Jorge Ferrer - 26/07/13
Categoría: Agua corriente, Libros, Literatura, Rusia
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El Servicio Federal de Seguridad (FSB, por sus siglas en ruso; antes por este orden: KGB, NKVD y GPU) ha devuelto hoy el manuscrito de Vida y destino a los herederos de Vasili Grossman.
Un mediodía del mes de febrero de 1961, Grossman recibió en su apartamento de la calle Begovaya, en Moscú, la visita de dos oficiales del KGB, que venían acompañados de sendos testigos. Antes había enviado copias del manuscrito de su novela mayor, Vida y destino, a las revistas Oktiabr y Novi mir. Ambas redacciones rehusaron publicarla y alguien avisó “a quien correspondía” de la existencia de ese manuscrito.
En tiempos de Jruschov, como Grossman anotaría más tarde con triste sarcasmo, no encerraban a los escritores: secuestraban sus libros. Tras incautarse de todos los manuscritos e incluso de las notas que sirvieron para escribir Vida y destino, los adustos agentes llevaron a Grossman por cada una de las redacciones de las revistas para retirar las otras copias. También se llevaron los manuscritos que guardaba en su despacho y en la casa de un primo suyo.
La novela debía desaparecer. Un alto funcionario le dijo que tardaría 250 años en publicarse. Grossman le escribiría a Jruschov un año después que esa no era manera de luchar contra la mentira de la que acusaban a su novela, sino de enfrentar, y ocultar, la verdad.
Años más tarde, el manuscrito que guardaba su amigo el poeta Serguei Lípkin fue sacado al extranjero. A ello ayudaron los disidentes Vladimir Voinovich, Elena Bonner y Andrei Sájarov. La primera versión en ruso apareció en la extraordinaria editorial L’Age d’homme, en Suiza, y un año más tarde fue publicada la versión en francés en coedición con Julliard.
El resto es materia conocida. Un clásico de la literatura del siglo XX que no ha hecho más que crecer. En España, y entre los lectores en español, la espléndida traducción de Marta Rebón para Galaxia Gutenberg ganó centenares de miles de lectores hace pocos años.
Hoy, más de medio siglo después del secuestro, la policía política rusa ha devuelto lo que robó a Grossman y nos robó a todos.
Tardísimo. ¡Tardísimo! Pero da igual. A Grossman le hubiera gustado saber que mucho antes de que se produjera esta devolución simbólica, su nombre, su libro mayor, eran ya una referencia literaria capital sobre el destino de los hombres y sus vidas terribles, azarosas y complejas.
Otras entradas sobre Vasili Grossman en El Tono de la Voz: 1) a propósito de la aparición de El libro negro en mi traducción; 2) Otras
(En el enlace se pueden ver algunas páginas del manuscrito.)
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Jorge Ferrer - 24/07/13
Categoría: Urbanas
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Hoy me tomé un café en el bar L’Escorial, en la calle del mismo nombre, al noreste del barrio de Gràcia, Barcelona, y fui muy bien atendido por sus nuevos dueños chinos. Son, todo sea dicho, mucho más simpáticos que los chinos que se hicieron antes con el bar Calderón, cruzando Pi i Margall, justo al lado de una frutería y al frente de una zapatería igualmente regentadas por chinos. Todo en un perímetro que no rebasa los trescientos metros tomando a mi casa como epicentro. El mismo perímetro donde cabe lo que sigue. Todo en un período de tiempo cuyos meses se contarían con los dedos de mis manos.
Después crucé la calle Escorial y compré una planta, mustia pero barata, tres euritos, y salvable, que uno se aplica con la flora, en la tienda que llevan dos chinas graciosas al lado de la simpar La Bellota, donde todavía venden jamones espléndidos y unas morcillas llegadas de Burgos que no tienen igual en Barcelona, por calidad, por precio y por la bilingüe gracia de las vendedoras. Ojalá les dure.
Donde compré la planta antes había un negocio de electrodomésticos que quebró. Se anunciaba con BOSCH, que sería onomatopeya de su fracaso.
Antes de subir a casa, en la misma Escorial y a sesenta metros de esta segunda tienda y a setenta del bar de marras, ya en la esquina con Sant Lluis, entré al supermercado que han abierto unos chinos enjutos y silenciosos, y compré una cajita de cerezas a buen precio. 谢谢, nenes.
