Un par de aeropuertos, un paisaje intenso aunque sañudamente herido por la urbanización, una habitación de hotel y, ay, el hallazgo repasado durante todo el fin de semana de unas memorias cuyo autor vivió en la historia, la vivió como para contarla, publicó casi a hurtadillas lo que anotó y permanece velado tras también sañudo olvido historiográfico.
Un buen weekend donde todas las marcas parecían etiquetas orondas sobre un único cuerpo: los aeropuertos —esos «empty meeting grounds», que los bautizó MacCannell—; la naturaleza herida en la que disfruto adivinar la capacidad de réplica —el súbito deslizamiento de tierras que arrastra encabalgamientos de chalets, por ejemplo—; la enorme habitación de aire high-tech —yo adoro casi todas las habitaciones de casi todos los hoteles, pero nada admiro más en ellas que su calculada hostilidad: a todas las dejo enamoradas—; los testimonios del desastre que es casi toda la historia —en la historia de Cuba, donde el desastre totalitario hiere la vista, los testimonios son pruebas de cargo y no meros indicios, por mucho que no se aviste juicio al que aportar unas y otros…
Volver al lunes con preámbulo trenzado con tales mimbres es toda una bendición.
Marco Rubio no quiere que los cubanos residentes en los Estados Unidos viajen a Cuba. No ha pisado ese país en su vida el bueno de Marco y busca que lo imiten. Lo propone y se lo batean. Y yo me alegro no saben cuánto por tantos cubanos que podrán viajar a Cuba desde los Estados Unidos sin pagar el sobreprecio de la triangulación cada vez que les dé la gana de ver a sus madres, hermanas o hijos. Huyeron del castrismo en busca de libertad, pero Marco Rubio, que de esa isla sabe lo que yo de Kazajastán —esto es ser generoso, ¡tengo mis días!: yo sé más de Kazajastán que Marco de Cuba diez veces— no quiere que viajen. Odio prestado el de Rubio.
Entretanto un «Evento» en Facebook en favor de un «Levantamiento popular en Cuba» para la semana próxima cuenta, ahora mismo, con 152 personas que sostienen que asistirán. La cita es en los «alrededores» del Museo de la Revolución. Ciento cincuenta y dos que han hecho click en el casilla del «I’m attending», cuando no acudirán ni remotamente. Todos viven fuera de Cuba y no existe ni la más puñetera posibilidad de que ese día aterricen en La Habana a la que Marco Rubio no quiere que vaya nadie. ¿Por qué mienten? ¿Qué mueve a alguien a sostener que «I’m attending» a evento que, de producirse, solo podría acabar a cabillazos contra los pocos que se crean, si tales inocentes hubiera, que mira voy a ir porque otros 152 estarán ahí conmigo?
El psicoanálisis de ciertos sujetos cubanos deberá ocuparse, claro, de la «transferencia», pero también, ay, de su insondable trauma con la traslación.
Hay documentos sonoros de la historia de la revolución cubana, momentos de su banda sonora o su musique d’ameublement, si prefieren, que deberían compilarse en una secuencia única.
Podría ser una buena música de ambiente que se escuchara en el ascensor que nos lleva y trae —arriba o abajo, según temporada. La selección debería ser cuidadosa y contendría, sin ánimo de ser exhaustivo, lo mismo un «¡Viva Cristo Rey!» ante pelotón de fusilamiento que un «¡Fidel, seguro, al yanqui dale duro!» coreado por centenar de miles de gargantas en la Plaza; lo mismo una descarga de Irakere que una bronca junto a pipa’e’láger en los carnavales; lo mismo la melodía de «Nocturno», aquel programa de radio, que una ovación de diez minutos a Castro I o un guaguancó improvisado en un patio de Marianao o un solar de San Miguel del Padrón; lo mismo un estentóreo «Seremos como el Che» en falsete que el silencio de Arnaldo Ochoa ante el tribunal que lo juzgaba o los sollozos apagados por el vidrio de la pecera del aeropuerto de La Habana en 1960 o, también, los pasos de quienes marchaban deprisa hacia los barcos por los muelles del puerto de Mariel en 1980… Etc., etc.
Hay una pieza que no podría faltar de ninguna manera en esa recolección. Por performática, por criminal, por patriotera, por odiosa y a la vez por testimonio del odio más protohumano… Digo, el archivo de la grabación del intercambio entre la cabina del caza cubano que abatió a las dos avionetas de Hermanos al Rescate allá en 1996 y el Puesto de Mando en tierra. En unos pocos días hará 15 años de aquel acto brutal.
Concéntrense en esa grabación, aun cuando la conozcan. Cierren los ojos. Aíslense. Utilicen auriculares si los tienen a mano. Y mientras escuchan esa secuencia de apenas dos minutos, intenten visualizar por un instante la palabra «Reconciliación» cruzada por un arcoiris…