Qué se ha dicho de ‘Días de coronavirus’: opiniones, blurbs, reseñas

- 21/12/20
Categoría: Confinamiento, COVID-19, Crónicas, Días de coronavirus, Letra impresa, Libros, Literatura, Periodismo | Etiquetas: , , , , , , ,
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Cubierta de Días de coronavirus de Jorge Ferrer

Días de coronavirus. Un itinerario (Editorial Hypermedia, 2020) recoge las cuarenta crónicas que Jorge Ferrer publicó en la revista El Estornudo, mientras permanecía confinado en Barcelona en los meses de marzo y abril de 2020. Sometidas después a un profundo proceso de revisión, a las crónicas se les añadió en epílogo y se publican precedidas de un prólogo de Carlos Manuel Álvarez, director de El Estornudo.

Al final de este post, hay enlaces para comprar el libro a un click. 

Del libro se ha dicho (síganse los enlaces para acceder a las reseñas completas, donde corresponda):

 

«Imagino a Ferrer, quien menciona a Messi en estas páginas, como un futbolista virtuoso al que le basta una losa para mostrar su destreza. La esconde, la amarra, la suelta, la trae, la engancha, la filtra en profundidad. “El virus muta y así irá mutando el aliento de estas crónicas, que es la masilla de su estilo. Y mutaré yo mismo”, dice. La cepa de la palabra: esa evolución emocionante es la que viene a continuación».

Carlos Manuel Álvarez

 

«Durante la crisis del socialismo tardío, Jorge Ferrer siempre supo leer aquella experiencia colectiva como una catástrofe individual. En medio de la crisis del capitalismo tardío, estas crónicas de la pandemia siguen el camino contrario y transforman la reclusión solitaria del confinamiento en un asunto colectivo».

Iván de la Nuez

 

«El gran logro del libro de Ferrer no consiste en haber convertido la reclusión en algo colectivo sino en lo contrario, en haber convertido el confinamiento en una apoteosis individual; la obsesión de nuestra época por lo colectivo es una de las pestes de nuestra época. Pero. Lo único que brilla y perdura es la luz del individuo la feroz determinación de ser solo, y esa luz y esa determinación es lo que convierten el libro de Ferrer en un libro único, en un tenaz fervor».

Juan Abreu en Emanaciones

 

«En sus adictivas crónicas Días de coronavirus (Hypermedia), escribe sobre él y detalla el tiempo en que estuvo confinado en una media habitación, en la Liteini Prospekt de Leningrado. También cuenta el correo que recibe en plena pandemia de una periodista neoyorquina que fue amiga de Brodsky y charlaba con él en su planta baja de Morton Street. Y una vez narrada la epifanía, añade: “El virus te da y el virus te quita”».

Joana Bonet en La Vanguardia

 

«En este páramo de obviedades se agradece el libro de Jorge Ferrer. En primer lugar, porque está muy bien escrito. Y en segundo lugar, porque el punto de vista no puede ser más trascendente y sugerente. Por un lado, el bueno de Jorge es un hipocondríaco total: le da miedo contagiarse hasta de su sombra o hasta de su perro Bruno cuando lo saca a pasear. Por otro lado, en tanto que anticastrista y antitotalitario de toda la vida, no deja de ser sensible a las ominosas consecuencias de esta expansión de los poderes claustrofóbicos del Estado y de las catástrofes individuales y colectivas por llegar, lo cual llena sus diarios de una tensión premonitoria».

Anna Grau en “Buenos días, Madrid” en Onda Madrid

 

«Esta bitácora de Jorge Ferrer es así de traviesa, estimulante, controversial y provocadora. Presupone, eso sí, lectores con cerebro. Y con ganas de usarlo para sacarles el jugo a los libros y a la vida».

Ena Lucía Portela en Hypermedia Magazine

 

«El mundo ruso que hay detrás de este libro es maravilloso. (…) Estamos ante un libro de poderosa escritura».

Ricardo Cayuela

 

«Ferrer ha logrado zafar su discurso de esa masa que tiembla entre titulares y reza por una vacuna, para hacer de la tragedia un asunto íntimo, carnal, a veces morboso. No es raro, entonces, que en medio de un capítulo nos demos cuenta de que también somos Jorge, M., o su perro Bruno».

Grethel Delgado en Diario Las Américas

 

«A diferencia de otras compilaciones semejantes, Días de coronavirus resulta un volumen redondo».

Yaiza Santos en 14ymedio

 

«Días de coronavirus destila un lirismo sin subrayados, un humanismo enemistado con la grandilocuencia y una fascinación sin atenuantes por la inteligencia y la gran literatura. Un libro importante, uno de los destacados de 2020, un escritor electrizante que parece hablarte a ti solo con la calidez y la confianza de un amigo largamente extrañado».

Julio Valdeón en La Razón

 

«Jorge Ferrer nos conduce, con prosa afilada, por los bordes desfigurados de esta metástasis a la que asistimos y que padecemos todos, en esta doble condición de pacientes observados y observadores pacientes».

