Jorge Ferrer - 16/04/10
Categoría: Memoria | Etiquetas: Memoria
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Carlos Franqui ha muerto hoy en Puerto Rico.
Desaparecido ya una vez por las tijeras de la memoria del poder, hoy se lo ha llevado el tiempo.

(A la derecha, fotografía publicada por el diario Revolución en 1962, donde Carlos Franqui aparece en el centro de la imagen; a la izquierda, la misma instantánea reproducida en Granma en 1973, sin Franqui ya.)
El saldo de la impronta que la cultura cubana de los últimos cincuenta años debe a Carlos Franqui, desde el suplemento Lunes de Revolución hasta el paso por la Habana del Salon de Mai, resalta sobre la grisura que ensombreció la vida cultural cubana a partir de 1968. No obstante, su condición de oficial del Ejército Rebelde y hombre estrechamente ligado a los primeros años de revolución le negaron el favor del exilio, que tampoco buscó.
Fuera de la historia, de todas las historias, Franqui ha muerto siendo un gran desconocido para la gran mayoría de los cubanos nacidos después de 1959. Para muchos de ellos probablemente no sea más que un personaje recurrente en las páginas de Guillermo Cabrera Infante.
He decidido subir hoy aquí el penúltimo capítulo de Retrato de familia con Fidel (1981), tal vez el libro de Franqui que prefiero.
Leer a Franqui, leer esta despedida de una revolución que hizo pero ya le resultaba ajena y hostil, me parece manera justa de honrar su memoria.
E.P.D.
Discusión con Raúl
Por Carlos Franqui
La recepción duró horas.
Vodka, coñac, whiski, champaña, exquisitos manjares estaban por la libre.
Los tabacones llenaban de humo el Palacio.
Como a las once de la noche, Fidel se retiró. Tenía la mano hinchada del dale que dale. Los ojitos le brillaban. Sus íntimos contaban cómo el Comandante se las arreglaba para estar rodeado de gente y de aplauso. Era su orgasmo.
Ya se veía esa descomposición alcohólica y palaciega de la medianoche.
Un edecán del Presidente Dorticós me dice de pasar al despacho presidencial.
Me extrañó la cortesía.
Dorticós era muy cuidadoso de sus relaciones.
Era el termómetro de Fidel.
Si estabas bien con éste, te llamaba, te hablaba, te sonreía.
Si olía que estabas en desgracia, te ponía en sordina.
Era normal.
El poder es así. Los que están a su alrededor son muy cautelosos.
Dorticós conocía bien a Fidel. No se hacía ilusiones.
De su maestro, Miró, ambos grandes abogados, conocía el arte de las alturas.
Recelé alguna trampa.
En guardia, me dirigí a su despacho.
Allí estaban con Dorticós, Raúl Castro, Che Guevara, Faure Chomón, Vilma Espín, Aleida March, otros comandantes. Flavio Bravo, López y Alfredo Guevara ―el grupo de Praga― y otros ministros y capitanes y doctores.
Raúl Castro, con el alcohol subido, me recibió así:
―Qué dice Accattone.
―Raúl, supongo que en tu casa hay espejos. ¿Te has visto tú, tu cara en el espejo? ―contesté cortante.
Raúl se puso blanco.
El Che, para aligerar, pasó de Pasolini a Fellini.
Dorticós:
―Seguro que te gustan las películas italianas.
―Sí, la Dolce Vita ―agregó Raúl.
Se discutía en aquellos días sobre el cine italiano.
―Sí, la Dolce Vita, de Fellini, me gusta. No me gusta la dolce vita de Palacio.
Cambiando:
―Ustedes no sólo quieren los héroes positivos del socialismo. Ahora quieren aun los héroes positivos del capitalismo ―y agregué―:
―Qué clase de marxistas son ustedes.
―Tú trabajas con los chinos. Eres un pro chino. Tú diriges esa revista que los chinos pagan en París ―dijo con violencia Raúl.
(No había leído la revista que dirigía Verges, abogado de la Reunión, militante franco-argelino, que conocí por Ben-Bella, en mis viajes a Argelia, cuando el líder argelino, por simpatías a Cuba, a nuestro periódico, puso el mismo nombre a un semanario que dirigía Verges, que ahora en París, y con simpatías chinas, editaba una publicación en la que publicó un artículo mío sobre la lucha cubana. Hacía meses que no veía a Verges, de haberme pedido permiso para el artículo lo hubiese dado. No fue así y no sabía nada de la revista.)
