Últimas noticias del Caribe

- 05/08/10
Categoría: Agua corriente, Excepcionalidad, Transición
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El rapero Wyclef Jean confirma que presentará su candidatura a la presidencia de Haití. Criado en Brooklyn, Nueva York, Jean confía en poder enderezar un país al que la suerte le viene siendo esquiva desde aquel lejano día en que decidieron colocarse a la cabeza del mundo libre aboliendo la esclavitud. Fue hace tanto como en 1791.

En medio de una crisis que se come a Grecia, Islandia o España, la República Dominicana, país que comparte isla con Haití, muestra unos datos económicos despampanantes. Tanto como que de 2004 a la fecha ha conseguido duplicar el valor de su economía. Preside ese país Leonel Fernández, eficaz dominicano criado en Nueva York.

Entretanto, en isla contigua, la isla de Cuba, los representantes del pueblo se aprestan a reunirse este sábado con un dictador desmomificado que les hablará del inminente fin del mundo.

Va y tienen razón los cubanos: si el mundo se va a acabar, ¿qué puede importarles que los países de su área geográfica conozcan alternativas políticas o hagan crecer sus economías a ritmo trepidante?

Cuba y los cubanos, una vez más, reivindican que no por gusto uno de sus hijos, Paul Lafargue, escribió el delicioso opúsculo El derecho a la pereza.

¿A qué perder el tiempo del que tan poco nos queda según Castro I en empeños tan áridos como la política o la economía? Ocúpense haitianos y dominicanos de tales naderías.

En Cuba, ese país de entes superiores que tantas veces desprecian a haitianos y dominicanos por sentirse superiores y elegidos (¿para qué?), trabájese lo menos que se pueda en lo que queda de semana, atiéndase al apocalíptico discurso en mañana de sábado y después, y con perdón: ¡a singar, que el mundo se va a acabar!

También en el llamado «Mediterráneo de las Américas» cada isla tiene ―si es que no el destino― sí el presente que merece.

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La muerte del secretario general

- 04/08/10
Categoría: Estío, Memoria, Transición
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Hace exactamente un año padecí uno de esos dramas domésticos que se van tornando habituales en estas sociedades de la soledad. El mal olor que me llegaba de una ventana cercana, el revuelo de moscas, la llamada a la policía y el hallazgo del cadáver de mi vecino.

Fue el mismo olor que le encontré a mi café con leche esta mañana leyendo las parece que últimas entregas de las “reflexiones” del Blogger-en-Jefe sobre ese plattismo que a cada rato sacan a pasear en la Habana. Nada hay proustiano en el asunto. Simplemente, el Granma, también el digital, me huele a muerto.

De otra muerte, la de Yuri Andrópov, tengo el nítido recuerdo de ver entrar a la directora en medio de una clase y pedir que todos nos pusiéramos en pie. Era en el Colegio Nº 199 de Moscú, donde yo cursaba noveno, el equivalente al grado undécimo del sistema de educación entonces y ahora vigente en Cuba. Colegio, por cierto, especializado en biología, y a cuyo magnífico terrarium yo había aportado aquel mismo año unas cuantas piezas de fauna antillana: cuatro cucarachas ( periplaneta americana), un chipojo hermosísimo ( Anolis equestris), una araña «pelúa» (creo recordar que fue una Phormictopus cubensis) y dos lagartijas de las que una perdió la cola mientras la manipulaba en Berlín oriental, camino de Moscú.

Andrópov murió un jueves, así que es muy probable que la irrupción de la funcionaria se produjera en la mañana del viernes, aunque no puedo asegurarlo. Sin tiempo para verificarlo ahora, creo plausible que lo fuera y que los jerarcas del régimen soviético no quisieran repetir con el segundo fiambre doblado sobre el buró (político) en tan pocos años las dilaciones a las que sometieron el anuncio de la muerte de su predecesor, aquel repugnante, por imbécil, por asesino y por cejudo, Leonid Brezhnev.

«Niños», dijo la directora, obesa, corrupta (¡ay si me consta!) y con erecto moño a là Valentina Tereshkova, «el camarada Yuri Vladímirovich Andrópov, secretario general del PCUS, ha muerto».

La noticia no produjo la menor conmoción en mis condiscípulos, salvo en dos de ellos: Alexei O. y yo mismo. Para nosotros, la muerte de Andrópov aquel preciso día de febrero amenazaba con hacer fracasar planes forjados con esmero.

Aquel día, fuera el referido viernes o el lunes siguiente, Alexei O. y yo teníamos pendiente cerrar un negocio que nos reportaba a uno cien y a otro cincuenta rublos. La parte del león, para mí. Mi madre había decidido desprenderse de una pelliza comprada en una tienda para extranjeros y aceptó que yo me ocupara de la transacción. Puso precio, yo subí cien y ofrecí a Alexei, hábil conocedor del mercado negro moscovita, buscar comprador subiendo él lo que quisiera y pudiera. Sus cincuenta. Seiscientos rublos en total. Más del triple de lo que ganaba al mes el abofado heraldo con rango de directora.

