La toma de posesión de Vladimir Putin este mediodía se me antoja la mayor puesta en escena de un acontecimiento político poscomunista.
Y no es que no conociéramos otros espectáculos notables, cuando ya contamos más de dos décadas desde el derrumbe del socialismo en el Este de Europa. Pero ni la venerable figura de Vaclav Havel entrando al palacio de Praga, la visión de la ex militante de las juventudes socialistas de la República Democrática Alemana (RDA) Angela Merkel diseñando el futuro de Europa desde Berlín o Bruselas o el retorno a Bulgaria y Rumanía de sus reyes derrocados -significativamente a Bulgaria donde Simeón II regresó a la política con episódico éxito- se comparan con lo visto esta mañana en el Kremlin.
La realización de la televisión estatal rusa es de veras espectacular, carillón incluido. La entrada de ese hombre adusto y solitario que acude a recuperar la presidencia que cedió antes con estudiado cálculo, su paso por escaleras y salones -muchos peldaños, muchos salones-, atestados de gente que lo vitorea, reúnen el pasado precomunista y el presente poscomunista de manera estremecedora. Por comunista, sin dulces prefijos, precisamente.
“Permanencia” es el primer nombre que se me ocurre. Un buen título de novela rusa. Un mal nombre para relato democrático.
Les recomiendo los segmentos 12:40 – 16:15 y 31:00 – 35:00. Basta deslizar el cursor hasta esos tiempos, ahorrándose el resto.
El contrapunto, claro, fueron los manifestantes que salieron a las calles a gritar su protesta por la sucesión pactada entre Putin y Medvedev, y la reacción de los antimotines.
Me siguen llegando opiniones encontradas acerca del documental Patria o muerte (Родина или смерть) de Vitali Mansky (Виталий Манский).
Mansky, tal vez el más importante de los realizadores de documentales en la Rusia postsoviética rodó en La Habana este proyecto que se ha estrenado en algunas salas de cine en Rusia y del que todavía no me hago con una copia. La prensa lo ha tratado a golpe de ditirambo, pero 1) es un Mansky; y 2) ha calado su idea de que la Cuba que encontró se asemeja a la Unión Soviética de los últimos años de Stalin.
Aún pendiente de verlo y forjarme una opinión sobre la que se anuncia como una mirada espectacular sobre Cuba desde ojo postsoviético, miro una y otra vez el corto de promoción y me digo que a mí esa Cuba que muestra —el trailer, no el documental— se me parece a un montón de cosas de las que ninguna es la URSS ca. 1950. Pero a la hondura de la decrepitud se llega por muchos caminos, lo sé.
Noticias como esta me producen siempre un sabroso desasosiego. Por una parte, son atractivas en términos intelectuales para quienes vivimos la Guerra fría. El tipo de atractivo que te arranca una sonrisa desganada, vaya. Una sonrisa del tipo “Yo sabía que esto al final…” Por otra, dibujan el tóxico entramado del poscastrismo. Tóxico y ventajista cuando uno sabe de general que guerreó en Argelia y Angola y ahora visita África como suerte de condecorado CEO de la primera de las dos empresas más eficaces de la isla de Cuba a cobrar en dólares por los servicios prestados antaño.
No se trata ni mucho menos de la primera intervención comercial cubana en Sudáfrica. También han trabajado antes en triangulaciones que han favorecido a países africanos que no pueden sufragar las facturas cubanas en cheques al portador. En esos casos, Cuba ponía médicos pagados con sueldos de miseria y Sudáfrica los suministros. Con todo, asesores y personal médico cubano llevan años instalados allá en busca de rands. Hace un par de años Sudáfrica condonó a La Habana una deuda de algo más de un centenar de millones de dólares en previsión de negocios futuros. Y en agradecimiento al aporte cubano en el desmontaje del ominoso régimen del Apartheid. De las facturas cobradas en Argelia y Angola se sabe y he escrito antes aquí. (Fatiguen ustedes el Archivo que ando hoy con prisas.)
Hay cocktail que La Habana sirve con más munificencia que el mojito. Y no es precisamente el Cuba Libre, ya saben. Se llama «cooperación Made in Cuba» y, oigan, rinde dividendos tan cuantiosos que pocas industrias pueden ufanarse de haber rentabilizado mejor un nombre de resonancias hispanas. Ni Mercedes Jellinek hizo más en materia de branding. La Mercedes que debió nombre a Dumas y al conde de Monte Cristo, que es, por cierto, marca cubana también y ocasionalmente, fíjate tú, con doble corona.