De haber querido que me cortaran el pelo, podría haber traspasado la puerta del negocio que hay al lado, una peluquería llevada por media docena de chinas pizpiretas y muy maquilladas, y allí mismo me podrían haber hecho un masaje (los anuncian a €25 la hora) y con toda certeza (que no cereza) también una buena paja, no sé si incluida en la tarifa. Lo preguntaré, que las tardes lo cogen a uno muy estresado a veces.
Pero no entré a la peluquería porque no necesito corte de pelo y me dan escrúpulos los servicios adicionales que le adivino a esa cueva guardada por muchachas de piernas muy curvas y uñas muy largas. Bueno, no me dan escrúpulos los servicios en sí ni ese doble muy: ¡es que no me fío de los guantes de látex fabricados en la China popular!
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Jorge Ferrer - 17/07/13
Categoría: Agua corriente
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No sé si lo he contado antes aquí. Lo traigo a propósito de ese barco norcoreano cargado con viejos aviones y coheticos soviéticos llevados desde La Habana a Pyongyang e interceptados hoy en el Canal de Panamá.
Es noticia que veo circular. Y es noticia mayúscula, aunque todavía a estas horas no se sepa muy bien qué hacer con ella.
Mi historia la roza muy tangencialmente.
Fue en 1992 o tal vez 1993. En uno de esos cuatro años que viví en Cuba entre mis ocho en Rusia y el día en que me largué, que fue uno de junio y 1994. Conducía yo una tarde el coche de mi padre y me embistió por detrás otro con matrícula diplomática. Golpe recio. ¡PUM! Y mis cervicales sufrieron su ay.
Me apeo, rodeo el carro y detrás un coche de la Embajada de Corea del Norte. El cabrón con su sello de Kim Il Sung en la solapa y los ojos y la moral igualmente rasgadas: borracho como un perro el hijoputa.
Soy un tipo moderado, ¡no se ría nadie!, y cuando vi al del embiste y su borrachera lo saludé en coreano. Pocos años antes había pasado cinco semanas en Pyongyang y recordaba lo que se me olvida ahora. El cómo se le dice hola a uno allá.
No le dije que pondría denuncia, porque de nada me habría servido. Pero sí le dije: «Estás borracho, comemierda». Y que me debía el arreglo y que me lo tenía que pagar. Me dio su tarjeta y concertamos cita para el día siguiente.
No recuerdo qué cargo ocupaba el tipo en la Embajada de Corea del Norte, pero sí la casona en Kohly. No era cargo baladí, a juzgar por el casón. Entré, criada mulata, cincuentona, y su qué desea el señor, yo que güisquisito, que siempre me he cuidado como gallo fino, y el tipo, ya sobrio, que qué pena, que cómo lo arreglamos, que quede entre nosotros, camarada, y que busque usted el taller y yo le pago la chapistería –que sabe ahora Dios, Kim, cómo me explicó eso el puto coreano. El güisqui es una metáfora y una eficaz herramienta de traducción, ya se sabe.
No recuerdo por qué bajamos al garaje. Nenas, nenes: ¡en ese garaje había más pacotilla que en la cueva de Alí Babá!
Y había el maná que necesitaba el carro de papá tanto como yo meterme un buen plato de cadne’e’puelco en aquellos años de hambre: una hilera de neumáticos nuevecitos, ¿treinta?, ¿cuarenta?
«Dame cuatro gomas (así le llamamos los cubanos a los neumáticos) y me olvido de esto ahora mismo», le dije. Vale anotar que el tipo me creía alguien importante: 23-24 años y con coche en la Cuba castrista de entonces, había estado en Corea del Norte, discernía en aquella Cuba entre marcas de güisqui y sabía elegir la mejor sin titubear.
A la mañana siguiente, una furgoneta dejó en mi casa cuatro neumáticos nuevos y dos botellas de Chivas Regal, por cortesía de la Embajada de Corea del Norte.
Fin.
Y no, no sé ahora cómo cerrar este post que busca reunir aquella vieja historia y la del tráfico de coheticos cubanos a Corea del Norte vía Panamá.
Pero en ambas, no lo duden, hubo güisquisito y componenda amistosa y un saldemos cuentas, camarada.
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