Jorge Ferrer - 08/01/10
Categoría: Arte | Etiquetas: Arte
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Luis Cruz Azaceta (La Habana, 1942) ha tenido la gentileza de enviarme aviso de la exposición que inaugura mañana sábado en la Arthur Roger Gallery (Nueva Orleans), y lamento no estar allá para ver in situ su obra más reciente.

Exhiled 50 II, 2009
Cruz Azaceta es uno de los artistas norteamericanos de origen cubano más sobresalientes. Su manera de trasegar con la tradición heredada, reordenar los tópicos desde perspectivas de riesgo y la aventura toda que es su obra entre dos mundos lo sitúan en una dimensión genuinamente transterrada.
Hell Act II, 2009
No por breve deja de ser un muy preciso acercamiento al pintor la nota con que presentaba su obra Iván de la Nuez en Encuentro de la Cultura cubana (Nº 15; Invierno de 1999-2000). Léala quien no conozca a Cruz Azaceta.

Swimming to Havana IV, 2009
E inmediatamente antes o inmediatamente después y allí mismo, una entrevista del propio De La Nuez a Cruz Azaceta.
De contra:
Entre mis satisfacciones como editor, cuento con la de haber podido disponer de una obra suya (Crossing, 1999) para la cubierta de L’Enriquiment de la pèrdua (Edición de Àgata Sol y Jorge Ferrer, Barcelona, CEAR, 2007).
Una cesión a la que Cruz Azaceta accedió sin titubear al saber que se trataba de un libro que recogía textos de escritores refugiados en Cataluña.

Las ilustraciones corresponden a piezas que serán expuestas en Arthur Roger Gallery y aparecen en El Tono de la Voz por cortesía del artista, que le agradezco.
Para consultar el programa completo de ¡Sí Cuba!, la amplia muestra de arte cubano que se presenta estos meses en Nueva Orleans véase el site del evento.
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Jorge Ferrer - 07/01/10
Categoría: Actualidad | Etiquetas: Agua corriente
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El primer problema que plantea la década que comienza a quienes se ocupan de la relación entre Cuba y los EE.UU. no pasa por el embargo, ni por la situación de derechos humanos en la isla, ni el control de fronteras ―aún cuando de ello hemos estado hablando esta semana―, ni la colaboración en el control del narcotráfico, el tráfico de personas o el seguimiento de huracanes. Ni siquiera pasa por el destino de los bolsones de crudo que podrían alojarse en las aguas territoriales cubanas.
Nada de eso, porque a partir de las declaraciones de Ricardo Alarcón hoy, esta década da comienzo con un problema de peso. De peso, en el sentido de magnitud mensurable.
Ninguna década de las relaciones entre Cuba y los Estados Unidos había comenzado en términos más burdos. Ni estériles.
Si, muy esquemáticamente, podemos decir que la década del ’60 dio comienzo con la incertidumbre sobre una invasión norteamericana a Cuba, el alineamiento geoestratégico de Castro con los rusos y la consiguiente amenaza a los EE.UU.; la del ’70 con una Cuba con mecanismos económicos y represivos bien engrasados y los EE.UU. atascados en Vietnam ; la del ’80 con el Mariel, desafío político a ambos gobiernos, y la presidencia de Ronald Reagan; la del ’90 con la Cuba que se hundía en la miseria al perder los subsidios rusos y la consiguiente impresión del «ya viene llegando» y la primera del milenio con la evidencia de la supervivencia del régimen y el paisaje de inercia que ello abrió; ésta que da inicio ahora, la segunda década del milenio, comienza en una farmacia o, si lo prefieren, en una bodega o un cuarto de baño.

Porque la cuestión que la inaugura no es otra que establecer si el peso de un «espía» norteamericano apresado en Cuba equivale al peso de cinco espías cubanos presos en EE.UU. Comienza, pues, con el arte de la política convertido en báscula.
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Jorge Ferrer - 06/01/10
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Mañana, Día de Reyes, me gustaría encontrar que uno de los tres magos de Oriente, o juntos, me ha dejado en la sala a Miguel Ángel Moratinos, a «Curro». Que sea ese mi regalo. No quiero otro.

Ese Miguel Ángel Moratinos, ministro de Zapatero, que cada día se esfuerza más por demostrar que su desprecio a los cubanos supera al de Antoni María Claret, aquel arzobispo de Santiago de Cuba a quien un guajiro picó la cara y pasaba hasta ahora por ser el español que nos odió con más saña. También está en liza Valeriano Weyler, sí, ya sé, pero en su caso se trataba de hijo de puta en guerra. Moratinos, en cambio es un hijo de puta de «período especial en tiempo de paz». Un cerdo criado en una bañadera de Alamar, vaya.
Y quiero que me lo regalen mañana. Sentir desde la cama el hedor que vendría del salón y el gimoteo de ese crápula. Desperezarme, escuchar unos minutos de radio y pasar a aliviar vientre y vejiga, tomar una ducha, afeitarme y bañarme las mejillas con Old Spice, mientras mi regalo me espera acuclillado junto al sofá con su aire marcadamente porcino.
De la ducha iría a la cocina, me tomaría un café revisando sin prisas las portadas de los diarios en el laptop. A esa hora ya Curro estaría recibiendo los mordiscos de Bruno, mi perro, que lleva en sus documentos, y juro que por pura casualidad, el nombre de Bruno Rodríguez ―Rodríguez es el primer apellido de su legítima ama; y mía también, ¡qué caray!―, homólogo cubano de Moratinos.
Saldría por fin al encuentro del regalo dejado por Melchor, Gaspar o Baltazar, o los tres, cuyos camellos habrían despachado de madrugada los dátiles que les dejé hace un rato, como cada año, junto a la puerta de casa.
«¡Sí, me tocó! ¡Me lo trajeron!», exclamaría lleno de gozo mientras Bruno redoblaría sus mordiscos al ministro fofo.
¿Que qué haría después con él?
Ah, no sé. Se me ocurren varias cosas. Bueno, tres. Espera: cuatro…
Pero cuánto me gustaría, ay, cuánto me gustaría encontrarme cara a cara con ese funcionario que nos desprecia y busca humillarnos. A mí, por cierto, por partida doble: como cubano y como español. ¡Vaya si me gustaría encontrármelo!
¿Es tarde ya para escribir carta a los Reyes Magos?
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