La cámara de televisión enfoca a unos ancianos que visten guayaberas blancas tocados con sombreros de yarey y el locutor grita con voz de tiple: «¡Viva la juventud cubana!»
Eso fue el pasado 1 de mayo, en plaza de nombre en litigio ―como casi todo en el país de marras―, que si cívica, que si de la revolución.
Días más tarde la junta de venerables nombra nuevo cofrade. Cofrade viejo, en verdad. De apellido Lussón, con historial en las mismas guerrillas que auparon a esos viejos y antes, ¡vaya!, tronado por ellos mismos.
Seguidamente viaja cantante dizque contestatario a la ciudad donde viven todos los viejos, más otros, que huyeron de los viejos primeros y dice que no le gustan los actos de repudio que los viejos, los primeros y los segundos, auspician.
Antes o al mismo tiempo o vaya usted a saber, cesan, cese con fecha de término, los mencionados actos de repudio a instancias de un cura de relevancia. Relevante entre curas y parece que también entre los viejos del «¡Viva la juventud cubana!»
Seguidamente viaja al país una mujer, brillante parlamentaria española, para enseñar a un buen señor cómo se organiza un partido político desde la nada. Partido con el que remover el dominio del yarey. Los sombreritos ni se inmutan ante ese conato de ventolera.
Inmediatamente después un empresario que comparte nacionalidad con la ilustre pedagoga felicita al Comandante Yarey, suerte de viejo de todos los viejos, por su extraordinaria lucidez.
El color del verano. Así tituló Reinaldo Arenas novela hilarante sobre ese país imposible.
El olor del metano podría titularse la que cuente ahora la actualidad de ese país cada vez más curioso. El metano, ya saben: masivo, inocuo y a la vez explosivo.
El reto de su protagonista sería resolver esa última dualidad pareciera que imposible. La clave, se me ocurre, deberá encontrarla en el trenzado del yarey.
Teníamos los sobrados testimonios que Lumen nos empaquetó en su «primera época» y teníamos la correspondencia desde la cárcel, las escasas entrevistas. Contábamos, cómo no, con la abundante Céliniana: memorias, diccionarios, sesudas tesinas. Teníamos hasta legisladores censurando sus panfletos ―las Bagatelles pour un massacre, Les Beaux Draps, L’Ecole des cadavres…. Esos a la vez detestables y primorosos panfletos de Céline, todavía secuestrados al lector libre. Si libre ―de la censura propia y ajena; de sus propias manías― es algún lector.
Sabíamos sin dudas que Louis-Ferdinand Céline ―aquel de cuyo Viaje al fin de la noche, traducido al ruso por los comunistas Elsa Triolet y Louis Aragon dijo Stalin que era uno de sus libros preferidos― fue antisemita rabioso y entusiasta pro-nazi.
Es que por saber, casi sabíamos que hasta los gatos le ronroneaban a Hitler en la casi siempre estival abulia de Meudon.
Con Céline, menos leerlo hoy lo que merece, se ha hecho de todo. Lo ha hecho la moralita, ese mineral bulldozer de la memoria soi-dissant histórica.
Oh, pero ahora tenemos foto. ¡Fotazo, man! ¡Fotaza, tío!
Están que no se quieren esos de L’Express chupando memorabilia canadiense. El Adrien Arcand de Jean-François Nadeau, uff.Fiestecita en el Tubo y todo. ¡Lo han pillado, al avieso Dr. Destouches! ¡Vaya facha!
La pregunta número tres, después de otras dos tan obvias que me ahorro anotarlas, es si esto ayudará a que se lea a Louis-Ferdinand Céline. Si esta «revelación» servirá para que en el sosito XXI se practique la lectura espasmódica a la que nos sometió el Maestro. Quiero pensar que sí, que sólo los atormentados son legibles aunque a ratos sean ilegibles.
Definitivamente, chico, Céline nos da más trabajo a los célineanos que Joyce a los joyceanos… ¡Y fíjate que es mucho decir!
Y otro al que, hoy también, se vio jugar a esto (la boca, los gestos):
Esta tarde, comprando en el mercado de abastos de Gràcia ―allí, en parada que yo me sé, venden unos frijoles negros llegados del norte de México que habrían hecho salivar a Linneo― me llegó el siguiente diálogo desde la carnicería contigua:
―¿Lo tendrás para mañana?
―En la tarde, sí.
―Me pasaré.
―Pásate.
En esta España cuya clase política alcanza las cotas más bajas desde, al menos, el salpafuera de Fuenteovejuna, tengo por seguro que la breve transacción en el mercado será mañana mucho más útil a la marcha del país que el encuentro de esos dos zoquetes.
Lástima que sean ellos quienes hablen a los ojos de mosca de los micrófonos y se froten contra las rotativas.