Jorge Ferrer - 21/03/18
Categoría: Letra impresa, Libros, Literatura, Poscomunismo, Rusia, Traducciones | Etiquetas: Aleksiévich, Literatura contemporánea en Rusia, Literatura rusa, Rusia en la prensa española, Rusia en los medios españoles, Ulítskaya, Русская литература в Испании, Россия в испанских медиа
Imprimir
Recojo aquí para archivo este oportuno reportaje de Paula Corroto, donde comento varios aspectos de la situación de la literatura en la Rusia de hoy. El texto apareció publicado originalmente en el diario El País el 18/03/2018. Véase la edición original.

Los escritores de la era Putin
Un repaso a una realidad literaria en la que las subvenciones tratan de impedir que no decaiga la calidad y las traducciones buscan influencia en el extranjero, pero donde la crítica es residual
Paula Corroto / El País, 20 de marzo de 2018
Rusia es una de las madres de la literatura contemporánea. De su seno han surgido nombres que no pueden escapar al canon como Pushkin, Chéjov, Dostoievski, Tolstoi o Nabokov, sólo por citar cinco grandes nombres. Y los rusos lo saben. Sus libros son una buena marca del país, por lo que no extraña que en los últimos años hayan llegado a las librerías españolas —traducidos por una buena generación de traductores— un gran número de nuevos escritores, nacidos en su mayoría a partir de los años setenta, que llegan además con muchos premios literarios bajo el brazo. Galardones que, como afirma el traductor Jorge Ferrer, “son garantía de calidad extraordinaria, a diferencia de lo que nos sucede en España, donde los premios literarios, con salvedades, carecen de un verdadero prestigio literario. En Rusia, donde la corrupción y el dirigismo lo permean todo, esos premios, hasta donde yo sé y veo y leo, permanecen aferrados a la pureza, al empuje de descubrir los trazos de un canon e ir fijándolo. Como si los rusos supieran que todo se puede pudrir, menos la literatura, que todo se puede corromper, menos la estatura que tiene la literatura rusa desde el siglo XIX en adelante”.
¿Las subvenciones anulan la crítica política, social? No del todo, aunque la voz contra el putinismo se alza con cuidado. No sólo han sido los premios. En los últimos tiempos, Rusia decidió dotar de buenos fondos a la traducción. Es la manera de que su voz pueda atravesar las fronteras de este país gigante. Así lo reconocen, además de Ferrer, otros traductores de este idioma como Marta Rebón, o la editora Lucía Barahona, de Automática Editorial, un sello donde más de 60% de sus autores procede de este país. “El gobierno ruso creó un instituto de la traducción y han dado muchísimas ayudas. Sobre todo hace unos años. Fue una partida que hubo, y muchas de las obras que nos han llegado últimamente, también los grandes clásicos, proceden de estas ayudas. También hay un organismo autónomo, el Instituto Projorov, que ha dado mucho dinero y nos ha ido premiando a los traductores”, sostiene Rebón. “Sí, desde hace unos años el gobierno ruso está metiendo mucho dinero a la traducción y también a los escritores. De hecho, hay gran cantidad de de blogs con gente que está siguiendo a este nuevo universo de literatos. Y nosotros nos fijamos mucho para ver qué es lo que sale de ahí”, añade Barahona.
¿Las subvenciones anulan la crítica política, social? No del todo, aunque la voz contra el putinismo se alza con cuidado. Como señala el traductor Ferrer, “hay de todo como en botica. Zajar Prilepin se ha ido a la guerra en Ucrania del lado ruso; Guzel Yájina prefiere no hablar de política. La gran dama de la literatura rusa Liudmila Ulítskaya sí se ha convertido en una voz fundamental de la oposición liberal al putinismo y ha sido hostigada por ello. También la bielorrusa y Nobel Svetlana Aleksiévich, cuyo último libro El fin del homo sovieticus, que traduje para Acantilado, generó una polémica enorme en Rusia, nada favorable a ella. En la subdemocracia o democracia de baja intensidad que es Rusia, el rol del intelectual vuelve a ser aquel de consciencia y elocuencia de la sociedad que quería Foucault”. Rebón, por su parte, indica que al hacer su trabajo, jamás ha tenido un problema de censura, “y en el mundo de la literatura promocionan a gente que también ha sido muy crítica con el gobierno”.