Suspendidas las clases, pasamos el resto de la jornada recluidos en el aula y acompañados por un responsable del KOMSOMOL que se ofreció para responder a las preguntas que le quisiéramos hacer. De hacerlas nos ocupamos los únicos alumnos extranjeros presentes. Un colombiano que era hijo del representante en Moscú de la marca de plátanos «Chiquita» y el « kubiniets», o sea, el cubano. La que mereció respuesta más larga la formuló mi condiscípulo colombiano: ¿por qué la gente se marcha de los países socialistas a los capitalistas y no sucede a la inversa?

Abrevio: salidos del colegio, pasamos por mi casa en el número 11 de la calle de Iván Babushkin, y recogimos la pelliza. Alexei llamó a la compradora, una actriz con quien acabé trabando amistad más adelante. «No podrán llegar hasta aquí», avisó. «Están cerrados todos los accesos al centro de la ciudad». Y, en efecto, el impresionante despliegue policial y militar cerraba un vasto perímetro que incluía la céntrica casa donde nos esperaban los seiscientos rublos. Alexei me consultó. «Dile que estaremos allí en un par de horas», alardeé.

En realidad, fueron más de cuatro. Horas en las que dos jóvenes de dieciséis años lucharon por romper el cerco impuesto tras la muerte de un secretario general con el sólo propósito de ganar unos rublos que nos hicieran más libres.

En decenas de ocasiones, adustos policías o reclutas que apenas nos superaban en uno o dos años de edad nos obligaron a retroceder. Las direcciones que constaban en nuestros carnés de identidad no correspondían al área encerrada del perímetro de seguridad. No podíamos pasar. Cada vez que me tropiezo desde entonces con alusión a los viejos patios moscovitas en alguna novela rusa, recuerdo aquel afanoso deambular por cientos de ellos. Saltando muros, entrando a edificios en busca de puertas traseras, atisbando a guardias armados con fusiles de asalto en busca del momento en que escurrirnos, ganar una esquina, cruzar un callejón, simular conversación ligera bajo una marquesina de la calle Kuznetski Most.

Y lo conseguimos. No hubo retén, ni duelo nacional que nos impidiera realizar la lucrativa transacción. Y no recuerdo que tuviéramos miedo, más allá de la excitación que nos provocaba vernos implicados en un abierto acto de desacato. Para nosotros, dos adolescentes criados en el socialismo real, el sistema comunista no era más que un estorbo sorteable.

Mutatis mutandis, en la Cuba donde agoniza Castro hay cientos de miles de personas que conciben el castrismo en términos parejos. Basta hablar con jóvenes venidos de Cuba, especialmente los menores de veinte años para palpar una desideologización absoluta y un trasiego con el castrismo parejo al que nos animó a nosotros a «luchar» aquellos rublos.

Velarán y enterrarán al dictador, continuarán la elites isleñas elaborando sofisticados discursos –véanse los últimos intentos de reconstruir una tradición nacional que sume segmentos republicanos (Mañach, Chibás), asunto al que volveré.

Pero la gran batalla, aquella que se dirime en el plano individual, está perdida para siempre, trátese de procurarse rublos, euros o CUC.

Este post apareció publicado en ETDLV el 17/08/2007. Reaparece ahora con motivo del cambio de ritmo estival.

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¡Esos viejos besos comunistas!

- 03/08/10
Categoría: e-cuba, Memoria, Poscomunismo
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Esta magnífica fotografía que trae hoy Iconic Photos.

Bah, ¡y después hay quien dice que los comunistas no son mimosos! Cuando en esa instantánea que captó Regis Bossú en 1979 se ve tanta fugaz pasión como en aquella celebérrima de Robert Doisneau.

Bah bis, ¡y todavía hay quien le llama «Guerra fría» a aquella época de besos ardientes con dulzón olor a vodka! ¡Mua!

«Dictablanda» decía Augusto Pinochet de su régimen. «Estamos solos pero en la cúspide», proclamó Castro I cuando dejaron de besarse los comunistas esteeuropeos.

Si es que, por no saber, no atinamos ni con las definiciones.

De contra:

La encuesta que propuse para sondear las ideas de algunos lectores acerca del curso a seguir durante agosto arrojó resultados previsibles.

No me complacen, porque voté por opción que apenas interesó a cuatro lectores además de a mí. A saber la que proponía traer aquí posts antiguos. Creí, y creo, que esa es la óptima, pues muchos lectores desconocen posts escritos en 2007 0 2008.

Haré de todo un poco, pues.

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