Jorge Ferrer - 09/01/10
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«¡Calentamiento global y una polla, tío!», le decía hace unos minutos un muchacho a otro en la calle. En Escorial, esquina a Sant Lluis, para ser más preciso.
Lo rotundo y gracioso de la expresión, escuchada mientras yo también me congelaba de vuelta a casa, me hizo sonreír.

Ajeno al debate científico en torno a la cuestión, sin haber leído a un Bjorn Lomborg en su vida, ni haberse entretenido con el oscarizado documental de Al Gore, el muchacho protestaba a partir de la mera, y momentánea, experiencia. Hoy hace frío y punto. Esgrimió una navaja de Ockham mal afilada, y ¡zas!
La manera en que la natural preocupación por el destino físico del planeta se ha ido convirtiendo en una suerte de religión provoca esos efectos. El aire apocalíptico, la vena catastrofista del fin-del-mundismo o el fanatismo que muestran algunos conducen a mucha gente más o menos racional a negar que la temperatura del planeta tenderá a subir. Convertidos en furibundos y sincrónicos empiristas, les basta una efímera ola de frío para sostener que el CO2 es inocuo.
La ideologización del asunto, la ventajista manera en que se lo trata desde el llamado Sur y, last but not least, la estigmatización de quienes intentan introducir cordura en el templo de los conversos al Apocalipsis «científico» multiplican el efecto.
La imbécil posición que corre desde hace al menos dos años promoviendo se equipare a quienes niegan el calentamiento global con quienes niegan el Holocausto es la guinda en el pastel de esos apocalípticos que nos quieren a todos integrados. Porque ello significa equiparar a quienes discuten algunas hipótesis de la nueva religión y quienes niegan hechos ya acaecidos.
Conviene sobrellevar estos fríos pegados a la estufa, como conviene enfrentar cualquier fanatismo de viejo o nuevo cuño afilando la navaja de Ockham y bañándola en «luz brillante» quien la tenga oxidada. Presta para cortar limpiamente la mantequilla que venden los fin-del-mundistas.
Pero conscientes de que lo que huele a mantequilla y sabe a mantequilla, tiene todas las trazas de acabar untado en una rebanada de pan.
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Jorge Ferrer - 07/01/10
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El primer problema que plantea la década que comienza a quienes se ocupan de la relación entre Cuba y los EE.UU. no pasa por el embargo, ni por la situación de derechos humanos en la isla, ni el control de fronteras ―aún cuando de ello hemos estado hablando esta semana―, ni la colaboración en el control del narcotráfico, el tráfico de personas o el seguimiento de huracanes. Ni siquiera pasa por el destino de los bolsones de crudo que podrían alojarse en las aguas territoriales cubanas.
Nada de eso, porque a partir de las declaraciones de Ricardo Alarcón hoy, esta década da comienzo con un problema de peso. De peso, en el sentido de magnitud mensurable.
Ninguna década de las relaciones entre Cuba y los Estados Unidos había comenzado en términos más burdos. Ni estériles.
Si, muy esquemáticamente, podemos decir que la década del ’60 dio comienzo con la incertidumbre sobre una invasión norteamericana a Cuba, el alineamiento geoestratégico de Castro con los rusos y la consiguiente amenaza a los EE.UU.; la del ’70 con una Cuba con mecanismos económicos y represivos bien engrasados y los EE.UU. atascados en Vietnam ; la del ’80 con el Mariel, desafío político a ambos gobiernos, y la presidencia de Ronald Reagan; la del ’90 con la Cuba que se hundía en la miseria al perder los subsidios rusos y la consiguiente impresión del «ya viene llegando» y la primera del milenio con la evidencia de la supervivencia del régimen y el paisaje de inercia que ello abrió; ésta que da inicio ahora, la segunda década del milenio, comienza en una farmacia o, si lo prefieren, en una bodega o un cuarto de baño.

Porque la cuestión que la inaugura no es otra que establecer si el peso de un «espía» norteamericano apresado en Cuba equivale al peso de cinco espías cubanos presos en EE.UU. Comienza, pues, con el arte de la política convertido en báscula.
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Jorge Ferrer - 06/01/10
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Mañana, Día de Reyes, me gustaría encontrar que uno de los tres magos de Oriente, o juntos, me ha dejado en la sala a Miguel Ángel Moratinos, a «Curro». Que sea ese mi regalo. No quiero otro.

Ese Miguel Ángel Moratinos, ministro de Zapatero, que cada día se esfuerza más por demostrar que su desprecio a los cubanos supera al de Antoni María Claret, aquel arzobispo de Santiago de Cuba a quien un guajiro picó la cara y pasaba hasta ahora por ser el español que nos odió con más saña. También está en liza Valeriano Weyler, sí, ya sé, pero en su caso se trataba de hijo de puta en guerra. Moratinos, en cambio es un hijo de puta de «período especial en tiempo de paz». Un cerdo criado en una bañadera de Alamar, vaya.
Y quiero que me lo regalen mañana. Sentir desde la cama el hedor que vendría del salón y el gimoteo de ese crápula. Desperezarme, escuchar unos minutos de radio y pasar a aliviar vientre y vejiga, tomar una ducha, afeitarme y bañarme las mejillas con Old Spice, mientras mi regalo me espera acuclillado junto al sofá con su aire marcadamente porcino.
De la ducha iría a la cocina, me tomaría un café revisando sin prisas las portadas de los diarios en el laptop. A esa hora ya Curro estaría recibiendo los mordiscos de Bruno, mi perro, que lleva en sus documentos, y juro que por pura casualidad, el nombre de Bruno Rodríguez ―Rodríguez es el primer apellido de su legítima ama; y mía también, ¡qué caray!―, homólogo cubano de Moratinos.
Saldría por fin al encuentro del regalo dejado por Melchor, Gaspar o Baltazar, o los tres, cuyos camellos habrían despachado de madrugada los dátiles que les dejé hace un rato, como cada año, junto a la puerta de casa.
«¡Sí, me tocó! ¡Me lo trajeron!», exclamaría lleno de gozo mientras Bruno redoblaría sus mordiscos al ministro fofo.
¿Que qué haría después con él?
Ah, no sé. Se me ocurren varias cosas. Bueno, tres. Espera: cuatro…
Pero cuánto me gustaría, ay, cuánto me gustaría encontrarme cara a cara con ese funcionario que nos desprecia y busca humillarnos. A mí, por cierto, por partida doble: como cubano y como español. ¡Vaya si me gustaría encontrármelo!
¿Es tarde ya para escribir carta a los Reyes Magos?
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