El Granma trae hoy noticias de una ampliación de los márgenes en que pueden moverse los cuentapropistas erigidos en la esperanza blanca del socialismo cubano. Las limitaciones al ejercicio de un mayor número de profesiones y las altas tasas impositivas aplicadas a los nuevos empleados por cuenta propia son dos de los muchos elementos que conspiran contra la capacidad de flotar que tendría esa tabla de salvación arrojada al proceloso mar de la realidad económica del castrismo. Carmelo Mesa-Lago publicó ayer cumplido informe del estado de la mar: no se lo pierda quien lo haya pasado por alto.
Lo anunciado hoy en Granma —esencialmente, la dispensa de algunos gravámenes fiscales, la extensión de la capacidad de contratación y el aumento del volumen de negocio en las paladares— son herramientas que vendrían a flexibilizar el rígido esqueleto del programa de reformas, la tímida apertura hacia un modelo que dé aire, un soplo de aire, a la iniciativa individual. No es suficiente ni mucho menos, pero es un reconocimiento de la necesidad de abrir, o entreabrir, más la puerta.
Más allá de las expectativas que tenga cada cual con eso que en La Habana llaman pomposamente «actualización del modelo cubano», lo cierto es que en los meses venideros, como en los pasados, nos tocará seguir asistiendo a la proyección de una película en la que nunca ocurrirá lo que debe ocurrir, pero cada vez habrá escenas más insinuantes.
A golpe de indicio, en un largo proceso de desvelamiento, se nos tendrá pendientes del momento en que aparezca por fin la carne.
No se me ocurre mejor manera de visualizar esa enojosa situación, aunque no exenta de excitación, que este delicioso montaje de escenas en nada pornográficas de películas pornográficas. Una bien armada exposición de los momentos previos, el inocentísimo y hasta pudibundo hors d’oeuvre, mientras la carne brilla por su ausencia.
Eso es lo que veremos de los cambios en Cuba, por ahora.
Si alguna razón explica mejor que ninguna otra la obscena perdurabilidad del régimen de los hermanos Castro es su capacidad para reinventarse a sí mismo una y otra vez. De la misma manera en que un actor representa en temporadas consecutivas a anciano avaro y a seductor galán, así eso que aún llaman «revolución cubana» ha sabido mutar sobre las tablas a las que se encaramó en enero de 1959 en un alarde histriónico verdaderamente admirable. Dado que el propósito principal de ese desfile de disfraces no ha sido otro que la permanencia de una misma claque en el poder, el éxito está a la vista.
El VI Congreso del Partido Comunista de Cuba (PCC) estaba llamado a ser la consagración de una de esas esporádicas operaciones quirúrgicas que maquillan el rostro del régimen. Una muy especial, porque ante el forzado retiro de Fidel Castro y su paulatino desvanecimiento, sus herederos en el poder se vieron ante la necesidad de la más perentoria de las mutaciones.
La apuesta era tan alta que requería arriesgar idea mayúscula. Ya no valían viejas operaciones como la recuperación de José Martí y la clave autóctona para deslindarse del socialismo que caía en la Europa del Este o la llamada “rectificación de errores” que creara ilusión de enmienda de las élites. La palabra “cambio”, en alebrestado plural, era esta vez el mantra. “Cambios en Cuba”, la promesa; “lineamientos”, el nuevo catálogo de sustos. Ejército de adverbios, la pragmática: Raúl ha echado mano estos últimos años al “poco a poco”, al “todavía” que anuncia un “ya” más o menos distante, siempre retrasando la llegada de una Cuba que anuncian con escaso entusiasmo y menos convicción.
A lo largo de los últimos cuatro años hemos visto cómo el régimen, obligado a responder con hechos a las expectativas creadas, añadía nuevos trazos al paisaje. Cambios, deslizamientos más o menos apreciables y algunos de veras notables. Con todo, la retórica del socialismo a salvar y perpetuar –la contumacia en concebir como irreversible un sistema que no les ha servido ni para producir chubasqueros reversibles– sigue en pie, como lo estará hasta el hundimiento. Alexei Yurchak, profesor en la Universidad de California, Berkeley, ha estudiado los discursos de los jóvenes soviéticos en el socialismo tardío y encontrado cómo vivían en un régimen que percibían como inmutable hasta que un buen día colapsó de repente sin que ese súbito fin los tomara por sorpresa. “Todo era para siempre, hasta el día en que se acabó”, titula su libro. Una expresión que podría servir como un guante a una mano a la situación cubana, donde una jerarquía jurásica es incapaz de renovarse y se muestra reacia a contender con las ideas que otra generación podría hacer irrumpir en el discurso político de la isla con ímpetu de elefante en cacharrería.
En ese teatro a punto de echar el cierre, ahora la incógnita es si esa retórica de adverbios que dibujan tiempo de posposición basta a los gobernados y, sobre todo, si los espacios ganados con las reformas incipientes se convertirán en plataformas desde las que exigir y negociar una liberalización más amplia que ponga en peligro la transición hacia el poscastrismo que esa misma elite y sus vástagos buscan controlar a placer.
Con motivo de la reciente inauguración del Museo Napoleónico de La Habana, Raúl Castro donó el último reloj que perteneció a Napoleón Bonaparte, una pieza que guardaba desde su noche de bodas. Entretanto, su hermano Fidel no cesa de hablar del fin del mundo. Son dos hombres que se creen dueños del tiempo y parecen haber abandonado toda prisa. Tal vez han olvidado que la historia la han hecho siempre unos tipos cuyos nombres nunca supimos hasta que asomaron de entre el silencio. Todos esos nombres están ya allí y algunos asistieron al Congreso del Partido Comunista. Son hombres y mujeres que, a la sombra de dos dictadores, se guardan sus relojes para dar la hora precisa en lugar de donarlos para solaz de nostálgicos de un emperador. Los verdaderos amos del tiempo no saben de nostalgias.
Una lectora me sugiere que este vídeo convertido en un suceso viral en Youtube cerraría con broche de oro las fotografías «imaginarias» que publiqué sobre la visita de James Carter a La Habana. (Una y dos)
Más bien creo que aquí tenemos avance de las imágenes que nos llegarán del venidero VI Congreso del Partido Comunista (único) de Cuba que dará comienzo en unas semanas.