Jorge Ferrer - 09/02/12
Categoría: Exilio, Memoria, Oposición
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Las memorias de Huber Matos. Llevan título espléndido: Cómo llegó la noche. No les había dedicado el tiempo que merecen —todas las memorias de los presos políticos del castrismo merecen nuestro tiempo y no es que sean muchas— y ahora, tardísimo si se atiende a que llevan década publicadas, me enmendé.
Pasen por ahí, si no lo han hecho. Tuvieron editor puntilloso y se agradece. Huber Matos —comandante de la Sierra Maestra, temprano descubridor de lo que venía y pronta víctima de lo que vino— es un personaje con pasado al que atender.
¿Las máculas? Las propias del género: todo libro de memorias barre las letras para casa. (Yo sigo prefiriendo cuando de recordar el presidio político cubano el excepcional libro de Mignon Medrado Todo lo dieron por Cuba, pero no es ahora que les explique el por qué.)
¿Algún apunte? Uno, sí. Y me perdonará Huber que sea otro el protagonista, porque es vindicación del estilo de este Cómo llegó la noche. Es conocida la historia de Ricardo Olmedo, opositor a Machado, Batista (fue uno de los jefes del fallido asalto a Palacio en 1957) y Fidel (a quien preparó un atentado también lamentablemente fallido). Olmedo fue fusilado por el último tan pronto como en 1962. Su historia la he visto contar unas cuantas veces, alguna en términos de complaciente ficción.
En Cómo llegó la noche aparece en los siguientes términos:
Mis compañeros me cuentan también del fusilamiento de Ricardo Olmedo, quien, tras ser arrestado por sus actividades contra el régimen, fue amenazado de ser llevado al paredón a menos que compareciera ante las cámaras de televisión incitando a los cubanos a abandonar la resistencia contra el régimen. Él contestó: “Yo no soy artista” (p. 431)
«Yo no soy artista», dijo sabiendo que esa frase le valía ir a recostarse al paredón. ¡Qué grande!
Aquí, en Amazon.
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Jorge Ferrer - 04/01/12
Categoría: Excepcionalidad, Memoria, Rusia
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El fotógrafo y blogger Rustem Adagamov avisa de un episodio que cuela a Cuba de rondón en la historia de las protestas callejeras en la URSS. La historia de esas contestaciones es breve, como es sabido. Aun con «deshielo» el régimen posestalinista ejerció un control totalitario sobre los espacios públicos y apenas en cinco ocasiones se vio salir a ciudadanos a las calles en acciones que no habrían sido autorizadas por el gobierno. De ellas, tres fueron protagonizadas por disidentes, la más conocida la Protesta de los Siete, cuando otros tantos valientes protestaron en la Plaza Roja contra la intervención en Checoslovaquia.
Según Adagamov, el 18 de abril de 1961 se produjo el primero de esos salpafueras en la URSS postbélica. Y la pizpireta Cuba estaba en medio. Fue una protesta masiva frente a la embajada de los Estados Unidos en contra del desembarco de la Brigada 2506 en las arenas de Playa Girón. Las simpatías que despertaba la Cuba protocomunista eran notables entonces. Lo eran en Occidente y también, figúrense, en la URSS.

Adagamov, uno de los más influyentes bloggers de Rusia y activo valedor de las protestas contra el gobierno de Putin que se están viviendo en Moscú, se ha ocupado de rastrear las manifestaciones de protesta en tiempos soviéticos y sostiene que esta fue absolutamente espontánea. Y aun cuando me cuesta concebir que lo fuera de veras -véase el pathos “partidista” de la primera imagen-, es posible que lleve razón a la vista del despliegue policial que los jefes del KGB se vieron obligados a montar para enfrentarla.

Con todo, lo cierto es que en la historia de las relaciones entre la URSS y Cuba, esa isla que tanto se ufana de su excepcionalidad estuvo implicada en la primera ocasión en que se vio sacar a la caballería a las calles del Moscú postbélico para poner freno a multitud armada de carteles y gritos de protesta.
¡Fíjate tú, amigo de la excepcionalidad cubana!
(Las fotografías que incluyo aquí, todas cortesía de Drugoi, el blog de Adagamov, son obra de James Whitmore para LIFE, las dos segundas, y de una agencia soviética, la primera.)
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Jorge Ferrer - 08/11/11
Categoría: Arte, Memoria
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He visitado la colección de mapas, grabados y dibujos de la colección de Héctor de Ayala que compró el anticuario barcelonés Albert Martí Palau. Una experiencia visual, y cordial, de veras extraordinaria.
Albert se ha hecho con una pequeña parte —él dice que con «la parte de papel»— del legado de quien se desempeñó como último embajador de la Cuba republicana en París. Un voraz y exquisito coleccionista, a quien supongo no habría hecho ninguna gracia ver dispersadas sus colecciones y vendidas en lotes distintos.
Con todo, ahí está ahora a la venta en Palau Antiguitats por piezas esta colección deslumbrante —mapas, grabados, libros…
Hay de todo y más y a precios apetitosos que van desde los 75 hasta los 1.200 euros con alguna excepción. Corra a esa mezzanine de la calle Gràcia, 1, quien esté en Barcelona, sea para comprar o para soñar.
Por cortesía de la galería, reproduzco aquí un par de piezas que me han encandilado. Y a modo de guinda, van unas de tono erótico atribuidas a Landaluze, también en exposición y a la venta.

Vista general de la Habana. Hippolyte J. Baptiste Garneray (1787- 1858). París, ca. 1830. Aguatinta iluminada. Papel vitela. Papel: 455 x 570 mm.
1.000 €

Vista prespetiva de la siuda y fortificaciones de la Vana tumada por los Engles l’ano de 1762… Anónimo. Mondhard (editor). París, último tercio siglo XVIII. Buril iluminado. Papel verjurado. Papel: 320 x 480 mm.
300 €


De contra:
Por gentileza de Palau Antiguitats, los lectores de El Tono de la Voz gozarán de (modestos) descuentos al identificarse como tales cuando hagan alguna adquisición.
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