Jorge Ferrer - 15/10/11
Categoría: Memoria, Oposición
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En ocasión de la tristísima muerte de Laura Pollán, fundadora de las Damas de Blanco, reproduzco un post escrito hace anyos a propósito de la represión a la que el castrismo sometió y somete a esas mujeres, las más valientes.
En la historia de la oposición al régimen castrista las Damas de Blanco significaron una verdadera revolución contra la revolución. Todos los demócratas cubanos, y todos los cubanos reconózcanse demócratas o no, le deben a esas mujeres, y a Laura Pollán significativamente, el testimonio del coraje y la fuerza del amor y la razón.
Fotografía con las Damas de Blanco y público…
Hay que sustraerse a la tentación de quedarse con la imagen de esa mujer que ocupa el primer plano, por «atractiva», por imantadora que resulte.

Su payasada usainboltesque, la V que dibujan sus dedos, la piedra que parece lanzar, los pendientes a juego con la blusa, la lengua blancuzca, anémica, que se proyecta desde el lecho de esa boca oscura, una lengua que no parece pertenecerle… En efecto, no le pertenece.
Una castrista que muestra al histrión que hay detrás de cada cubano. Parafraseando a Raudelis Lima: «Son así, así, así; así son, son…» los castristas de Cuba.
Hay aun un tercer plano que esconde un cuarto. Muchachote que ríe las gracias de la acosadora y los dedos índice y meñique de una mujer invisible que, oculta por el jovial agente en prácticas, dibujan unos cuernos sobre la cabeza de una opositora.
Son tres planos de este siniestro paisaje de un acto de repudio.
Pero en esta fotografía aparecen también sus protagonistas. Las únicas protagonistas. Y a veces me da la impresión que olvidamos quiénes son estas mujeres. Que cedemos a la estrategia del régimen de La Habana cuando pretende situarlas en el centro de debates que buscan silenciarlas, ensombrecerlas, mancillarlas.
Las Damas de Blanco son familiares de víctimas de la dictadura cubana. Familiares de hombres que padecen el presidio político cubano. Si salen a la calle es porque los suyos ―sus maridos, sus hijos, sus hermanos― están entre barrotes. Y si se atreven a desafiar a estas turbas que las zarandean y ofenden en tanto mujeres es porque han perdido el miedo, pero no la entereza.
Todos esos presos, sus presos, han entrado en la historia de la resistencia de los cubanos al totalitarismo. Estas mujeres, como de rebote, hacen historia a diario.
Por eso prefiero ver en esta foto sus rostros y sólo sus rostros.
Esa extraordinaria mezcla de dignidad, paciencia, dolor y conmiseración.

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Jorge Ferrer - 15/09/11
Categoría: Memoria
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Ayer Amy Winehouse habría cumplido 28 años. Antes de morir en julio pasado, acudió el 23 de marzo de 2011 a Abbey Road Studios, Londres, para grabar con Tony Bennett esta espléndida versión de una de las canciones más emblemáticas de la historia del jazz. Todas las grandes voces del pasado siglo la cantaron. Esta grabación prepóstuma la sitúa, si alguna falta le hacía, en medio de ese coro de ángeles.
Leo que todavía no sabemos qué la mató y que no hay certeza de que lo sepamos algún día. Yo me atengo, sin mañas forenses, a lo que escribí bajo el mazazo que fue su muerte.
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Jorge Ferrer - 11/09/11
Categoría: Agua corriente, Memoria
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Nunca vi en pie las dos torres del World Trade Center.
El 11 de septiembre de 2001 almorcé en Qu & Qu, un restaurante del Paseo de Gràcia tocando a la Gran Vía. Desde allí subí con Eva y el amigo con el que habíamos comido hasta la heladería de Häagen-Dasz en Rambla de Catalunya. Tomamos los postres. Era un delicioso día de verano en Barcelona. No recuerdo de qué hablamos. No lo recuerdo en absoluto.
Terminados los helados, me aposté en una esquina en busca de un taxi. De repente un amigo al que no veía desde hacía largos meses, tal vez año y algo, detuvo su coche delante de nosotros. No hubo tiempo para alegrarnos del encuentro. O no era tiempo para eso. «Dos aviones se acaban de estrellar contra las torres del World Trade Center», nos dijo.
Fue el primer aviso, todavía ciego.
En el taxi, un locutor de radio describía las imágenes que nosotros aún no podíamos ver. Las de los dos colosos en llamas, que habría dicho antes un guionista de Hollywood. «Seguro son dos helicópteros, que Nueva York está llena de helicópteros», aventuró el taxista.
Tardamos unos siete minutos en llegar hasta Valencia, esquina a Marina, donde vivía entonces. No creo haya imagen que se grabara jamás en mi mente como la que me mostró el televisor hacia el que me abalancé sin cerrar la puerta detrás de mí. Me fui a la cama unas diez horas después con los ojos ardiendo.
En los primeros días de noviembre de 2001, a menos de dos meses del suceso que dio inicio al siglo, viajé por primera vez a los Estados Unidos. Cumplidos mis compromisos con la Feria del Libro de Miami, tomé un avión a Nueva York.
Llegué tarde en la noche. A la mañana siguiente me llevaron a ver el espacio vacío que las torres ocupaban apenas dos meses antes.
A lo largo de estos años he evocado siempre aquel ataque brutal contra Occidente según la cronología que acabo de describir. Los dulces placeres de un día «normal» en nuestras vidas antes del 11/S, la absoluta estupefacción de las diez horas pasadas ante el televisor y la imagen del espacio vacío de la Zona Cero en una ciudad, un mundo, que todavía olía a cenizas, a polvo, a desolación.
Diez años más tarde, años de guerras, de masacres islamistas, de trasiego con las encontradas nociones de libertad y seguridad y de colapso económico, «vacío» es el nombre. La década del vacío. O del vaciado, mejor.
¡Pero arriba esos ánimos! ¡Piensen que en el verano del año catorce del siglo XX estábamos empleados en la Gran Guerra, mientras que ahora ya hemos bailado sobre el cadáver de Osama, ahorcamos a Saddam, tenemos a Gaddafi a punto de caramelo y vivimos entretenidos en «salvar a Grecia»!
Así de gaya es esta que llamamos, cada vez con menos alegría, civilización grecolatina.

De contra:
En la memoria.

ACTUALIZACIÓN:
Una lectora me envía esta imagen generada por Wordle con los nombres de las víctimas según su frecuencia en el luctuoso listado que enlacé arriba.
¡Gracias!
Bendita sea la memoria de las víctimas, sean mayoritarios Michael o Joseph, o sean esas esquinadas Linda y Mary.

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