―Mira, Raúl, por la revolución china tengo simpatías, entre otras, por su intento de separarse del modelo ruso.
―El Che también colabora en esa revista. Es un pro chino ―agregó Raúl, interrumpiéndome. Y ante mi asombro por la acusación al Che―:
―Tú eres un antisoviético. Tú mismo lo dices. ¿Lo ven? ―afirmó Raúl, acusándome.
(Tuve la sensación de que era un proceso. El odio de Raúl, de los soviéticos, de los viejos comunistas. Del grupo de Praga: Flavio Bravo, Alfredo Guevara, antiguos y permanentes enemigos. Lucha comenzada en la clandestinidad, exilio, Radio Rebelde. Continuada en el 59, cuando el sectarismo y la Crisis de Octubre, que ahora estallaba.)
No me sorprendía.
Me sorprendió la acusación de Raúl al Che de pro chino.
En la primera época eran muy amigos. Verdad que cuando el sectarismo, que Raúl siempre apoyó, el Che se unió a nosotros y comenzó a hacer críticas al modelo soviético, a Checoslovaquia, que como ministro de Industria, le vendió todo lo que no servía.
Verdad que el Che manifestaba simpatías por China, su esfuerzo de caminar con sus propios pies, de crear otro modelo, por su ayuda al tercer mundo. Por la retirada de las tropas chinas de Corea, que Guevara había visitado.
Me pareció grave esta acusación de Raúl al Che. Que se limitó a sonreír irónicamente, sin decir nada.
Me preguntaba: Por qué todo esto. No soy más director de Revolución. Acabo de regresar. Estimulo a Fidel para que escriba para la Feltrinelli un libro sobre la Revolución.
Entonces comprendí.
A esta gente le molesta mi presencia. Pensaba que me iba a quedar. Ah, ah, ah, están furiosos. No se conforman con la destitución.
Es mi desaparición lo que quieren. Ah, ah, ah.
―Eres un antisoviético ―repitió Raúl.
―Mira, Raúl, si los rusos fueran soviéticos estaría con ellos. Con los obreros, campesinos e intelectuales socialistas que proclamaron los soviets. Pero el partido liquidó los soviets, que duraron poco. Tú confundes los soviets con la burocracia. Ése es tu problema. No el mío. ―Y a voz bien alta―:
―Stalin es un enemigo del pueblo. El nuevo Zar. Asesino de millares de bolcheviques, de millones de hombres del pueblo.
―Delante de mí no se puede ofender a Stalin ―gritó Raúl.
―Cuando estuve en Moscú, la primera vez, estaba allí todavía en el Mausoleo. Me cagué en su madre delante de los rusos. Ahora que lo tuvieron que expulsar del Mausoleo, y si puedes, protesta con Kruschov; delante de ti, me cago en su madre otra vez.
La cara blanca de Raúl se volvió más pálida. Echaba espuma por la boca, gesticulaba con violencia, gritaba.
Aquella noche no sentía el miedo, decidí contestar a Raúl y a los otros, decirles unas cuantas verdades cara a cara.
―Es un trotskista ―agregó con astucia de viejo abogado Dorticós.
―No. No. No. Soy antiestalinista, porque soy socialista, lo seré mientras viva. No soy como alguno aquí que ocultaba lo que era. Yo siempre lo dije. Era enemigo y lo soy del Imperio y los imperios. De los poderosos y privilegiados. Estoy por un socialismo humano. El Che, aquí presente, es testigo que así lo expresé a Fidel en la prisión de Miguel Schultz. El estalinismo no es sólo Stalin y no es sólo ruso. Es el poder de la burocracia, la represión contra el pueblo. Las cárceles y los fusilamientos. Las invasiones y ocupaciones: Polonia, Budapest, Praga.
―Pues, te mandaremos al paredón ―gritó Raúl―, y la historia nos absolverá.
―La historia nos absolvió, Raúl, a ti, a mí también, cuando estábamos contra un poder tiránico. Pero ahora eres poder, puedes matar como Batista, pero la historia no te va absolver. Te va a condenar, como condenó a Batista. Así que no me amenaces, Raúl.
―¡Te fusilo!
Entonces, abriéndome la camisa, grité: “¡Tira aquí, si tienes con qué!” Continúe leyendo… »
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