Adriana Normand en Hypermedia Magazine

 

«El recuento transita entre el humor y la ironía. Se puede imaginar al escritor ante la computadora, el ordenador diría él, desgranando el día, lo que queda por hacer, lo ya hecho. En ese recuento se trasluce lo que sabe, mucho de literatura rusa (está traduciendo fragmentos censurados a Vasili Grossman), lo que quiere; mucho de cocina española y cubana, el desasosiego y la cotidianidad que se vuelve más pesada por el tedio y la rutina».

Anitzel Díaz en La Jornada Semanal 

 

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Vigilia de artistas por el Movimiento San Isidro: Barcelona, New York, Miami…

- 28/11/20
Categoría: Arte, Cambios en Cuba, Democracia, Literatura, Oposición, Poscastrismo, Poscomunismo, Transición | Etiquetas: , , , , , , , ,
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Anoche desde Barcelona organizamos un encuentro con poetas, críticos, escritores y artistas cubanos en apoyo a los miembros del Movimiento San Isidro, cuyo desalojo, después de semanas de acoso, ha provocado una notable ola de indignación y movilización contra el régimen de La Habana.

Este fue nuestro encuentro, en el que leímos poemas y valoramos la situación, enviamos ánimo y nos solidarizamos, en un evento al que se sumaron desde Nueva York, Santiago de Chile, Miami, New Jersey, Los Ángeles, Madrid y Barcelona, Dean Luis Reyes y Wendy Guerra, Esther María Hernández y Néstor Díaz de Villegas, María Elena Blanco y Ernesto Hernández Busto, Ginés Górriz y Arsenio Rodríguez, Elina Vilá y Geandy Pavón, María Antonia Cabrera Arus, Leandro Feal y Camilo Venegas, Carolina Barrero y Alejandro Aguilar, Verónica Cervera y Pável Urquiza, Miguel Sirgado y yo mismo, Jorge Ferrer, entre otros.

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Svetlana Aleksiévich, Lukashenko y la revolución en Bielorrusia

- 15/10/20
Categoría: Actualidad, Democracia, Letra impresa, Poscomunismo, Rusia | Etiquetas: , , ,
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El artículo “Aleksiévich, la revolución y los fármacos” apareció en la versión digital de Letras Libres el 22/09/2020. El original puede consultarse aquí.

Aquí se reproduce para archivo.

 

 

 

Aleksiévich, la revolución y los fármacos

Por Jorge Ferrer

 

Hace unos días escribí a Svetlana Aleksiévich un mensaje de apoyo. Se lo escribí en Telegram, una aplicación de mensajería instantánea que comenzó a utilizar en los días de las protestas que sacuden Minsk desde el verano y, especialmente, tras las sospechas de fraude electoral en las elecciones del 9 de agosto pasado.

Aleksiévich, premio Nobel de literatura en 2015, es miembro del Comité de coordinación que busca, tal vez ya debamos decir «buscaba», trazar los cauces por los que emprender una transición en Bielorrusia, tras una eventual marcha de Aleksandr Lukashenko. A lo largo de esta última semana todos los miembros de ese Comité fueron expulsados del país o detenidos por medio de contundentes dispositivos policiales. A ella aún la protege su nombre, el nombre de pila de su fama, y los diplomáticos europeos en Minsk que acuden a su casa a hacerle compañía para prevenir que se la lleven por la fuerza. Pero quienes conocemos su talante liberal, su manifiesta incapacidad para bajar la cabeza y callar, somos conscientes de que el muro de su celebridad podrá dejar de protegerla el día en que el régimen de Minsk se vea perdido. O, más bien, la noche.

Por eso le escribí desde la tierra firme de mi mesa a las arenas movedizas en las que se encuentra ella, como hace uno en tales circunstancias: alabando el arrojo, pero aconsejando cautela. Acababa de ver a Lukashenko en un canal bielorruso, empuñando un fusil automático y acompañado de su hijo armado hasta los dientes. Las imágenes los mostraban sobrevolando en helicóptero el Palacio de la Independencia y caminando después frente a la mole de mármol blanco, con el aire de quienes van a una guerra concebida para ser emitida por televisión, un reality show bélico. Todo parecía impostado en ellas, salvo, por razones obvias, el helicóptero.

Fuera de Bielorrusia, ese país que llamamos con desdén y un punto de alivio “la última dictadura de Europa”, en esa secuencia muchos vieron al gigante que es Lukashenko (188 cm) como a una suerte de dictatorzuelo africano. Yo que crecí un poco más al este del Este que es Minsk, vi ahí enseguida un artefacto poscomunista. Con el ridículo que ello entraña, sí, pero también con su potencial destructivo.

