Tómense un respiro, pues, que no habrá descanso en los próximos días…
Eso sí, pegados a la Pelona, absoluta Dominatrix de estas horas.
Sirva este montaje de los chicos de Ultra Culture: 36 momentos de clímax asesino en otras tantas películas de Alfred Hitchcock perfectamente sincronizados. (Recomiendo verlo a pantalla completa…)
El Consejo de Seguridad de Naciones Unidas acaba de autorizar el uso de la fuerza para poner fin a la sangría que vive Libia. Y a la aún mayor que la espera, si Muammar al-Gadafi recupera el control del país.
Ay, mamá, ¡deben estar ardiendo los teléfonos de tantos amantes de la paz, de tantos enemigos de la sangre inocente derramada! Los de aquellos mismos que se desgañitaron con el “¡No a la guerra!” cuando los Estados Unidos intervinieron en Irak, porque, ay, faltaba el visto bueno de Naciones Unidas, ¿se acuerdan? Eran legión los súbitos amigos de Saddam Hussein, aquel tipo tan simpático que apuntaba siempre al cielo con sus Kaláshnikov de oro y gastaba bigotes.
Pero ahora tenemos a dictador payasesco, asesino, homófobo y requetemisógino ganando terreno a sangre y fuego en las pantallas. Al-Jazeera, esa televisión tan bonita que es a la Alianza de las Civilizaciones lo que Sarah Palin a la extinción del oso pardo, que diría el pacifista, lo enseña urbi et orbi.
Tan solo faltaba que Naciones Unidas diera el visto bueno. ¡Y ya lo ha dado!
Tiemblen Movistar, Vodafone y Orange aquí en esta España que se desvive por la paz y la concordia universales. Ahora mismo deben estar procesando toneladas de esemeéses con el “¡Sí a la guerra! ¡Pásalo!”
Es verdad que aún no me ha llegado ni uno, pero subo este post y me pongo a ello, que va y las decenas de millares de activistas se han quedado embobecidos con el cierre de temporada de Cuéntame…
Allá voy, y súmese todo biempensante: “¡Sí a la guerra! ¡Pásalo!”
Yo me recuerdo con 14 o 15 años escrutando el cielo de Moscú, donde vivía entonces, a la espera de que se levantara el hongo producido por la explosión de una bomba atómica. Tenía la certeza de que en cualquier momento lo vería alzarse sobre los edificios vecinos. Una certeza que en algunos días o a lo largo de algunas semanas era absoluta.
Y no es que fuera precisamente eso lo que me convertía en un adolescente algo lunático. Millones de adolescentes —y adultos y ancianos— que vivieron aquellos primeros años de la década de los ’80 en las grandes capitales a uno u otro lado del Telón de Acero compartieron ese miedo al Armagedón inminente. Un somero resumen de la impronta cultural de aquellos años «en los que se acababa el mundo» puede verse en este rincón de la web de la Universidad de Colorado.
Aquel peligro fue conjurado, felizmente. Y el fin del bloque soviético trajo la amenaza, muy exagerada y apenas creíble, de la libre disposición de las llamadas mininukes por parte de agentes terroristas. Asunto del que se han ocupado con moderado éxito el cine y charlatanes de toda especie.
Aún antes tuve ocasión, todavía en Moscú, de vivir la tragedia de Chernobyl. Por aquellos años el puesto que ocupaba mi padre en una institución financiera internacional me regalaba la dicha de leer cada fin de semana la prensa occidental que él traía a casa. No era poco, viviendo bajo la censura soviética, dedicar las tardes del sábado o el domingo a la lectura de Financial Times, Newsweek, US News & World Report y, muy especialmente, costumbre que todavía alimento, la sin par The Economist. Todas ellas cubrieron el accidente de la planta nuclear en Ucrania con isotópicos pelos y amenazantes señales. Luego, a pesar del criminal secretismo de las autoridades comunistas, también conocí ese miedo venido del átomo.
Todo eso había quedado atrás, mero recuerdo de la adolescencia y la primera juventud, hasta la histérica abundancia de los medios acerca de los peligros que nos llegan desde la Prefectura de Fukushima. Los medios europeos, ojo. Titulares como maldiciones bíblicas —charlatanería encaramada al pedestal de fango de los periódicos; politiquería fitomedieval; periodismo convertido en antropología para escolares —toda esa insufrible letanía sobre el savoir-être nipón: gente que, ¡fíjate tú!, ni llora ni asalta supermercados——, cuando no en mera proyección de las aventuras de un Godzilla al que apenas se ha visto escama, o dos.
¿Y saben qué? Harto estoy. Luego, métanse Prefectura, díscolo átomo, fisura en el contenedor y jolgorio fin-del-mundista por la misma primera plana donde les quepa.
Ni los japoneses, las víctimas de ahora o las que sean mañana, merecen ser reducidos a meros figurantes de los histéricos vicios de los lectores de periódicos de la mañana en Barcelona o París, ni mucho menos todos los lectores que todavía vamos a abrevar a esas charcas de papel merecemos se nos avise que debemos ir contratando a stalker.