Precisamente, entre estos ejemplos, la editora Lucía Barahona cita Exodo, de DJ Stalingrad, (Automática, 2015), que retrata la Rusia del nuevo milenio donde la URSS ya sólo queda como un mero recuerdo, y “aunque no menciona a Putin, sí está todo englobado dentro del capitalismo y neoliberalismo brutal del país. Cuenta cómo está la juventud allí, que quiere hacer otra cosa que no sea dentro de ese sistema neoliberal”.
Las nuevas temáticas: distopías, guerra y pasado sofisticado
De alguna manera, las narraciones distópicas ayudan a retratar una actualidad con la posibilidad de evitar censuras. Y este es un género que también está pegando fuerte en la Rusia actual (y que llega a España). Son autores como Anna Starobinets (Refugio 3/9, Nevsky, 2015), Vladímir Sorokin (El día del opríchnik, Alfaguara, 2008), Dmitri Glukhovsky (Metro 2033, Timun Mas, 2013) o Andrei Rubanov (Clorofilia, Minotauro, 2012). Para Barahona, esto se debe a que después de la caída de la URSS “se vivieron momentos difíciles por lo que no es extraño mirar otros universos donde las cosas pudieran ser al menos diferentes. Si conviertes algo en una distopía puedes poner un punto de partida diferente, uno que tú construyes y el lector acepta”.
Desde el Centro Ruso de Ciencia y Cultura, en Madrid, encargado de las actividades para promocionar la cultura rusa, Natalia Sarymova también comenta que esta es una de las tendencias más actuales. “Son historias terribles donde se desarrollan acontecimientos. No se sabe si pretenden asustar o quitar el miedo. También se habla del control de las redes sociales. El razonamiento sobre la corrección política y la tolerancia: ¿pueden indicar el comienzo de la destrucción de la humanidad? Indudablemente este género de literatura va a continuar. Las catástrofes y las historias macabras tienen larga vida”.
Otras temáticas son las guerras y la mirada al pasado, al estalinismo. Sobre la primera Sarymova afirma que es cierto que han aparecido “novelas muy duras y al mismo tiempo filosóficas” sobre la guerra y la cárcel con personajes en situaciones inhumanas. Un buen ejemplo es Patologías, de Prilepin, que aborda su experiencia personal en Chechenia. Sobre la mirada al estalinismo, Jorge Ferrer comenta que ahora es mucho más sofisticada que en años posteriores al régimen soviético, cuando tuvo un marcado carácter de denuncia. “En este caso destacan las novelas de Yájina, Zuleija abre los ojos y El Convento, de Prilepin: el estalinismo visto como espacio sometido a la literatura y no como cárcel que sometió a los literatos. Es un cambio de perspectiva extraordinario”, afirma el traductor.
Los nuevos escritores seguirán llegando a las librerías. En parte por el dinero ruso, aunque “la crisis económica en Rusia, que ha sido severa y de la que apenas comienzan a salir, ha golpeado los fondos de los que se nutren esos proyectos”, admite Ferrer; pero también porque en España hay una buena cantera de traductores, como sostiene Marta Rebón: “A raíz de los estudios de Filología Eslava salieron muchos. Y dentro de diez años tendremos emigrados, los hijos de los rusos de la Costa del Sol, y vamos a tener a hijos de rusos que dominan perfectamente el español y esto se notará en las librerías, porque buscarán libros que les hablen de sus países de origen”. Y Rusia, además, seguirá haciendo marca de país con su literatura.
RUSOS A LOS QUE SEGUIR LA PISTA
Guzel Yájina (Kazán, 1977). Ganadora del premio Booker ruso por la novelaZuleija abre los ojos, de próxima publicación en Acantilado. Se trata de una relectura del estalinismo, concretamente de la deportación de los tártaros a Siberia por Stalin.
Zajar Prilepin (Oblast de Riazán, 1975). Autor de novelas comoPatologías (Sajalín, 2012), en la cuenta su experiencia personal en el guerra de Chechenia. Próximamente se publicará El convento, una aproximación al Gulag.
Gary Shteyngart (San Petersburgo, 1972). Ha publicado en España las novelas El manual del debutante ruso(Alfaguara, 2010), Absurdistán (Alfaguara, 2008) o Pequeño fracaso(Libros del Asteroide, 2015) en el que rememora su infancia en la URSS.
