Asisto con (muy moderado) estupor a las primeras declaraciones en libertad de Alicia Gámez, la vecina de Barcelona que regresó hoy a España después de 101 días de secuestro a manos de la sucursal de Al Qaeda en el Magreb.
Gámez, para quien no esté al tanto, llevaba diez años formando parte de la Caravana Acció Solidària, una entidad paramunicipal dedicada, entre otras obras que ofrecen consuelo al bienpensante, a recorrer una vez al año el África occidental repartiendo ayuda.
Pero este año, ay, mientras Gámez y sus compañeros conducían su caravana de vehículos cargados de enseres útiles a poblaciones empobrecidas, los muchachotes de Al-Qaeda le cortaron el paso a su jeep y la secuestraron junto a otros dos colaboradores.
Cien días, ¡cien!, ha pasado secuestrada la buena de Alicia. Entretanto, el futuro de las caravanas solidarias parece sellado: se acabaron las ayudas a los menesterosos de solidaridad.
Luego, tenemos a señora que ha padecido un secuestro ―«retención», ja, leo en un diario― de cien días a manos de tipos que desprecian a las mujeres como ella, las visten con burkas y lapidan, perpetran atentados en los que mueren los mismos niños a los que Alicia ha dedicado al menos los diez últimos años de su vida, asesinan con el objetivo de abolir las libertades de que goza Alicia y, quiero suponer, querría gozaran todos.
Más: su liberación y la ojalá que próxima de sus dos bienpensantes compañeros se produce a cambio de dinero, mucho dinero de cuantioso rescate pagado por los contribuyentes, o de la liberación de terroristas presos. Luego, ha vuelto a Barcelona a cambio de más terror y más muerte.
Cabe suponer entonces que una vez liberada, la mujer que ha visto cancelado su sueño, ha pasado por el calvario de un secuestro y ha coadyuvado, sin quererlo, al fortalecimiento de Al Qaeda diga, lo menos, que esos tipos son unos hijos de puta. Que pida perdón. Que se felicite de haber escapado con vida de los amigos de las degollinas ―y yo me felicito con ella―, pero no que calle, no que disimule, no que actúe como si volviera de un safari en el que se torció un tobillo.
«Hemos sido bien tratados, con respeto, y nos han atendido bien dentro de las limitaciones propias y muy duras del desierto.»
Y punto.
El duro desierto y los respetuosos captores. ¿Qué coño le hacían esos tipos más amables que las dunas? ¿Leerle a Le Clézio en lugar del Corán? ¿Mirarla con la sorpresa con que mira un buen día una gallina a los patos que ha criado en lugar de patearle la cabeza, separársela del tronco?
La trataron con respeto, dice tras cien días de secuestro.
¡Hay que joderse con estos bienpensantes! Con el «síndrome del socialista».
Un artículo que es copia fiel de los millares de textos semejantes que conoce la historia de los estados totalitarios. Infame, rastrero, vil.
Un segundo hecho en el año 2002 ratifica la característica violenta de este sujeto y el evidente desprecio por su Patria y los ciudadanos que la defienden. En plena ciudad de Santa Clara, Fariñas golpeó fuertemente con un bastón a un anciano que había impedido un acto terrorista de un enviado personal del criminal Luis Posada Carriles.
Los daños en el lesionado provocaron una urgente intervención quirúrgica para extirparle el bazo.
Una vez sancionado a 5 años y 10 meses de privación de libertad en la Causa 569 de 2002 del Tribunal Popular Provincial de Villa Clara, echa mano de nuevo a su método de hacer show: la huelga de hambre.
Nada sé de ese Núñez Betancourt que babosea sobre «nuestro país», su «Cuba». No es más que otro de tantos escribientes al servicio del gobierno de los hermanos Castro. Un pelele, un pichón de esbirro, a juzgar por esta pieza y alguna otra que sirve Google.
Sí sé, sin embargo, qué alegará ese Núñez Betancourt si algún día le tocara rendir cuentas por este artículo: «No lo escribí yo», dirá, «lo escribió el gobierno y me mandó a firmarlo».
2) Más o menos a la misma hora que leí el artículo en Granma, me llegó video con entrevista a José Sánchez Boudy sobre Guillermo Fariñas y su huelga de hambre. Apareció en el blog Villa Granadillo.
A diferencia de lo que me sucede con el oscuro Núñez Betancourt, de este Sánchez Boudy sí sé algo. (¿Quién que haya entrado a la Librería Universal en Miami no se ha tropezado con su nombre?)
