Un buen lío (a partir de un libro de Arcadi Espada)

- 13/03/18
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Esta reseña de Un buen tío. Cómo el populismo y la posverdad liquidan a los hombres (Ariel, 2018), de Arcadi Espada, apareció publicada primero en Hypermedia Magazine, el 9/03/2018

 

Un buen lío

Por Jorge Ferrer

 

Un día del verano de 1989, el año en que acabaron la mitad de las cosas y se comenzaron a desparramar casi todas las demás, M. y yo bajamos de un desvencijado autobús a las puertas del monasterio de Rila, al sur de Sofía, Bulgaria (42°07’60.00″ N 23°20’15.00″ E, por su asiento en el GPS que no se gastaba entonces, en la Europa ufana de haber escapado de otra guerra). Estudiaba yo periodismo al otro lado del Telón de Acero, en las faldas del Kremlin, y parecía natural que me preguntara por la verdad en el mundo cuyo periódico #1 llevaba la palabra Правда, “verdad”, en la cabecera.

Plantarnos ante la iglesia del monasterio, cuyos muros exteriores están cubiertos de frescos que Jacobo de la Vorágine habría saludado tanto como lo acababa de hacer entonces la UNESCO, fue una experiencia tremenda. Una suerte de fugaz Stendhal epistemológico, diría. En metros y metros de pared, con ejemplar ostentación, se exponían vidas de santos, historias del Nuevo Testamento, relatos bíblicos. Ya se sabe de la condición pedagógica de los retablos, donde en un puñado de imágenes encaramadas se educaba a una grey analfabeta en las verdades de la fe. En su relato, al menos. Su puntilloso relato, libro a libro, versículo a versículo, epístola a epístola. Las vidas de Santos en imágenes, en viñetas. Un cómic lleno de fake news, de la originaria en adelante.

Cuando tuve en mis manos el último libro de Arcadi Espada, Un buen tío. Cómo el populismo y la posverdad liquidan a los hombres (Ariel, 2018), me vino a la mente como un fogonazo la imagen de los muros del Monasterio de Rila, dechado de propedéutica y pedagogía.

Un buen tío es la historia de un asesinato, cuya víctima aún respira. El forense es Espada, un perito forense que cumple con la rutina notarial del oficio: una a una va listando las erupciones y las huellas de la patología, hasta que el diagnóstico, como aquellos del Dr. House, es tan demoledor para el paciente, como deslumbrante y pedagógico para el médico practicante: el periodismo, aporreado en el teclado populista, es un arma muy peligrosa en manos de niños que entregados al capricho de sus sesgos pueden liquidar a los hombres. ¡Y sin rendir cuentas por ello! ¡Sin pagar! Se paga la sangre del asesinato, pero la tinta del “character assassination” sale gratis. Se paga la puñalada y el disparo a bocajarro. Las portadas, no. Nadie viene a cobrarte por ellas.

A lo largo de tres años, el diario El País, que no es solo —para decirlo con la misma cursilería con que se llama a Iberia “aerolínea de bandera”— el “diario de referencia” de España, sino, muy probablemente, el diario más influyente hecho en lengua española, publicó 169, ¡ciento sesenta y nueve!, portadas que incluían el nombre de Francisco Camps, a la sazón presidente de la Generalitat valenciana, el gobierno de una de las diecisiete comunidades autónomas que conforman el Estado español. A Camps, que acabó dimitiendo por la presión mediática traducida en presión política y judicial, o viceversa, se le acusaba de haber aceptado cuatro trajes de una trama de empresas a las que presuntamente favorecía con contratos públicos de diversa índole. Ciento sesenta y nueve portadas en tres años por cuatro trajes, una desproporción que debería haber escandalizado a todos y más a los periodistas de otros medios que asistían a la cacería haciendo las veces de ojeadores.

Alguien diría que qué venturoso país —El País—, donde los periódicos pueden tratar con tamaño énfasis una noticia de esa índole con tal asiduidad, qué feliz país donde nada ocurre y qué mundo más venturoso el de la geografía que habita, donde cuatro trajes comprados en una tienda del montón dan para 169 portadas. La realidad, la historia, si prefieren, disipa esa ilusión. Y Espada, puntilloso notario, se ocupa de anotarlo. Los tres años en los que se produjo esa cacería ardua, grotesca ¡y sobre todo estéril!, fueron los de la peor crisis económica que conoció España después de superados los primeros años de la posguerra, años en los que, apenas un dato, el índice de desempleo se encaramó por encima del 25% de la población activa.