Alisa Ganiyeva (Moscú, 1985). Ha obtenido varios premios y en Rusia se la considera una de las grandes apuestas literarias de las nuevas generaciones. Es autora de novelas como La montaña festiva (Turner), un retrato realista del Daguestán actual.
© www.eltonodelavoz.com
Jorge Ferrer - 13/03/18
Categoría: Libros, Media, Periodismo | Etiquetas: Arcadi Espada, El País, Fake News, Francisco Camps, Periodismo, Posverdad
Imprimir
Esta reseña de Un buen tío. Cómo el populismo y la posverdad liquidan a los hombres (Ariel, 2018), de Arcadi Espada, apareció publicada primero en Hypermedia Magazine, el 9/03/2018

Un buen lío
Por Jorge Ferrer
Un día del verano de 1989, el año en que acabaron la mitad de las cosas y se comenzaron a desparramar casi todas las demás, M. y yo bajamos de un desvencijado autobús a las puertas del monasterio de Rila, al sur de Sofía, Bulgaria (42°07’60.00″ N 23°20’15.00″ E, por su asiento en el GPS que no se gastaba entonces, en la Europa ufana de haber escapado de otra guerra). Estudiaba yo periodismo al otro lado del Telón de Acero, en las faldas del Kremlin, y parecía natural que me preguntara por la verdad en el mundo cuyo periódico #1 llevaba la palabra Правда, “verdad”, en la cabecera.
Plantarnos ante la iglesia del monasterio, cuyos muros exteriores están cubiertos de frescos que Jacobo de la Vorágine habría saludado tanto como lo acababa de hacer entonces la UNESCO, fue una experiencia tremenda. Una suerte de fugaz Stendhal epistemológico, diría. En metros y metros de pared, con ejemplar ostentación, se exponían vidas de santos, historias del Nuevo Testamento, relatos bíblicos. Ya se sabe de la condición pedagógica de los retablos, donde en un puñado de imágenes encaramadas se educaba a una grey analfabeta en las verdades de la fe. En su relato, al menos. Su puntilloso relato, libro a libro, versículo a versículo, epístola a epístola. Las vidas de Santos en imágenes, en viñetas. Un cómic lleno de fake news, de la originaria en adelante.
Cuando tuve en mis manos el último libro de Arcadi Espada, Un buen tío. Cómo el populismo y la posverdad liquidan a los hombres (Ariel, 2018), me vino a la mente como un fogonazo la imagen de los muros del Monasterio de Rila, dechado de propedéutica y pedagogía.
Un buen tío es la historia de un asesinato, cuya víctima aún respira. El forense es Espada, un perito forense que cumple con la rutina notarial del oficio: una a una va listando las erupciones y las huellas de la patología, hasta que el diagnóstico, como aquellos del Dr. House, es tan demoledor para el paciente, como deslumbrante y pedagógico para el médico practicante: el periodismo, aporreado en el teclado populista, es un arma muy peligrosa en manos de niños que entregados al capricho de sus sesgos pueden liquidar a los hombres. ¡Y sin rendir cuentas por ello! ¡Sin pagar! Se paga la sangre del asesinato, pero la tinta del “character assassination” sale gratis. Se paga la puñalada y el disparo a bocajarro. Las portadas, no. Nadie viene a cobrarte por ellas.
A lo largo de tres años, el diario El País, que no es solo —para decirlo con la misma cursilería con que se llama a Iberia “aerolínea de bandera”— el “diario de referencia” de España, sino, muy probablemente, el diario más influyente hecho en lengua española, publicó 169, ¡ciento sesenta y nueve!, portadas que incluían el nombre de Francisco Camps, a la sazón presidente de la Generalitat valenciana, el gobierno de una de las diecisiete comunidades autónomas que conforman el Estado español. A Camps, que acabó dimitiendo por la presión mediática traducida en presión política y judicial, o viceversa, se le acusaba de haber aceptado cuatro trajes de una trama de empresas a las que presuntamente favorecía con contratos públicos de diversa índole. Ciento sesenta y nueve portadas en tres años por cuatro trajes, una desproporción que debería haber escandalizado a todos y más a los periodistas de otros medios que asistían a la cacería haciendo las veces de ojeadores.
