Teníamos los sobrados testimonios que Lumen nos empaquetó en su «primera época» y teníamos la correspondencia desde la cárcel, las escasas entrevistas. Contábamos, cómo no, con la abundante Céliniana: memorias, diccionarios, sesudas tesinas. Teníamos hasta legisladores censurando sus panfletos ―las Bagatelles pour un massacre, Les Beaux Draps, L’Ecole des cadavres…. Esos a la vez detestables y primorosos panfletos de Céline, todavía secuestrados al lector libre. Si libre ―de la censura propia y ajena; de sus propias manías― es algún lector.
Sabíamos sin dudas que Louis-Ferdinand Céline ―aquel de cuyo Viaje al fin de la noche, traducido al ruso por los comunistas Elsa Triolet y Louis Aragon dijo Stalin que era uno de sus libros preferidos― fue antisemita rabioso y entusiasta pro-nazi.
Es que por saber, casi sabíamos que hasta los gatos le ronroneaban a Hitler en la casi siempre estival abulia de Meudon.
Con Céline, menos leerlo hoy lo que merece, se ha hecho de todo. Lo ha hecho la moralita, ese mineral bulldozer de la memoria soi-dissant histórica.
Oh, pero ahora tenemos foto. ¡Fotazo, man! ¡Fotaza, tío!
Están que no se quieren esos de L’Express chupando memorabilia canadiense. El Adrien Arcand de Jean-François Nadeau, uff.Fiestecita en el Tubo y todo. ¡Lo han pillado, al avieso Dr. Destouches! ¡Vaya facha!
La pregunta número tres, después de otras dos tan obvias que me ahorro anotarlas, es si esto ayudará a que se lea a Louis-Ferdinand Céline. Si esta «revelación» servirá para que en el sosito XXI se practique la lectura espasmódica a la que nos sometió el Maestro. Quiero pensar que sí, que sólo los atormentados son legibles aunque a ratos sean ilegibles.
Definitivamente, chico, Céline nos da más trabajo a los célineanos que Joyce a los joyceanos… ¡Y fíjate que es mucho decir!
Y otro al que, hoy también, se vio jugar a esto (la boca, los gestos):
Esta tarde, comprando en el mercado de abastos de Gràcia ―allí, en parada que yo me sé, venden unos frijoles negros llegados del norte de México que habrían hecho salivar a Linneo― me llegó el siguiente diálogo desde la carnicería contigua:
―¿Lo tendrás para mañana?
―En la tarde, sí.
―Me pasaré.
―Pásate.
En esta España cuya clase política alcanza las cotas más bajas desde, al menos, el salpafuera de Fuenteovejuna, tengo por seguro que la breve transacción en el mercado será mañana mucho más útil a la marcha del país que el encuentro de esos dos zoquetes.
Lástima que sean ellos quienes hablen a los ojos de mosca de los micrófonos y se froten contra las rotativas.
Hay que sustraerse a la tentación de quedarse con la imagen de esa mujer que ocupa el primer plano, por «atractiva», por imantadora que resulte.
Su payasada usainboltesque, la V que dibujan sus dedos, la piedra que parece lanzar, los pendientes a juego con la blusa, la lengua blancuzca, anémica, que se proyecta desde el lecho de esa boca oscura, una lengua que no parece pertenecerle… En efecto, no le pertenece.
Una castrista que muestra al histrión que hay detrás de cada cubano. Parafraseando a Raudelis Lima: «Son así, así, así; así son, son…» los castristas de Cuba.
Hay aun un tercer plano que esconde un cuarto. Muchachote que ríe las gracias de la acosadora y los dedos índice y meñique de una mujer invisible que, oculta por el jovial agente en prácticas, dibujan unos cuernos sobre la cabeza de una opositora.
Son tres planos de este siniestro paisaje de un acto de repudio.
Pero en esta fotografía aparecen también sus protagonistas. Las únicas protagonistas. Y a veces me da la impresión que olvidamos quiénes son estas mujeres. Que cedemos a la estrategia del régimen de La Habana cuando pretende situarlas en el centro de debates que buscan silenciarlas, ensombrecerlas, mancillarlas.
Las Damas de Blanco son familiares de víctimas de la dictadura cubana. Familiares de hombres que padecen el presidio político cubano. Si salen a la calle es porque los suyos ―sus maridos, sus hijos, sus hermanos― están entre barrotes. Y si se atreven a desafiar a estas turbas que las zarandean y ofenden en tanto mujeres es porque han perdido el miedo, pero no la entereza.
Todos esos presos, sus presos, han entrado en la historia de la resistencia de los cubanos al totalitarismo. Estas mujeres, como de rebote, hacen historia a diario.
Por eso prefiero ver en esta foto sus rostros y sólo sus rostros.
Esa extraordinaria mezcla de dignidad, paciencia, dolor y conmiseración.