De las 169 portadas, Espada selecciona 120, las incrusta en el libro y las acompaña de un doble comentario, uno que sigue la materia de la que se fabrican los hechos, esos animalitos más verticales que casi todos los hombres —“Como las ficciones, las mentiras suelen estar basadas en hechos reales”, escribe—, y otra, donde hace suyas las voces con las que comentó el caso (¡el proceso!) a lo largo de los cuatro años que trabajó sobre el libro.

El periodismo “es una verdad en marcha”, que corre siempre el riesgo de convertirse en “una mentira en marcha”. Encima, en tanto empresa, se enfrenta a retos enormes, entre los que la democratización del acceso a la información no sujeta al fact-checking y la proliferación de fake news multiplicadas por redes de una penetración inmensa, genuinamente masiva, son solo dos. Dos en uno.

El periodismo, como un soldado que recorre el campo de batalla con el bofe fuera, sabe que muere, pero quiere morir matando. Muere cierto periodismo, cabe decir. Como cabe separar al soldado torpón o henchido que se entrega a la muerte sordo, ciego, henchido de rabia o inflamado de orgullo, mientras otros le pasan al lado, más listos, más cautos, afinando mejor la puntería. “El policía, el juez y el periodista pueden y deben trabajar, como el tenista, con independencia de sus convicciones”, escribe Espada.

Creo que fue Juan Abreu quien me dijo que había leído Un buen tío como si fuera un thriller. Una apreciación muy atinada, porque uno va avanzando por lo que parece la perfecta urdimbre de un crimen, la afanosa conspiración contra un hombre. Pero Espada, hombre de un optimismo intelectual a prueba de trajes, piensa, a despecho también de Francisco Camps, que en esta historia por no haber nobleza alguna ni siquiera hay la de la literatura de espías, y que todo se debe, más bien, a la pereza, a la insobornable pereza, aliada con la mala fe, de quienes parecen rendidos a su incompetencia, a la acidia que denunció Mark Thompson en Enough Said.

Un buen tío es un libro sobre “los procedimientos del periodismo”. En una carta que Espada escribió a Javier Moreno, director de El País durante los años de la partida de caza para cobrarse a Camps, que no los trajes, le explica: “mi análisis del caso va más allá de la peripecia concreta del político y el periódico y trata de catalogar los mecanismos retóricos mediante los que el periodismo, aliado con el populismo y una suerte de posverdad before de Webster, destruye a los hombres”. En cierto modo, es también un libro sobre los últimos días del periodismo.

No entraré en los detalles —el juez, el fiscal, el sastre, los trajes, los figurantes, los figurones y los figurines, uno con bigotes, otro con apellido elevado a Gürtel— que los libros se leen y para eso hay que sentarse tras haberlos comprado. Pero sí les recuerdo el final, porque es público y notorio, aunque no todos lo conozcan, porque nadie ha querido dedicarle sus 169 correlativas portadas: Francisco Camps fue absuelto por un jurado popular en sentencia ratificada más adelante por el Tribunal Supremo. De manera que entre la primera y la última portada no hay más que la historia de la infructuosa construcción de una mentira.

Deberás contar con esa verdad incontrovertible cuando avances por las etapas de esta cacería. Yo empecé, al abrirlo, comparándolo con un retablo, aquellos frescos de Rila. Con un Libro de horas, incluso, porque hay su mística, hay un Dios, hay idolillos. ¡Y hay diablillos y muchas diabluras! Y no fue hasta el final que descubrí que hay una alegoría aún más precisa para esta construcción del periodista Espada.

¿Recuerda alguien ahí los folioscopios? ¡Ah, cuánto gozábamos con ellos de niños, con esos librillos hechos de viñetas con dibujos sucesivos que semejaban una película de imágenes en movimiento cuando se pasaban las páginas deprisa! Un buen tío, con sus 120 portadas como viñetas, es un curioso folioscopio de cinéma vérité: la exposición, viñeta a viñeta, de un film, ¡un film de terror!, donde el periodismo traicionó su tarea primigenia, que es acarrear la verdad a la mesa donde tomamos el café de la mañana o la pantalla donde buscamos el color que tiene el Pantone del mundo cada tarde. Un periodismo que se ha metido en un buen lío del que Un buen tío lo advierte con precisión, ay, fenomenal.