Alguien diría que qué venturoso país —El País—, donde los periódicos pueden tratar con tamaño énfasis una noticia de esa índole con tal asiduidad, qué feliz país donde nada ocurre y qué mundo más venturoso el de la geografía que habita, donde cuatro trajes comprados en una tienda del montón dan para 169 portadas. La realidad, la historia, si prefieren, disipa esa ilusión. Y Espada, puntilloso notario, se ocupa de anotarlo. Los tres años en los que se produjo esa cacería ardua, grotesca ¡y sobre todo estéril!, fueron los de la peor crisis económica que conoció España después de superados los primeros años de la posguerra, años en los que, apenas un dato, el índice de desempleo se encaramó por encima del 25% de la población activa.
De las 169 portadas, Espada selecciona 120, las incrusta en el libro y las acompaña de un doble comentario, uno que sigue la materia de la que se fabrican los hechos, esos animalitos más verticales que casi todos los hombres —“Como las ficciones, las mentiras suelen estar basadas en hechos reales”, escribe—, y otra, donde hace suyas las voces con las que comentó el caso (¡el proceso!) a lo largo de los cuatro años que trabajó sobre el libro.
El periodismo “es una verdad en marcha”, que corre siempre el riesgo de convertirse en “una mentira en marcha”. Encima, en tanto empresa, se enfrenta a retos enormes, entre los que la democratización del acceso a la información no sujeta al fact-checking y la proliferación de fake news multiplicadas por redes de una penetración inmensa, genuinamente masiva, son solo dos. Dos en uno.
El periodismo, como un soldado que recorre el campo de batalla con el bofe fuera, sabe que muere, pero quiere morir matando. Muere cierto periodismo, cabe decir. Como cabe separar al soldado torpón o henchido que se entrega a la muerte sordo, ciego, henchido de rabia o inflamado de orgullo, mientras otros le pasan al lado, más listos, más cautos, afinando mejor la puntería. “El policía, el juez y el periodista pueden y deben trabajar, como el tenista, con independencia de sus convicciones”, escribe Espada.
Creo que fue Juan Abreu quien me dijo que había leído Un buen tío como si fuera un thriller. Una apreciación muy atinada, porque uno va avanzando por lo que parece la perfecta urdimbre de un crimen, la afanosa conspiración contra un hombre. Pero Espada, hombre de un optimismo intelectual a prueba de trajes, piensa, a despecho también de Francisco Camps, que en esta historia por no haber nobleza alguna ni siquiera hay la de la literatura de espías, y que todo se debe, más bien, a la pereza, a la insobornable pereza, aliada con la mala fe, de quienes parecen rendidos a su incompetencia, a la acidia que denunció Mark Thompson en Enough Said.
Un buen tío es un libro sobre “los procedimientos del periodismo”. En una carta que Espada escribió a Javier Moreno, director de El País durante los años de la partida de caza para cobrarse a Camps, que no los trajes, le explica: “mi análisis del caso va más allá de la peripecia concreta del político y el periódico y trata de catalogar los mecanismos retóricos mediante los que el periodismo, aliado con el populismo y una suerte de posverdad before de Webster, destruye a los hombres”. En cierto modo, es también un libro sobre los últimos días del periodismo.
No entraré en los detalles —el juez, el fiscal, el sastre, los trajes, los figurantes, los figurones y los figurines, uno con bigotes, otro con apellido elevado a Gürtel— que los libros se leen y para eso hay que sentarse tras haberlos comprado. Pero sí les recuerdo el final, porque es público y notorio, aunque no todos lo conozcan, porque nadie ha querido dedicarle sus 169 correlativas portadas: Francisco Camps fue absuelto por un jurado popular en sentencia ratificada más adelante por el Tribunal Supremo. De manera que entre la primera y la última portada no hay más que la historia de la infructuosa construcción de una mentira.
Deberás contar con esa verdad incontrovertible cuando avances por las etapas de esta cacería. Yo empecé, al abrirlo, comparándolo con un retablo, aquellos frescos de Rila. Con un Libro de horas, incluso, porque hay su mística, hay un Dios, hay idolillos. ¡Y hay diablillos y muchas diabluras! Y no fue hasta el final que descubrí que hay una alegoría aún más precisa para esta construcción del periodista Espada.
