Jorge Ferrer - 11/05/10
Categoría: Oposición | Etiquetas: Memoria
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No me alcanzan los dedos de las manos, y tengo diez a pesar de que una amiga de Miami Beach me llame Homer, por el de Springfield, para contar las veces que he oído jurar que ya sale, que ya mismitico sale, el libro definitivo sobre las UMAP.
(Las Unidades Militares de Ayuda a la Producción, para los no versados en la maraña de siglas del castrismo. A saber, los campos de trabajo establecidos en Camagüey y abiertos ―¡es un decir!― entre 1965 y 1968. Su propósito: reeducar a los cubanos que, apagada la resistencia armada al nuevo régimen, se resistían a ser fagocitados por la garganta totalitaria.)
Tientos ha habido y el atendible Un ciervo herido de Félix Luis Viera es uno. La UMAP: el Gulag castrista, de Enrique Ros, es otro. Testimonios hay aquí o allá: José Mario dejo alguno que no consigo encontrar ahora. Él parecía, creí, alguien destinado a escribir ese libro crucial.
Lo cierto es que ese libro también nos falta ―¡como si no nos faltaran libros!
Como probablemente les suceda a muchos lectores de esta página, me ha tocado escuchar testimonios diversos sobre el paso por las UMAP. Aún en Cuba, tuve la suerte, por decirlo así, de contar con el testimonio de uno de los guardias. Convertido a la sazón en chofer de una embajada europea en La Habana, trabamos relación gracias a los ires y venires a la residencia de una funcionaria de esa embajada y una noche se apareció en mi casa con una botella de ron que le desató la lengua y le azuzó la memoria. No era ocasión ni era ciudad, pero sobre todo no era país, para echar a andar la grabadora. ¡Lástima!
Hace unos días cené con alguien que se jamó dos años en las UMAP. Y el asunto se encaramó a la mesa, como un perro malcriado.
Y sí, testimonios hay, uno tras otro. De vejaciones, de trabajos forzados, de torturas, de algunas muertes.
Oye, ¿de veras nadie se encargará de llenar esa laguna en la memoria colectiva de los cubanos con libro que sitúe aquella experiencia de «reeducación» en los términos que merece?
Mientras antiguos funcionarios del régimen de La Habana reescriben su historia con ahínco, las víctimas apenas han conseguido que su voz sea oída y respetada. Tan oída y respetada como merecen.

De contra:
Tomo la imagen que ilustra este post del magnífico Archivo de Connie.
Véase este artículo publicado por el diario El Mundo en La Habana. Apareció el 14 de abril de 1966 y saluda las bondades de las UMAP, tan útiles, tan buenas.
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Jorge Ferrer - 10/05/10
Categoría: Media | Etiquetas: Mimbres de la Voz
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Tengo un «friend» en Facebook que se llama Jorge Ferrer.
Es otro Jorge Ferrer. Como yo soy uno más y apenas eso. En el listín telefónico de Barcelona constan cuatro más. También sé de otros, porque me llegan los RSS de entradas que anotan esa secuencia entrecomillada de nombre y apellido y entre ellos hay empresario muy activo, jefe de policía en región de Argentina, diplomático cubano, futbolista de no recuerdo ahora qué liga y hasta un cantante o animador.

Hace meses Jorge Ferrer me envió una invitación o como quiera que eso se llame. Lo hizo por la coincidencia de nombres. Y yo acepté, naturalmente. Hasta donde algo puede ser «natural» en Facebook o semejantes aldeas digitales.
Hice bien.
Jorge Ferrer, mi «friend» en Facebook, es colombiano, estudia derecho, es muchísimo más joven que yo y a juzgar por las fotos que sube a su Wall se beneficia de vez en cuando a unas colombianas que me lucen la mar de apetecibles. «¡Bien por Jorge Ferrer!», me digo cada vez que veo a alguna de sus conquistas. Y siento un ridículo orgullo, como si fuera yo el beneficiario de las carnes y los «papito» de esas nymphets ―con Nabokov.
(Ahora se me ocurre que puede que no debí anotar esto último, porque hace un tiempo Jorge Ferrer cambió su estado a «In a relationship» y va y le jodo la tal. Cuando lo hizo, por cierto, dije muy orondo en casa: «Jorge Ferrer va sentando cabeza». Y M. puso cara de eso-no-lo-voy-a ver-yo-jamás…)
Ayer alguien anotaba en la Wall de Jorge Ferrer: «caleño porfa no se le olvide llevarme el libro de ciencia y libertad el lunes q tengo q estudiar para el examen del cdc!!!»
No sé qué es cdc para esa «friend» de Jorge Ferrer, y a juzgar por el comentario también su condiscípula, pero este mediodía, cuando salía a comer a «El cubano», un restaurante que yo me sé en Sant Martí, donde gané, ya MUY bien comido, seis juegos de dominó ―sendas pollonas incluidas―, y apenas perdí dos, me detuve un instante en la puerta.
Sentía que olvidaba algo. «¿No tengo que llevarle un libro a alguien? Algo de Hayek, tal vez…», pregunté a M. Y ahí recordé que no.
Que eso le toca mañana a Jorge Ferrer. Al otro.
¡No te olvides, tocayo!
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Jorge Ferrer - 08/05/10
Categoría: Oposición | Etiquetas: Agua corriente
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La historia me la han contado esta noche y es absolutamente verídica.
Un célebre compositor y músico cubano, cuyo nombre se me rogó omitir y a ello me atengo, viajaba en autobús hace unas semanas. Por La Habana. Llevaba camisa y pantalón blancos de hilo, atuendo que suele cultivar. Acudía a un ensayo. El compositor de marras es homosexual. Marcadamente homosexual, por decirlo así.
Cuando le toca el turno de apearse del autobús ―la guagua, vaya―, coincide en la salida con una «santera». Vestida la última de blanco inmaculado y la cabeza cubierta con tocado del mismo color.
Bajan ambos a la calle, avanzan dos pasos y media docena de policías se abalanzan sobre ellos, los maniatan y los empujan hacia un coche. Los gritos de ambos ―el estupor del músico; el salpafuera de la santera― alertan a los policías.
Los «identifican».
―Sigan, sigan ―les dice por fin el jefe. Y aclara a modo de disculpa―: Es que pensamos que eran Damas de Blanco.
Media hora antes, averiguó el compositor, las Damas de Blanco se habían manifestado por aquella misma esquina de la que habían sido desalojadas precisamente en un autobús.
―Está de pinga La Habana ―contó después―. Sale una a la calle envuelta en níveos paños y enseguida la confunden con una Dama de Blanco.
Anotado queda, pues. Para quienes sostienen que nadie sabe en La Habana quiénes son las Damas de Blanco y afirman que su presencia en las calles les resulta indiferente a los cubanos.
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