Y no fue Washington quien se encargó de responder a ese zombi enfermo de fin-del-mundismo…
Lo hizo Hollywood. Hace rato: tenía lista la réplica.
«Do you like Castro?», pregunta Hope Holiday ―claramente elegida para el papel por las prometedoras resonancias de su nombre.
Y unos instantes más tarde ella misma da la clave a punto de tomar el camino del apartamento: La Habana es una ciudad de hombres cautivos y «Caballo» dopado…
¡Si es que lo que no nos haya dicho ya Billy Wilder, ¿quién nos lo va a descubrir?!
Los de Google, en su afán de digitalizar todo lo que conoció la imprenta antes de que nos diera por leer sobre pantallas, han contabilizado cuántos libros hay en el mundo: 129.864.880 (hasta el domingo pasado).
Son un montón de libros. Y todos estarán pronto disponibles ante cualquiera que tenga conexión a Internet. ¡Estupendo!
El problema, sin embargo, es cómo conseguir que los humanos lean el escaso puñado de libros que urge leer incluso a quien no suele practicar el ejercicio de la lectura.
Son pocos esos libros. Caben en un metro de la balda intermedia de una librería standard de IKEA. Y en menos. Acaso se trate de medio metro de lectura que harían de todo «hombre medio» alguien mejor, alguien más humano en el sentido ―para decirlo rápido― en que la imaginación mejora a los hombres y los hace más felices. Aunque sea imaginación ajena que espolee la propia.
Son pocos, de veras. Digamos, una veintena de libros que compartir entre todos y una docena más que sirva a lectores en tanto sujetos de una lengua o una cultura concretas.
Estupendo, ¡sí!, que Google digitalice esos 129.864.880.
Pero, oigan, el problema es qué hacer ―qué hacen los poderes públicos, los poderes fácticos y la madre que nos parió― para que todo bípedo dotado de raciocinio que se pasea por este planeta lea siquiera alguna vez todo lo que escribió aquel otro «hombre común» que respondía por William Shakespeare.
A esa pregunta, por desgracia, no dan respuesta ni los mentados ni los eficaces algoritmos de Google, Inc.
La visita de Michelle Obama a España está animando algo la siempre sosa televisión estival.
El tema me interesa poco, por no decir nada, pero naturalmente me cuesta sustraerme a algunas perlas salidas de sus bocas. No de la de Michelle, que hasta ahora es muda como los peces.
Hoy visitó el Sacromonte en Granada. Un sitio al que llevar turistas para que vean el peor flamenco que se enseña en este mundo después del que se ve en Barcelona ―monumento, el espectáculo que no la ciudad, a la vulgaridad. Supongo, claro, que para la First Lady ―que vaya usted a saber cómo se pronuncia eso en andaluz― se habrán esforzado. (Guardo, por cierto, un buen recuerdo de hace unos diez años allí en el Sacromonte, cuando acudí a llevar a no recuerdo quién y me quedé en la puerta hablando con los gitanos que vendían hachís a los turistas: me liaron un porro de veras memorable aquellos tipos con más gracia que la divina.)
Pero a las perlas, con gracia… Hoy una de las gitanas que entretuvieron a Michelle Obama ha dejado testimonio de divertida confusión con el apellido presidencial.
Véase:
Mojama por Obama, pues. Para quien viva fuera de España y desconozca la palabra, mojama es la cecina, o carne seca, de atún. Tan seca que hay una locución popular que la evoca: «estar más tieso que la mojama», cuyo significado es estar sin blanca, sin dinero. Sin un quilo, que dirían en Cuba.
Visto el ostentoso despliegue de las vacaciones de la señora de Obama en su breve paso por España, no parece ser el caso de la primera familia de América ni de la España que se gasta millones en la seguridad de la señora, hija y amigos. Norteamericanos y españoles, ¿cómo no?, continuaremos pagando impuestos con celo para evitar que la jugosa ventresca vacacional de nuestros próceres se les convierta alguna vez en mojama.
Lo haremos por gusto o por obligación o por bulerías. Pero lo haremos.
De contra:
Ah, oye, y la historia esa de los 800 millones que valdría la visita si los pagáramos en publicidad… No digo que sí ni que no, pero trabájese más con la calculadora como hizo Malaprensa.