¿Recuerda alguien ahí los folioscopios? ¡Ah, cuánto gozábamos con ellos de niños, con esos librillos hechos de viñetas con dibujos sucesivos que semejaban una película de imágenes en movimiento cuando se pasaban las páginas deprisa! Un buen tío, con sus 120 portadas como viñetas, es un curioso folioscopio de cinéma vérité: la exposición, viñeta a viñeta, de un film, ¡un film de terror!, donde el periodismo traicionó su tarea primigenia, que es acarrear la verdad a la mesa donde tomamos el café de la mañana o la pantalla donde buscamos el color que tiene el Pantone del mundo cada tarde. Un periodismo que se ha metido en un buen lío del que Un buen tío lo advierte con precisión, ay, fenomenal.
El libro Un buen tío. Cómo el populismo y la posverdad liquidan a los hombres (Ariel, 2018) está disponible en librerías desde el 6 de marzo tanto en copia impresa como en formato para lectura digital
Amazon.es Amazon.com Casa del Libro La Central
De contra:
© www.eltonodelavoz.com
Jorge Ferrer - 07/03/18
Categoría: Letra impresa, Libros, Literatura, Rusia, Traducciones | Etiquetas: Bulgakov, Galaxia Gutenberg, La palabra arrestada, Literatura rusa, Pasternak, Shentalinski
Imprimir

Cuando el régimen soviético comenzó a resquebrajarse en la segunda mitad de los años ochenta, el poeta Vitali Shentalinski tuvo una idea que le dio un vuelco a nuestro conocimiento de la represión a los intelectuales desde 1917 en adelante. Shentalinski consiguió que el KGB le abriera una rendija a sus archivos para examinar los expedientes de los escritores perseguidos, vigilados, detenidos y asesinados. Y publicar los inéditos secuestrados, además de hacer público el tormento. No fue tarea fácil, naturalmente, pero los aires de renovación traídos por la Glasnost lo hicieron posible.
Shentalinski recogió ese trabajo en tres volúmenes —Esclavos de la libertad. Los archivos literarios del KGB; Denuncia contra Sócrates. Nuevos descubrimientos en los archivos literarios del KGB; y Crimen sin castigo. Últimos descubrimientos en los archivos literarios del KGB— que fueron publicados en los años noventa y los dos mil, traducidos al español por Ricard Altés y Marta Rebón para la editorial Galaxia Gutenberg. Juntos suman algo menos de 1.800 páginas de un valiosísimo trabajo de archivo. Un legado mayúsculo.
Más de una década después de aparecido el último de esos tres volúmenes, Shentalinski, conjuntamente con Galaxia Gutenberg, ha pensado que era deseable acercar a un mayor número de lectores una versión depurada y enriquecida con nuevos hallazgos en los archivos y un cuidadoso trabajo con las notas, de sus tres libros sobre la vida y la muerte de los escritores soviéticos bajo la represión.
El resultado de esa iniciativa es La palabra arrestada, cuya edición ha sido realizada a mi cuidado y a la que, además, me he sumado como traductor de los textos nuevos.
Ocho son los autores en los que se centra este único volumen: Isaak Bábel, Ósip Mandelstam, Mijaíl Bulgákov, Marina Tsvietáieva, Andréi Platónov, Anna Ajmátova, Maksim Gorki y Borís Pasternak. Ocho historias de hombres y mujeres sin par a los que la maquinaria estalinista aniquiló.
No encontrarás otro libro donde, desde el apego estricto a los documentos arrancados a los represores, los perseguidores, los torturadores, resplandezcan con mayor brillo el talento y la humanidad de ocho escritores extraordinarios, todos ellos entre los más grandes que la literatura rusa ofreció al mundo en el s. XX.
No deberías pasar este libro por alto, créeme. No puedes hacerlo.
Vitali Shentalinski, La palabra arrestada, edición al cuidado de Jorge Ferrer, traducido por Ricard Altés Molina, Marta Rebón y Jorge Ferrer (Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2018, 555 pp.) ha salido a la venta hoy en todas las plataformas online y librerías.
Amazon, La Central, Casa del Libro, Laie
© www.eltonodelavoz.com