 

El libro Un buen tío. Cómo el populismo y la posverdad liquidan a los hombres (Ariel, 2018) está disponible en librerías desde el 6 de marzo tanto en copia impresa como en formato para lectura digital

Amazon.es Amazon.com Casa del Libro La Central

 

De contra:

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La palabra arrestada: literatura y terror en los archivos del KGB

- 07/03/18
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Cuando el régimen soviético comenzó a resquebrajarse en la segunda mitad de los años ochenta, el poeta Vitali Shentalinski tuvo una idea que le dio un vuelco a nuestro conocimiento de la represión a los intelectuales desde 1917 en adelante. Shentalinski consiguió que el KGB le abriera una rendija a sus archivos para examinar los expedientes de los escritores perseguidos, vigilados, detenidos y asesinados. Y publicar los inéditos secuestrados, además de hacer público el tormento. No fue tarea fácil, naturalmente, pero los aires de renovación traídos por la Glasnost lo hicieron posible.

Shentalinski recogió ese trabajo en tres volúmenes —Esclavos de la libertad. Los archivos literarios del KGB; Denuncia contra Sócrates. Nuevos descubrimientos en los archivos literarios del KGB; y Crimen sin castigo. Últimos descubrimientos en los archivos literarios del KGB— que fueron publicados en los años noventa y los dos mil, traducidos al español por Ricard Altés y Marta Rebón para la editorial Galaxia Gutenberg. Juntos suman algo menos de 1.800 páginas de un valiosísimo trabajo de archivo. Un legado mayúsculo.

Más de una década después de aparecido el último de esos tres volúmenes, Shentalinski, conjuntamente con Galaxia Gutenberg, ha pensado que era deseable acercar a un mayor número de lectores una versión depurada y enriquecida con nuevos hallazgos en los archivos y un cuidadoso trabajo con las notas, de sus tres libros sobre la vida y la muerte de los escritores soviéticos bajo la represión.

El resultado de esa iniciativa es La palabra arrestada, cuya edición ha sido realizada a mi cuidado y a la que, además, me he sumado como traductor de los textos nuevos.

Ocho son los autores en los que se centra este único volumen: Isaak Bábel, Ósip Mandelstam, Mijaíl Bulgákov, Marina Tsvietáieva, Andréi Platónov, Anna Ajmátova, Maksim Gorki y Borís Pasternak. Ocho historias de hombres y mujeres sin par a los que la maquinaria estalinista aniquiló.

No encontrarás otro libro donde, desde el apego estricto a los documentos arrancados a los represores, los perseguidores, los torturadores, resplandezcan con mayor brillo el talento y la humanidad de ocho escritores extraordinarios, todos ellos entre los más grandes que la literatura rusa ofreció al mundo en el s. XX.

No deberías pasar este libro por alto, créeme. No puedes hacerlo.

 

Vitali Shentalinski, La palabra arrestada, edición al cuidado de Jorge Ferrer, traducido por Ricard Altés Molina, Marta Rebón y Jorge Ferrer (Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2018, 555 pp.) ha salido a la venta hoy en todas las plataformas online y librerías.

Amazon, La Central, Casa del Libro, Laie

 

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La revolución ilustrada de Connie en Linden Lane Magazine

- 16/12/17
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Publica Linden Lane Magazine (Vol. 36, Nº. 4, Invierno/Winter 2017) mi reseña del libro magnífico de Anna Veltfort, Connie, Adiós mi Habana.

Dice esto, entre otras cosas:

“¡Y con qué bendita oportunidad nos llega (este libro)! Ya se nos estaba olvidando la Revolución cubana y Anna Veltfort nos la ha devuelto ahora para recordarnos en su realidad desnuda que sus años buenos fueron, por el afán con que en ellos se incubó el mal y la desidia con que el país asistió a ello, en verdad, sus años peores. Corran a leer ese libro antes de que olvidemos también que ya la olvidamos.”

Un preview de todo el número de Linden Lane Magazine, dirigido por Belkis Cuza Malé, y acceso a su compra en formatos papel o digital, en este enlace.

La reseña completa la pueden leer sin previo pago en este enlace. Allí también enlaces al libro en librerías.

 

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