De vuelta del weekend…

- 20/02/11
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Un par de aeropuertos, un paisaje intenso aunque sañudamente herido por la urbanización, una habitación de hotel y, ay, el hallazgo repasado durante todo el fin de semana de unas memorias cuyo autor vivió en la historia, la vivió como para contarla, publicó casi a hurtadillas lo que anotó y permanece velado tras también sañudo olvido historiográfico.

Un buen weekend donde todas las marcas parecían etiquetas orondas sobre un único cuerpo: los aeropuertos —esos «empty meeting grounds», que los bautizó MacCannell—; la naturaleza herida en la que disfruto adivinar la capacidad de réplica —el súbito deslizamiento de tierras que arrastra encabalgamientos de chalets, por ejemplo—; la enorme habitación de aire high-tech —yo adoro casi todas las habitaciones de casi todos los hoteles, pero nada admiro más en ellas que su calculada hostilidad: a todas las dejo enamoradas—; los testimonios del desastre que es casi toda la historia —en la historia de Cuba, donde el desastre totalitario hiere la vista, los testimonios son pruebas de cargo y no meros indicios, por mucho que no se aviste juicio al que aportar unas y otros…

Volver al lunes con preámbulo trenzado con tales mimbres es toda una bendición.

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Marco Rubio y el “levantamiento popular en Cuba”: transferencia y traslación

- 18/02/11
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Marco Rubio no quiere que los cubanos residentes en los Estados Unidos viajen a Cuba. No ha pisado ese país en su vida el bueno de Marco y busca que lo imiten. Lo propone y se lo batean. Y yo me alegro no saben cuánto por tantos cubanos que podrán viajar a Cuba desde los Estados Unidos sin pagar el sobreprecio de la triangulación cada vez que les dé la gana de ver a sus madres, hermanas o hijos. Huyeron del castrismo en busca de libertad, pero Marco Rubio, que de esa isla sabe lo que yo de Kazajastán —esto es ser generoso, ¡tengo mis días!: yo sé más de Kazajastán que Marco de Cuba diez veces— no quiere que viajen. Odio prestado el de Rubio.

Entretanto un «Evento» en Facebook en favor de un «Levantamiento popular en Cuba» para la semana próxima cuenta, ahora mismo, con 152 personas que sostienen que asistirán. La cita es en los «alrededores» del Museo de la Revolución. Ciento cincuenta y dos que han hecho click en el casilla del «I’m attending», cuando no acudirán ni remotamente. Todos viven fuera de Cuba y no existe ni la más puñetera posibilidad de que ese día aterricen en La Habana a la que Marco Rubio no quiere que vaya nadie. ¿Por qué mienten? ¿Qué mueve a alguien a sostener que «I’m attending» a evento que, de producirse, solo podría acabar a cabillazos contra los pocos que se crean, si tales inocentes hubiera, que mira voy a ir porque otros 152 estarán ahí conmigo?

El psicoanálisis de ciertos sujetos cubanos deberá ocuparse, claro, de la «transferencia», pero también, ay, de su insondable trauma con la traslación.

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Una lágrima por la libertad

- 21/08/10
Categoría: Estío, Viajes | Etiquetas:
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En Tánger, hace unos diez años, nos disponíamos a regresar a España y mis dos acompañantes –españolas, aunque una de ellas de ascendencia marroquí– quisieron hacerlo con dibujos de henna en las manos. Los turistas, ya se sabe.

Habíamos pasado la tarde visitando a la familia de unos amigos de los padres de mi amiga marroquí y una de las muchachas de la casa era célebre en el barrio –un barrio muy humilde de Tánger, que creo se llamaba Al-Diwan, un dato que no tengo tiempo de verificar ahora–, por su arte en trazar filigranas de henna en las manos de las novias. Se lo pidieron y la muchacha, obsequiosa como casi todos en Marruecos, aceptó venir a la casa donde nos alojábamos y ejercer su oficio.

Era una joven de unos veinte años y de una belleza absolutamente celestial. Una belleza de esas que duelen cuando las admiras. Subimos a la casa, la marroquí preparó la henna y comenzó a dibujar las manos de mis amigas. Una artista en toda regla. Artista de un arte perecedero, qué lástima. De arte milenario, qué suerte.

Animado por llevarme también yo en el cuerpo una muestra de aquella maravilla, los turistas, ya se sabe, le pedí –mi amiga hispano-marroquí servía de traductora– que me dibujara algo en el brazo. «Eso es imposible», dijo la artista. Insistí durante la hora larga que trabajó sobre las muchachas. «Imposible», repetía. Pero se iba ablandando. Y yo aducía argumento tras argumento a favor de que me tatuara. No los recuerdo ahora. Seguramente eran disparatados, pero ingeniosos, algo a lo que ayudaban las Heineken que había comprado esa mañana en el mercado negro. Me vienen a la mente las risas; la recuerdo cediendo, cediendo y, al final, aceptando. Reticente, pero curiosa. Temerosa, pero excitada.

Me llegó el turno. Pasaron minutos antes de que la muchacha me tomara el brazo por fin. La tenía tan cerca que la olía por encima del ácido aroma de la henna.

Asió mi brazo, un estremecimiento la recorrió entera y se le aguaron los ojos.

«Qué pasa», pregunté.

«Dice que es la primera vez en su vida que toca la piel de un hombre que no sea de su familia», tradujo mi amiga.

Es lo que tiene encontrarse con la libertad después de años añorándola. Temor y temblor, y agua en los ojos, primero. Y después, a gozar. Quien pueda, claro.

Esta nota fue publicada en ETDLV el 04/08/2009. Reaparece ahora con motivo de un cambio de ritmo estival.

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