Jorge Ferrer - 07/08/13
Categoría: Libros, Literatura, Poscomunismo, Rusia
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Para la serie Raros de Agosto, en Diario de Cuba, elegí escribir sobre Mijaíl Kuráyev y su singularidad en el paisaje de la literatura poscomunista en Rusia.
Allá nos vemos.
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Jorge Ferrer - 26/07/13
Categoría: Agua corriente, Libros, Literatura, Rusia
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El Servicio Federal de Seguridad (FSB, por sus siglas en ruso; antes por este orden: KGB, NKVD y GPU) ha devuelto hoy el manuscrito de Vida y destino a los herederos de Vasili Grossman.
Un mediodía del mes de febrero de 1961, Grossman recibió en su apartamento de la calle Begovaya, en Moscú, la visita de dos oficiales del KGB, que venían acompañados de sendos testigos. Antes había enviado copias del manuscrito de su novela mayor, Vida y destino, a las revistas Oktiabr y Novi mir. Ambas redacciones rehusaron publicarla y alguien avisó “a quien correspondía” de la existencia de ese manuscrito.
En tiempos de Jruschov, como Grossman anotaría más tarde con triste sarcasmo, no encerraban a los escritores: secuestraban sus libros. Tras incautarse de todos los manuscritos e incluso de las notas que sirvieron para escribir Vida y destino, los adustos agentes llevaron a Grossman por cada una de las redacciones de las revistas para retirar las otras copias. También se llevaron los manuscritos que guardaba en su despacho y en la casa de un primo suyo.
La novela debía desaparecer. Un alto funcionario le dijo que tardaría 250 años en publicarse. Grossman le escribiría a Jruschov un año después que esa no era manera de luchar contra la mentira de la que acusaban a su novela, sino de enfrentar, y ocultar, la verdad.
Años más tarde, el manuscrito que guardaba su amigo el poeta Serguei Lípkin fue sacado al extranjero. A ello ayudaron los disidentes Vladimir Voinovich, Elena Bonner y Andrei Sájarov. La primera versión en ruso apareció en la extraordinaria editorial L’Age d’homme, en Suiza, y un año más tarde fue publicada la versión en francés en coedición con Julliard.
El resto es materia conocida. Un clásico de la literatura del siglo XX que no ha hecho más que crecer. En España, y entre los lectores en español, la espléndida traducción de Marta Rebón para Galaxia Gutenberg ganó centenares de miles de lectores hace pocos años.
Hoy, más de medio siglo después del secuestro, la policía política rusa ha devuelto lo que robó a Grossman y nos robó a todos.
Tardísimo. ¡Tardísimo! Pero da igual. A Grossman le hubiera gustado saber que mucho antes de que se produjera esta devolución simbólica, su nombre, su libro mayor, eran ya una referencia literaria capital sobre el destino de los hombres y sus vidas terribles, azarosas y complejas.
Otras entradas sobre Vasili Grossman en El Tono de la Voz: 1) a propósito de la aparición de El libro negro en mi traducción; 2) Otras
(En el enlace se pueden ver algunas páginas del manuscrito.)
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Jorge Ferrer - 01/07/13
Categoría: Poscomunismo, Rusia
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Mijaíl Shishkin desembarca hoy en The New Republic de la mano, ¡cómo no!, de Julia Ioffe. Shishkin, uno de los escritores rusos contemporáneos que más (me) interesan hace un espléndido repaso de esa recurrente maldición que imagina/constata la imposibilidad de una regeneración democrática en Rusia. Es decir, problematiza el maná del poscomunismo a partir del lastre de una tradición cultivada con criminal mimo.
Por mucho que el interés mayúsculo de este ensayito radique en su lectura del pasado y el presente de la democracia en Rusia, también tiene lecturas que afectan a todos los que nos interesamos por el devenir poscomunista en el Este y en Cuba.
Léanlo.
Un botón de muestra:
In 1991, we were able to free ourselves of Communist rule, but we were unable to free ourselves from ourselves. We had been naïve. Everything had seemed simple and clear: our country had been hijacked by a band of Communists, and if we could just chase out the party, the borders would open and we would return to the global family of nations living according to the laws of democracy, freedom, and respect for individual rights. They were like the words of a fairy tale of an unattainable future: “parliament,” “republic,” “constitution,” “elections.”
For some reason, we neglected to remember that we already had all these words. We had Stalin’s Constitution of 1936, which was “the most democratic constitution in the world,” and we were regularly mobilized to vote in elections. We forgot that all the good words crossing our borders lost their original meanings and began to mean anything other than what they were supposed to mean. Who would have thought that the Communist Party would leave but we would stay, and all the best words—“democracy” and “parliament” and “constitution”—would become just the billy clubs in the eternal struggle for power and money in the new, free Russia?
The guards proved impossible to chase out because each of us was our own best guard. Even if you don’t quash the rebellion in the prison yard, it will eventually end on its own, and in the prison yard of our country it ended with everyone returning to their barracks. We had to live, after all. And order returned on its own, the very same order because no one in Russia knows a different one. The best bunks again went to the strongest, who had consigned the weakest among them to sleep by the latrine.
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