Oh, sí, sí. Yo el primero que cree que las instituciones europeas han de seguir de cerca el proceso de expatriación de gitanos rumanos emprendido por el gobierno francés.
Y el primero en recordar que el Tercer Reich exterminó en los campos de la muerte a unos 220.000 gitanos.
Y uno más de los que creen que un procedimiento de retorno obligatorio no tiene nada que ver con el Holocausto, ni en el más remoto de los extremos, y consideran que es repudiable, además de imbécil, haberlos asociado.
Uno más, también, de los que creen, no obstante, que cualquier singularización de una etnia, cuando se trata de aplicar medidas punitivas, aun en materia de inmigración, es de todo punto repudiable. En Europa y donde sea.
Y uno, por último, que atiende en medio de toda la alharaca presuntamente democrática lo que manifiestan, ocultos en el anonimato de la red, pero votando click a click, los lectores, esos ciudadanos ante una pantalla rutilante.
Y lo que dicen los biempensantes lectores de La Vanguardia, periódico editado en Barcelona, capital de la región de España a la que se sospecha podrían venir a parar muchos gitanos salidos de Francia, es esto:
Uno tremendista. Pero pertinente. Que hay que cuidarse la boca con la que pedir perdón por comer fast food. Es del Physicians Committee for Responsible Medicine (PCRM) y será emitido el 16 de septiembre.
Y sé de él porque resulta que hoy lo han prohibido en Reino Unido. Lo ha hecho la Advertising Standards Authority a partir de diez quejas. Léase la «sentencia». Los lamentos de The Lady, que no es la monja sino la revista que publicó el anuncio, ilustran la estupidez reinante.
Los anuncios de los helados Antonio Federici han jugado siempre con la idea del pecado dentro de la Iglesia. Nada extraordinario, porque no se han metido en el fondo de la cuestión. Nada que escandalice demasiado, porque no se han ocupado de la realidad. No han mostrado a sacerdotes sodomizando a niños o niñas impúberes, por ejemplo. Ni a curas abriéndoles las boquitas a esos mismos niños y niñas para meterles dentro sus penes fríos como rincones de sacristía. ¡Y mira que eso último para anuncio de helados iría que ni pintado!
¡Nada de eso! Simplemente han mostrado a sacerdotes homosexuales o a monjas con pinta de tener ganas de follar. O como ahora, a una bella novicia follada y preñada. ¡Vaya cosa! ¡El mundo se va a acabar!
Hoy, por cierto, aparecerá por allá Joseph Ratzinger, actual usufructuario de la silla de Pedro. El teólogo Ratzinger, capataz de institución a la que le crecen los enanos ―expresión, ay, algo desafortunada en este caso. Y seguramente pedirá perdón, como se estila ahora, cuando no vivimos en «sociedad del perdón», sino en sociedad de gente que pide perdón como quien pide la hora.
Diez cristianos ofendidos y dale a prohibir.
¡Bah! Eso Diocleciano nos lo hubiera resuelto en un pispás.
Hay muchas cosas que me divierten. Y hay algunas que no me divierten ni pizca. Entre las últimas, que manoseen mi nombre agentes del totalitarismo más brutos ―por brutos― y miserables ―por esconderse tras anónimo para insultar a mujeres― que la madre que los parió.
Hoy leo en el blog de «Yohandry», una burda construcción urdida en La Habana tras la que se esconde lo más retardatario que conoce el intercambio de información sobre Cuba en la red, que soy un «conocedor de los manuales secretos de los llamados “chicos creativos de la CIA”» y un «obediente mercenario cultural del siglo XXI».
También que existiría «un post de Ferrer que [llama] a la sublevación dentro de la Isla y [da] detalles del papel de Estados Unidos para la victoria final».
El Frankestein/Yohandry cita también a Eliades Acosta Matos, quien por lo visto se ocupó de mí en libro publicado hace par de años que no me molesté en comprar: Siglo XX. Intelectuales militantes. Que de lectura de panfletos castristas, las justas.
Acosta Matos, a la sazón Jefe del Departamento de Cultura del Comité Central del Partido Comunista de Cuba; a la postre, defenestrado, escribió cosas como las que siguen ―siempre según las citas de Yohandry:
«Jorge Ferrer, escritor cubano que desde Barcelona se ha jurado, gallardamente, luchar hasta el último estertor del mouse de su computadora, por el derrocamiento de la Revolución en la Isla».
También sostuvo que represento «los intereses restauradores del capitalismo en la Isla». Algo que para Acosta Matos equivale a ser un anti-cubano.
Hay cosas que no me divierten, decía.
Y tal vez la que menos sea constatar que hay tantos cubanos incapaces de pensar en libertad y concedérsela a quien no comparte sus opiniones. Así, constato que lo más despreciable de La Habana me tilda de agente de la CIA y mercenario. ¿Tengo que anotar que no me sorprende?
Con todo, lo cierto es que el presente de Cuba depende en gran medida de la capacidad de los cubanos para pensar la libertad y, sobre todo, ejercerla.
Y esa no es lidia para la que todos seamos aptos. Los mamporreros digitales del castrismo, por supuesto que no.
A mí que no me pidan la hora, que no les va a servir. Llevamos relojes muy distintos.
Foto: mi Bruno, aliado de la Cosa Nostra. Como yo agente de la CIA, vamos.