Sánchez Boudy es un grafómano cubano, cuya bibliografía incluye títulos como Cocuyando auroras, Baudelaire (psicoanálisis e impotencia), Lilayando pal tú (Mojito y picardía cubana) o Crocante de maní, junto a incontables páginas de glosarios, recopilaciones de piropos y abundantísima seudofilosofía de la historia de Cuba.
De sí mismo afirma que «ha sido finalista dos veces en el Premio Planeta siendo el primer cubano que ha logrado tal distinción». (Nadie se moleste en verificar el último dato: es rotundamente falso. La única escritora cubana merecedora de ese galardón es Zoé Valdés.)
También se ufana de haber creado la expresión «La Cuba eterna» a la que ha dedicado millares de páginas que publica en Librería Universal, previo pago a Salvat. Y se faja por reivindicar su «invención», como si del Chupa-chups o el Wonderbra se tratara.
Atiéndase a las palabras que este valedor de la «Cuba eterna» dedica a Fariñas, a todos. Como atiéndase a la jeta, al «tono de la voz» y a su dedo índice.
Segmentos: 00:50 – 04:15 y 07:35 hasta el final.
3) Y en medio, mientras este par de cara’e’guantes, uno en La Habana y otro en Miami, juegan a hundir palito en caca, hay un negro, Guillermo Fariñas, que insiste en «llegar hasta el final».
Deja que los locos proliferen en su delirio, enseñaba la antipsiquiatría de David G. Cooper y Ronald D. Laing. Definitivamente, ésa va siendo la única ciencia que nos queda.
Porque «Cuba», «Nuestro país» o «La Cuba eterna» son tres hipóstasis de la boñiga con la que jugamos todos.
María Eugenia Arencibia, una amiga residente en La Coruña, se acercó esta mañana a hablar con Javier Fernández, el músico cubano que se declaró en huelga de hambre ante el Consulado de Cuba en Santiago de Compostela, Galicia. De vuelta a casa, me relataba lo que había visto: «Cuando miré a los ojos a ese hombre, supe que su decisión y su dolor son auténticos: ese hombre llegará hasta el final».
Más: «Con un hilito de voz me dijo: “es la primera vez que me siento libre”».
Mañana hará una semana que Javier Fernández no ingiere alimentos sólidos. Le dijo a María Eugenia que pronto dejará también de beber. Fernández, negro como Zapata y Fariñas -condición racial que él mismo menciona en el documento que ha circulado-, está dispuesto a inmolarse. Desistiría, dice, si todos los presos políticos cubanos son puestos en libertad. De lo contrario está dispuesto a llegar «hasta el final»
Hasta el final.
Desde primera hora de la tarde tengo aquí delante un post-it con el número de teléfono de ese hombre que ha elegido el martirologio. Los lectores de esta página saben lo que creo de la opción que ha elegido. Saben que me opongo rotundamente al delirio que ha desatado la muerte de Orlando Zapata Tamayo, ese delirio suicida.
He manoseado el teléfono unas cinco veces a lo largo de la tarde y la noche con la intención de hablarle, intentar disuadirlo, explicarle que su sacrificio es estéril. En una ocasión llegué a marcar su número. No hice la llamada.
¿Qué puede decirle un hombre sentado ante su confortable mesa de trabajo a quien se ha decidido por una muerte falazmente redentora? ¿Puede entrevistarlo como si nada? ¿Preguntarle qué tal le va con la muerte que le llega y desearle suerte? ¿Puede, por el contrario, decirle que está equivocado, que morirá en vano, que dejará huérfanos -a cambio de nada- a su hijo ya nacido y a la criatura que espera su mujer?
Darle voz a quien se quiere morir, ¿no incitará a otros a seguir su camino? ¿No lo animará a seguir con su empeño una vez que encuentra el eco que reclama?
Por otra parte, silenciarlo, ¿no será un acto miserable hacia quien da la vida por todos, uno incluido?
Hay ocasiones en que la capacidad de servir de altavoz de los que carecen de acceso fácil al espacio público genera dilemas éticos difíciles de resolver.
En cualquier caso, sean cuales sean las decisiones que yo tome, publicar este post, por ejemplo, siempre me resultará infinitamente más sencillo tomarlas que lo que le significó a Javier Fernández elegir su camino.
Yo no me juego nada. Él se lo está jugando todo.
De contra:
Documento redactado por Javier Fernández acerca de su huelga de hambre (es cortesía de María Eugenia Arencibia):