¿También a ustedes les dicen que los cubanos se quejan cada vez con más decisión del gobierno que soportan?
¿También ustedes se animan pensando en ese «ahora sí», se consuelan con el aúpa de los adverbios?
Bah, sí, admito que también yo compilo testimonios de recién llegados, también yo busco el paisaje de fondo en cada video filmado en Cuba. Cosa de ver la mutación del paisaje. Cosa de escuchar las voces que pían o gruñen sobre el fondo en transformación.
Pero vean, pasen y miren a estos cubanos de hace dos décadas en un noticiero del ICAIC. Tampoco a ellos les gustaba la Cuba en la que vivían.
¿Lo vieron? Bueno, ahora decidan si quieren comprar la idea de que la Cuba de hoy, ese protocapitalista paisaje de empresarios en ciernes, algo en vilo, un poco en ascuas, en… embarcados en su nueva circunstancia, es resultado de la desazón acumulada.
Yo la compro, pero la pago, si en tarde en que me muestro espléndido, a mitad de precio.
O vean este otro jugoso Noticiero ICAIC que mostraba, hace más de veinte años, la problemática de la migración interna en Cuba. Los orientales que buscaban La Habana, esquiva meca.
La élite y sus frases. El pueblo y sus gestos (bruscos). Dijo Castro II la otra tarde ante lo que llaman Asamblea Nacional del Poder Popular: «Limpiémonos la cabeza de tonterías de todo tipo, no olviden que ya concluyó la primera década del siglo XXI, y es hora».
Una expresión sofisticada. Uno se queda con ella dando vueltas. Que si despejar la cabeza, que si los siglos, que si tonterías fuera, que si llegó la hora.
Hay cosas que uno no sabe cómo traducir a imágenes diáfanas.
Pero Cuba, ay, esa partera y paridora de imágenes, te sirve enseguida el estado de la cuestión. Y cuando lo hace insertando pinga y galleta en el parlamento (¿dije Parlamento antes?), clarifica:
Esta tarde aquí, amanecer en La Habana, dediqué horita y poco al acto de celebración de ya ni me acuerdo cuál aniversario del asalto al Cuartel Moncada. Un acto político-cultural, ya saben. Lo cultural: poemita declamado con lágrimas en los ojos; orquestica para himnos; y unos falsos guajiros repasando tópicos de la música campesina con enojoso mal gusto. Lo político: carta de Hugo Chávez y par de discursos. Del principal, es un decir, se ocupó Machado Ventura. Castro II no habló a micrófono aunque ejerció su habitual campechanía —una forma «simpática» del despotismo— en el hors d’oeuvre, estrechando manos, dejándose palmear los hombros, sonriendo con distancia, halagando (poco) y dejándose halagar (mucho).
Me pareció un acto magnífico porque ejemplificó como ningún otro el divorcio absoluto entre la realidad del país y el teatro del que participan quienes lo gobiernan y los gobernados. Ni unos ni otros dicen lo que quieren en una suerte de pacto entre masa y élite que es propia de regímenes cuya legitimidad pende de un hilo. Y su futuro de una hebra del hilo de marras.
Les faltó poner al fondo del escenario, en lugar de las caritas —y eso digo porque no sé cómo manejarme con el diminutivo de «jeta»— de Martí, José y Castro, Fidel , un mensaje en clave.
A falta de tal, yo creí leer un axioma de la física que parece adecuado también a la política del ocaso del castrismo. Los lectores de Minimal Bildung, de su índice siquiera, saben cuán grato me resulta: «La inercia es la propiedad que tienen los cuerpos de conservar su velocidad si no hay interacción.»