Jorge Ferrer - 28/09/12
Categoría: Agua corriente
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El equipo de campaña de Mitt Romney me trae a la pantalla esta imagen del cubano-americano Andy García

Tengo a Andy García por un buen tipo. Soy de los que defienden la tercera edición de El Padrino, porque Andy, ya me entiendes… Y de The Lost City no dije palabra. Mudo me quedé al verla y mudo seguí, porque Andy. Bueno, ese buen García…
Por tener con el bueno de Andy, tengo hasta un sobrino político a quien llamaron Andy en un pueblo de Mayabeque en su honor. Sobrino de los más queridos. Tenemos y defiendo hasta conexión retrospectiva (si me quieren fino), pues.
Pero, oye, en serio, Andy, coño, socio, asere, man. ¿De veras Barack Obama es el peor presidente en la historia de los Estados Unidos? ¿Seguro que es para tanto la cosa? ¿No será que la historia de los Estados Unidos es un poquito más larga?
Ojo, Andy, bro, compatriota, que va y la búsqueda por Andy García + overacting en Google se dispara.
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Jorge Ferrer - 26/09/12
Categoría: Mimbres de la Voz
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Cumplí años hace un par de días. Bobadas, porque en realidad apenas sumé uno más al calendario de mi vida. No es que se me encaramaran varios de golpe, no. Fue uno solo. ¡Bah! Uno es nada.
Dada la insignificancia del trámite, el día transcurrió como cualquier otro domingo. ¡Y, feliz simetría, recayó en domingo! Dormí hasta tarde, bajé a dar un paseo y a la vuelta compré un par de cajas de comida tailandesa en Wok Verdi. Y Coca Colas. Después cargué con el peso leve del Kindle, me bajé algo desde Amazon, leí un rato y a las cinco y media ya nos encaminábamos —con M.— de vuelta a la calle Verdi —BeVerdi Hills la llamamos en sorna los de Gràcia— a ver una película en el cine del barrio. Verdi, también.
La película —la «romana» de Woody Allen—, mala. Pero uno cultiva los viejos afectos, más si es día de cumpleaños, y se ríe y hasta da alguna patadita de aprobación cuando gag anticomunista. Uno es así. Uno tiene sus vicios. Casi todos nobles.
Salimos del cine y tomamos un par de copas. Charlamos. Que si el cumpleaños, que si esto, que si aquello, que si Woody Allen está acabado, el pobre, pero lo queremos, que si el cumpleaños.
Hacia las nueve de la noche volvíamos a casa. Dejamos atrás la calle Bruniquer y subimos por Escorial para alcanzar Sant Lluis y buscar la nuestra.
Y ahí apareció X. De repente. Desde el pasado.
Con X. comencé a trabajar cuando llegué a Barcelona hace diecisiete años. Colaboramos durante algo más de un lustro y nos despedimos de manera nada ortodoxa —si lo ortodoxo es despedirse con un abrazo— hace unos diez años. Jamás lo volví a ver desde entonces. Apenas supe de él durante el primer año de nuestro desencuentro. A partir de ahí se desvaneció. Una pena, porque nos unieron momentos extraordinarios. Pero la vida no es otra cosa que una sucesión de momentos extraordinarios y penas. Las buenas vidas, que las hay peores.
Charlamos unos minutos. Me emocioné, aunque supe disimularlo con mi legendaria cara de palo y las manos bien sujetas en los bolsillos. Los detalles de la conversación no les interesan a ustedes, así que nos los ahorro. Confirmé que pasaba por esa calle, a un tiro de piedra de mi casa y en mi cumpleaños, por una circunstancia totalmente azarosa. De hecho se lo veía como extraño en ella, como un viajero perdido en un paisaje ajeno. Estaba ahí, deduje, porque era un regalo que me hacía la vida en día en que cumplía años de cifra redonda. Un regalo con trampa, porque me obligaba a hacer memoria, a serla. (Cifra redonda, dije, y alguno querrá adivinarla. Me la callo, pero al que me dé 35 le consigo descuento en alguna tienda de Miami, Madrid o Barcelona, según IP y énfasis. Y al que me dé 40, lo mismo.)
No quedó ahí la cosa. