Fulgencio Batista: “Prefiero contemplar cómo se hunde la isla con sus moradores”

- 03/10/12
Categoría: Memoria
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(Este post requiere la lectura del anterior, donde introduje el acertijo que abajo comento.)

La aplastante mayoría de los votos recogidos en la encuesta insertada en mi post de ayer o las opiniones que recibí por correo electrónico o Facebook atribuyen a Fidel Castro las palabras citadas. Aquí, 72 votos de 83. La proporción fue discretamente inferior en los comentarios en privado.

Pude haber acompañado las palabras de marras con otra frase de la entrevista, pero me abstuve de hacerlo porque entonces corría el riesgo de convocar la unanimidad.

Es esta frase, que aparece más abajo en la misma entrevista a propósito de las relaciones de Cuba con los Estados Unidos:

«Las relaciones de Cuba con los Estados Unidos tienen que ser, deben ser forzosamente de extrema cordialidad. Pero sin perder la dignidad. Antes (de que se pierda la dignidad) prefiero contemplar cómo se hunde la isla con sus moradores».

La isla que se hunde en el mar, el holocausto de toda la nación en el altar de la Patria antiimperialista… El heroísmo de los mártires, ya saben.

Pero no, no se trata de perlas de Fidel Castro, como la amplísima mayoría de ustedes supuso, aunque bien pudieron serlo. De hecho, el repaso de las primeras intervenciones de Castro en los meses, y pocos años, posteriores a la llegada de los rebeldes a La Habana, tanto en entrevistas como en alocuciones públicas, encuentra numerosas renuncias a la posibilidad de que algún día se convirtiera en un autócrata.

En verdad, ambos comentarios proceden de una entrevista que hizo Luis Amado Blanco —entonces joven periodista español y mucho después embajador de Cuba ante el Vaticano— a Fulgencio Batista. Una entrevista temprana a Batista (se publicó en El Heraldo de Madrid el 29 de diciembre de 1934) que grosso modo concuerda con la praxis política que ejercitó después de la Revolución de los Sargentos y durante el período 1940-1944, cuando ocupó la presidencia de la república, habiéndola ganado en las urnas.

Otro gallo cantaría en 1952 y en lo adelante, hasta que se viera obligado a abandonar el poder ante la presión de una Cuba que lo repudió y despreció.

Lo que me interesaba convocándolos a pensar en el acertijo era poner en evidencia lo que sabemos de sobra, pero solemos olvidar: la insoportable permanencia de unos mismos discursos, de unos mismos modos discursivos, en la historia cubana desde la inauguración republicana, revolución del ’59 incluida.

Discursos tan tenaces que, sin pensárnoslo dos veces le atribuimos a Fidel Castro lo que fue de Batista, como podríamos atribuirle a Fidel Castro la grandilocuencia de la construcción nacional propia del Batista que se vindicaba desde el exilio —léase Piedras y leyes: Balance sobre Cuba, sin ir más lejos.

Misma isla; semejantes discursos. Por eso hay que trabajar a fondo con la piqueta.

No obstante, hoy los discursos son bien distintos. Nadie se disculpa antes de emprender una aventura dictatorial, ni se golpea el pecho queriendo que la isla se hunda en el mar. Más bien se la quiere flotando y a merced de las mareas, condúzcanla estas hacia el Golfo de Venezuela o los Florida Keys.

La entrevista a Fulgencio Batista aquí citada apareció publicada en el blog «Hojas de prensa para la historia de Cuba» que compila Javier de Castromori. Toda la entrevista, aquí.

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“Figúrese usted que yo me convirtiese en dictador…”

- 30/09/12
Categoría: Memoria
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Me encuentro hoy este intercambio en una entrevista sacada del olvido. Entrevista a cubano, a político cubano.

—¿Y no teme usted que pudiera presentarse una coyuntura que le hiciera convertirse en un dictador?

—¡No, no; de ninguna manera! (…) Yo buscaría el hombre civil para entregarle las riendas del poder. Hay que mirar los problemas con perspectiva histórica y a su luz se ve claramente que las dictaduras no solucionan ningún problema; son como un compás de espera que agrava la situación. Figúrese usted que yo me convirtiese en dictador, que el pueblo cubano me aplaudiese, que yo lo hiciera tan bien que pudiese seguir siéndolo hasta mi muerte, ya muy anciano. ¿Y qué? Cuba habría vivido de espaldas a la realidad, a los vaivenes del mundo, que son los productores del progreso. Detrás de mí vendría forzosamente el caos. ¿Merece, por tanto, la pena?

¿Se animan a señalar al autor de la frase? ¿A jugar con este acertijo?

 

¿Qué político cubano regaló la respuesta anterior?

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Mañana les enlazo a la entrevista completa y ahí se verá al dueño de esas palabras.

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Infeliz cumpleaños de Fidel

- 13/08/12
Categoría: Cambios en Cuba, Castro & Family, Memoria, Transición
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Fidel Castro cumple hoy 86 años. Lo de «longevo dictador», para decirlo en cursi, ya es un buen trozo de jabón con que enjabonarnos los glúteos.

Si contamos desde 1953, cuando lideró el asalto a un cuartel en Santiago de Cuba, Fidel Castro lleva 59 años protagonizando la política cubana. ¡Cincuenta y nueve años!, nenas, nenes. Que de esos sumen ya seis desde su obligado paso a retiro no significa que se los deba descontar. Más bien al contrario. Estos últimos años valen el doble, porque son los que le han regalado la formidable visión de la continuación del régimen. Ah, ¡qué regalo mayúsculo! Los cubanos viven bajo un modelo que no funciona ni para ellos mismos, como le confió a Jeffrey Goldberg, ya no tienen a un líder carismático que los seduzca y, sin embargo, continúan sirviendo a los mismos amos con su habitual apatía.

No sé a ustedes, pero a mí esa longevidad me produce una profunda vergüenza. Cada vez que veo a un cubano enarbolando su gentilicio antillano lo miro estupefacto. «¿De qué se ufana?», me pregunto. «¿De añadir inapelable lqqd al pie de La Boétie

Bien, Fidel Castro cumple hoy 86 años y su vida se va apagando plácidamente en el muelle nido de Punto Cero. Allí, con su mesa erguida sobre rueditas, la pantalla de un televisor que siempre sintoniza Telesur, los resúmenes de prensa que le compilan sus aides de chambre, las tazas de caldo que le acerca la criada en las noches y las galleticas macrobióticas que toma en los desayunos, cada uno de sus gestos monitoreado por la adusta Dalia, este hombre domina el pasado de Cuba, como se promete dominar también su futuro.

Nada le estorbó antes, como nada parece atentar contra la certeza de que morirá en una Cuba «socialista». De hecho, la única posibilidad de que algo lo dañe, lo hiera, pasa por el arañazo que alguna inocente ramita de los arbustos de moringa entre los que se pasea como el anciano Vito Corleone por entre las tomateras pudiera trazarle en la carne.

Esa parece ser su suerte. La nuestra es mucho peor. Porque a la historia, a la infalible memoria de la historia, no le será indiferente la manera en que muera Fidel Castro ni la evolución de su legado después de su retiro en 2006 y durante estos ya largos años de sobrevida.

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