Pan y memoria

- 27/01/10
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Hoy se celebra en todo el mundo ―es un decir―, el Día Internacional de la Memoria de las Víctimas del Holocausto. Se instituyó precisamente la fecha de hoy, porque fue el 27 de enero de 1945 que los soldados soviéticos llegaron a las lindes del campo de Auschwitz.

Esto fue lo que encontraron, aproximadamente:

(Hasta 01:48)

De los muchos testimonios de recluidos en los campos que guarda mi biblioteca y que releo una y otra vez ―Jean Améry, Primo Levi, Margarite Buber-Neumann, Imre Kertész, Jorge Semprún, Roman Frister…―, hay unas páginas de La gorra o el precio de la vida, del último, que suelo referir cuando alguien me pregunta por la maquinaria de deshumanización de los campos, expuesta magistralmente por Giorgio Agamben en Homo Sacer, ese catálogo profundo, sagaz y terrible de la «vida nuda».

Se trata del relato que hace Frister de las visitas a su padre en la enfermería del campo de Majowka. Su padre agonizaba, quemado por el tifus. En una de las visitas, Frister descubre que guardaba un mendrugo bajo el jergón lleno de piojos de la enfermería. Su primera tentación fue arrebatárselo: la muerte de su padre era cuestión de días, de horas: ¿qué importaban unos gramos más o menos de pan? Sin embargo, no lo hizo. Un prurito de dignidad latía todavía en él: no le arrancaría a su padre aquel trozo de pan mohoso, mientras estuviera con vida. Pero a partir de ese momento, su única obsesión fue que su padre muriera pronto, desear con todas sus fuerzas la muerte que le permitiría tragarse el pan sin, creía entonces, remordimientos de conciencia.

En su dimensión moral, la historia no acabó nunca para Roman Frister, sobreviviente que tuvo la suerte ―dudosa, pero suerte al fin― de testificar en juicios contra nazis. Entonces, y lo anoto para quien no conozca el libro, la historia acabó con que el padre murió y el pan se lo zampó un enfermero.

Guárdese por siempre la memoria del horror. Sin ella, somos menos hombres, apenas lo somos, y desmerecemos el pan que nos llevamos a la boca cada mañana.

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Otro Mesías: éramos pocos y parió Catana…

- 19/01/10
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Mehmet Ali Agca, aquel que le descerrajó varios tiros al polaco Juan Pablo II, salió hoy en libertad y distribuyó una proclama donde se dice Cristo redivivo y asegura que todos pereceremos en el siglo que corre. Asegura que las Escrituras están plagadas de errores y que pronto nos hará llegar un prontuario más preciso que el que recoge las andanzas del hijo del carpintero de Belén.

Uno donde nos contará que esto se acaba, vaya. Que llegó el-fin-del-mundo. Que ñámpiti pa’to’el’mundo.

Agca se define como el Mesías definitivo y nos va a vender su Apocalipsis. No hay que ser muy imaginativo para adivinar los mimbres de su prédica: un poco de calentamiento global, una pizca de choque de civilizaciones, un mucho de lo malos que somos los occidentales ―¡qué asco de gente somos, tú!, nos dirá con aval wojtilesco―, y va y hasta cuela el terremoto de Haití, si el libro sale de las prensas antes de que lo hagan los haitianos.

Agca tiene todo lo que hace falta para convertirse en el primer personaje literario de este siglo, sea o no el último en el que los bípedos nos paseamos por las aceras del mundo. Musulmán y converso; agente ocasional de servicios secretos comunistas durante la Guerra fría y preso político; perdonado por un Papa de Roma al que quiso matar y antiguo miembro de una secta violenta, los Lobos grises ―hace años un miembro turco-azerí de esa misma secta me amenazó de muerte y parecía tan dispuesto a que yo amaneciera con hormigas en la boca que tuve que esconderme unas semanas, pero ésa es otra historia.

Ahora, con Agca, éramos pocos y parió Catana. Tengo para mí que nos vamos a divertir con este imbécil que sale de la cárcel para echarnos en cara nuestra bobería. Ha tenido tiempo para calibrarla, y reírla. Ahora se reirá desde los periódicos.

El último Mesías con ínfulas que nos dio Turquía fue el malogrado Shabbetai Zví. Mi Mesías de cabecera. El Mesías díscolo que eyaculaba sobre los rollos de la Torá, se convirtió al Islam para ganar el título de Guardián de las Puertas y predicaba que sólo nos redimirá el pecado. ¡A pecar, que son dos días! Murió desterrado en Albania, no muy lejos de donde unos siglos más tarde nacería la Madre Teresa de Calcuta, aquella monjita que tuvo la mala suerte de morirse en los mismos días que Lady Diana, deliciosa superstición posmoderna. Posburguesa, más bien.

¡Divirtámonos con Agca, señoras, caballeros!

A fin de cuentas, si el mundo se va a acabar, por qué no pasar un buen rato riéndonos de nosotros mismos.

Y si no se va a acabar, lo mismo.

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Ilusión de las Antillas

- 15/01/10
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Ese sueño pertinaz que han sido las Antillas. Buscadas, despobladas, repobladas.

Un juguete para armar. Piélago y archipiélago. Civilización y barbarie. Bucólico paisaje con mar y cielo limpísimos. Pero con fondo de hecatombe escrita por machetes y barracones, plantaciones y revoluciones. La carne roja y los huesos rompiendo la piel. Asomando por las costras.

Y la sobada metáfora de la fuerza telúrica… Y el terremoto siempre súbito y tantas veces atroz, como ciertas pesadillas.

Y esa Haiti, cantada por Joséphine Baker en Zouzou, de Marc Alègret.

Haiti

Ah ! Qui me rendra mon pays
Haiti
C’est toi mon seul paradis
Haiti
Ah ! Dieu me rappelle
Tes forêts si belles
Tes grands horizons
Loin de tes rivages
La plus belle cage
N’est qu’une prison
Oui !! Mon désir , mon cri d’amour
Haiti
C’est de te revenir un jour

Oh, beau pays bleu
Bien loin, bien loin sous d’autres cieux
Je vivais des
jours heureux
Mais tout est fini
Seule dans mon exil aujourd’hui
Je chante, le coeur meurtri

Oui ! mon désir mon cri d’amour
Haiti
C’est de te revenir un jour
Haiti !!!

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