinta de charreteras o viceversa, por favor!
Artista, por cierto, que llevaba largos minutos martirizándolo y se aprestaba a matarlo con la esperanza de pasearse después empuñando ufano una, o hasta dos, de sus orejas cortadas.
Si a favor de la perpetuación de la tauromaquia no bastara la feliz circunstancia de que casi cada año los toros cornean en Pamplona a muchachotes beodos llegados desde otros mundos, negligentes lectores de Hemingway, esta imagen debería servir de vindicación rutinaria de la necesidad de esta fiesta, devenida espectáculo pop, guerra con sangre en casa y los domingos.
Es una imagen TOTAL, como grato es el alivio de saber que Julio Aparicio vivirá para hacer el cuento.
Una imagen, la miré embelesado durante largo rato, que nos recuerda que los artistas juegan con sangre y, ante todo, con la propia. ¡Que se la juegan! Fíjense bien en cómo se juntan esos dos cuerpos dispares: ahí hay mucho de tango.
«I like to see bullfights in sunny old Spain», cantaba Frank Sinatra . (Y ello a pesar de que Ava & Dominguín le dieron más de un dolor de cabeza, que en materia de toros todo son cuernos.)
Eso, pues. Más fiesta. Más cuernos. Más arte, más sangre y más bravura compartidas.
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