Jorge Ferrer - 09/01/10
Categoría: Actualidad | Etiquetas: Agua corriente
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«¡Calentamiento global y una polla, tío!», le decía hace unos minutos un muchacho a otro en la calle. En Escorial, esquina a Sant Lluis, para ser más preciso.
Lo rotundo y gracioso de la expresión, escuchada mientras yo también me congelaba de vuelta a casa, me hizo sonreír.

Ajeno al debate científico en torno a la cuestión, sin haber leído a un Bjorn Lomborg en su vida, ni haberse entretenido con el oscarizado documental de Al Gore, el muchacho protestaba a partir de la mera, y momentánea, experiencia. Hoy hace frío y punto. Esgrimió una navaja de Ockham mal afilada, y ¡zas!
La manera en que la natural preocupación por el destino físico del planeta se ha ido convirtiendo en una suerte de religión provoca esos efectos. El aire apocalíptico, la vena catastrofista del fin-del-mundismo o el fanatismo que muestran algunos conducen a mucha gente más o menos racional a negar que la temperatura del planeta tenderá a subir. Convertidos en furibundos y sincrónicos empiristas, les basta una efímera ola de frío para sostener que el CO2 es inocuo.
La ideologización del asunto, la ventajista manera en que se lo trata desde el llamado Sur y, last but not least, la estigmatización de quienes intentan introducir cordura en el templo de los conversos al Apocalipsis «científico» multiplican el efecto.
La imbécil posición que corre desde hace al menos dos años promoviendo se equipare a quienes niegan el calentamiento global con quienes niegan el Holocausto es la guinda en el pastel de esos apocalípticos que nos quieren a todos integrados. Porque ello significa equiparar a quienes discuten algunas hipótesis de la nueva religión y quienes niegan hechos ya acaecidos.
Conviene sobrellevar estos fríos pegados a la estufa, como conviene enfrentar cualquier fanatismo de viejo o nuevo cuño afilando la navaja de Ockham y bañándola en «luz brillante» quien la tenga oxidada. Presta para cortar limpiamente la mantequilla que venden los fin-del-mundistas.
Pero conscientes de que lo que huele a mantequilla y sabe a mantequilla, tiene todas las trazas de acabar untado en una rebanada de pan.
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Jorge Ferrer - 08/01/10
Categoría: Arte | Etiquetas: Arte
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Luis Cruz Azaceta (La Habana, 1942) ha tenido la gentileza de enviarme aviso de la exposición que inaugura mañana sábado en la Arthur Roger Gallery (Nueva Orleans), y lamento no estar allá para ver in situ su obra más reciente.

Exhiled 50 II, 2009
Cruz Azaceta es uno de los artistas norteamericanos de origen cubano más sobresalientes. Su manera de trasegar con la tradición heredada, reordenar los tópicos desde perspectivas de riesgo y la aventura toda que es su obra entre dos mundos lo sitúan en una dimensión genuinamente transterrada.
Hell Act II, 2009
No por breve deja de ser un muy preciso acercamiento al pintor la nota con que presentaba su obra Iván de la Nuez en Encuentro de la Cultura cubana (Nº 15; Invierno de 1999-2000). Léala quien no conozca a Cruz Azaceta.

Swimming to Havana IV, 2009
E inmediatamente antes o inmediatamente después y allí mismo, una entrevista del propio De La Nuez a Cruz Azaceta.
De contra:
Entre mis satisfacciones como editor, cuento con la de haber podido disponer de una obra suya (Crossing, 1999) para la cubierta de L’Enriquiment de la pèrdua (Edición de Àgata Sol y Jorge Ferrer, Barcelona, CEAR, 2007).
Una cesión a la que Cruz Azaceta accedió sin titubear al saber que se trataba de un libro que recogía textos de escritores refugiados en Cataluña.

Las ilustraciones corresponden a piezas que serán expuestas en Arthur Roger Gallery y aparecen en El Tono de la Voz por cortesía del artista, que le agradezco.
Para consultar el programa completo de ¡Sí Cuba!, la amplia muestra de arte cubano que se presenta estos meses en Nueva Orleans véase el site del evento.
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Jorge Ferrer - 07/01/10
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El primer problema que plantea la década que comienza a quienes se ocupan de la relación entre Cuba y los EE.UU. no pasa por el embargo, ni por la situación de derechos humanos en la isla, ni el control de fronteras ―aún cuando de ello hemos estado hablando esta semana―, ni la colaboración en el control del narcotráfico, el tráfico de personas o el seguimiento de huracanes. Ni siquiera pasa por el destino de los bolsones de crudo que podrían alojarse en las aguas territoriales cubanas.
Nada de eso, porque a partir de las declaraciones de Ricardo Alarcón hoy, esta década da comienzo con un problema de peso. De peso, en el sentido de magnitud mensurable.
Ninguna década de las relaciones entre Cuba y los Estados Unidos había comenzado en términos más burdos. Ni estériles.
Si, muy esquemáticamente, podemos decir que la década del ’60 dio comienzo con la incertidumbre sobre una invasión norteamericana a Cuba, el alineamiento geoestratégico de Castro con los rusos y la consiguiente amenaza a los EE.UU.; la del ’70 con una Cuba con mecanismos económicos y represivos bien engrasados y los EE.UU. atascados en Vietnam ; la del ’80 con el Mariel, desafío político a ambos gobiernos, y la presidencia de Ronald Reagan; la del ’90 con la Cuba que se hundía en la miseria al perder los subsidios rusos y la consiguiente impresión del «ya viene llegando» y la primera del milenio con la evidencia de la supervivencia del régimen y el paisaje de inercia que ello abrió; ésta que da inicio ahora, la segunda década del milenio, comienza en una farmacia o, si lo prefieren, en una bodega o un cuarto de baño.

Porque la cuestión que la inaugura no es otra que establecer si el peso de un «espía» norteamericano apresado en Cuba equivale al peso de cinco espías cubanos presos en EE.UU. Comienza, pues, con el arte de la política convertido en báscula.
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