La pintura cubana le debe, al menos, su surrealista más perdurable. La literatura cubana le debe, al menos, su tesón por salvar del encierro y dar a conocer la obra de Reinaldo Arenas. El exilio cubano le debe, al menos, la iniciativa Un plebiscito a Fidel Castro.
Un día de hace una década tuve la ocasión de viajar a París con el solo propósito de visitarlo y de aquel encuentro le debo, además, la memoria de la agudeza y la sensatez de su conversación y la certeza, nada común, de haber estado ante un hombre, y un cubano, extraordinario.
Hoy quiero recordar lo que se le debe a Jorge Camacho viéndolo pintar. Gracias a Ricardo Vega por permitirnos esa suerte.
Ahora algunos les advierten a los convocados que puede tratarse de una celada. Carter también se reunió con disidentes en su anterior visita, recuerdan. Fue en 2002 y la Primavera Negra al año siguiente, avisan.
Otros buscan demeritar a los convocados. Si a Antúnez lo detuvieron en las horas previas a la llegada de Carter y a estos les permiten acudir a su encuentro, insinúan, entonces no son todos los que son y los que estarán son disidentes útiles al castrismo y, luego, de baja intensidad. (Parece increíble, ya sé, pero también hay cubiches que juegan a eso como los hay que juegan con palito y caca.)
Por lo pronto, y tal como ofrecí aquí avance de la fotografía de la visita de James Carter a La Habana —allí lo visto y lo entrevisto—, ahora les inserto imagen que bien puede servir para ilustrar el desconcierto corriente.
Fíjense bien en ella. Tiene su truco, como lo tiene cada movimiento en el que La Habana ha involucrado a los Estados Unidos a lo largo del último medio siglo. Y como para comprender aquellos, también con ella conviene apartar ligeramente la vista para intuir (la sensación de) movimiento.
Va y en un futuro más o menos cercano descubrimos de repente que todo esto no ha sido más que un largo episodio en la historia del Op-art.
Tú imagínatelo ahí. Con su guayabera blanca, su cara de imbécil, su calamitosa hoja de servicios al país que lo quiso presidente y lo desquiso enseguida. James Carter, cará’.
Tú imagínatelo reunido con Castro II, guayabera contra guayabera como espejitos, con cardenales y judíos que viven en Cuba de ser judíos. ¿De qué habló con estos? Contaron los brazos de la Menorá.
James Carter, el «vendedor de cacahuetes». Que en Cuba es maní y sus vendedores tienen larga fama de pregoneros. Y, por feliz accidente, de rumberos.
«Distinguido visitante», le llaman, porque el ciego es tuerto en casa del rey. Aunque ni rey haya, ni Jimmy Carter sea ciego. Pero es tuerto útil.
Ha ido a ejercitar el músculo del trueque. Del quid pro quo. Del dando y dando. ¡Pero que nadie se entere, oigan! Que en silencio ha tenido que ser…
(¿Habrá votado Alan Gross a este mequetrefe en el lejano 1976?)
Pero tú imagínatelo ahí. Imagínate a esos «estadistas». El aquiescente Jimmy Carter que quiere cobrarle pieza a Barack Obama antes de ir a rezarle a la almohada. Y Alan Gross esperando en La Condesa. Y los espías cubanos jugando a las cartas.
Y cuando ya te has apoderado de ese paisaje sórdido y decadente, cuando ya ves temblar esas parejas de labios luchando trueque, cuando tarareas «El manisero» —The Peanut Vendor— para bailar la escena, te anuncian que Alix de Foresta —«Princesa Napoleón»— volará pronto a esa misma Habana para asistir a la reapertura del Museo Napoleónico.
¡Del Museo Napoleónico, nene!
Habaaana —léase como cantado por Los Zafiros. De ti se puede imaginar todo. ¡Y todo es tan, pero tan deliciosamente kitsch!