Lukashenko, el hombre que gobierna Bielorrusia desde 1994, no es lo peor del poscomunismo, ni siquiera lo más letal (¡para eso está el novichok!), pero sí es hoy su cara más desfachatada. Y no parece que los bielorrusos quieran soportar más el régimen autoritario, corrupto y corruptor que les ha impuesto. Sobre todo, cuando llevan años viendo prosperar a las llamadas repúblicas del Báltico, tres países que han sabido sobrevivir a la experiencia soviética e integrarse plenamente en las instituciones y la política económica europeas.

Es siempre complejo situar el momento exacto en el que la gente se ha hartado de una dictadura. ¿Cuánto tiempo pasa desde el día en que reconocen vivir en una, hasta que se deciden a dejar de hacerlo, a intentarlo al menos? Digo de una dictadura de verdad. De las que controlan el edificio social de arriba abajo. Dictaduras técnicamente perfectas y sin aparente fecha de caducidad como la bielorrusa, porque carecen de ideología y se sostienen exclusivamente gracias a un ejercicio muy bien calculado de la fuerza y a un clientelismo que garantiza un relativo bienestar económico. ¿Cómo sacudirse de una dictadura así? ¿Qué está ocurriendo en Minsk? ¿Cómo llamarle a lo que vemos a diario en sus calles creciendo sin parar estas últimas semanas?

La respuesta a esa pregunta me la dio precisamente Svetlana Aleksiévich en su respuesta a mi mensaje: “Te agradezco tus palabras de aliento. Ahora sé que las revoluciones no son sólo hermosas, porque también son terribles”.

Una revolución.

En Bielorrusia lo saben. Lo saben en la calle y lo saben en Palacio. Y saben unos y otros que las revoluciones no siempre triunfan, que hay mucha montaña que acaba pariendo ratón. ¿Se acuerda alguien de aquel Juan Guaidó que parecía tener a Venezuela lista para democrático delivery? Ahí está la tiranía del momentum, del clímax, que es cosa de la física y la política. Y de la noche tras noche en la escaleta del programa de noticias y el día a día del tablero geopolítico, torre allí, peón allá, brava y después lánguida reina acullá.

Con todo, que en medio de la pandemia, en este año de la peste en el que AstraZeneca y su vacuna en ciernes cotizan más en el interés del público que cualquier otro evento, es un fenómeno extraordinario que un pequeño país postcomunista engastado como una joyita de pocos quilates en un rincón de Europa se esté abriendo hueco unas semanas en la fiesta de las noticias.

Resulta aún más interesante, en términos pedagógicos, porque Bielorrusia muestra un retrato cabal de un mundo que parecía distante, el mundo soviético. Es un tableau vivant, un diorama como de Museo de Historia Natural, pero de uno que se ocupe de la historia política. Pero es, a la vez, un ejemplo de revuelta popular sin populismo. Y esa frescura es la vitamina pura de una manera de ver la democracia, ¡y sobre todo anhelarla!, que brilla en tiempos de cancel culture, populismos de izquierda y derecha, nacionalismos xenófobos y desprecio por la democracia representativa.

No menos interesante resulta Bielorrusia en cuanto a su rol en los equilibrios del poder en Europa, donde Rusia no se ha privado en las últimas décadas de atizar el caos y la subversión. La cercanía de Bielorrusia a Rusia, geográfica y también, aunque de manera irregular, política, será un elemento clave en el saldo de las protestas, cualquiera que acabe siendo. Y la posibilidad de que el Kremlin deje caer a Lukashenko con el consiguiente establecimiento en Minsk de un gobierno proeuropeo parece muy remota. Putin, que nunca ha ocultado su disgusto por el saldo de las reformas de Gorbachov en los 80 del siglo pasado, no quiere un Lukashescu, como se le ha venido llamando a Lukashenko en alusión al final del dictador rumano, en una antigua provincia del imperio.

Es curioso que fuera precisamente en Bielorrusia donde se consagró la disolución de la URSS. Ese acto que Vladimir Putin ha llamado “la mayor catástrofe geopolítica del siglo” tuvo lugar en un pabellón de caza ubicado en los confines del antiguo imperio soviético, a escasos kilómetros de la frontera con Polonia y en medio de un bosque milenario, Bélaya Vezha o Bialowieza, habitado por urogallos y los últimos bisontes europeos. Allí, bajo la coqueta linterna que remata un pabellón de caza, el 8 de diciembre de 1991 se consumó la implosión del sistema político soviético. La Revolución rusa, una de las grandes revoluciones del s. XX, acabó formalmente en Bielorrusia. ¿Querrá la historia, el futuro relato de la historia, que Rusia le responda ahora con simétrica cancelación, aún antes de que la revolución bielorrusa triunfe?

Hace unos días, Vladimir Putin recibió a Aleksandr Lukashenko en Sochi. Le ha dado dinero, mucho dinero, y le ha dado vacunas contra la peste que asola el mundo. Es difícil imaginar dos palancas contrarrevolucionarias más eficaces en el paisaje de la pandemia y la crisis económica que esta trae a Bielorrusia, como a buena parte del planeta.

Un fármaco y otro fármaco.

Habrá que ver si los bielorrusos están vacunados contra la simetría y el destino.




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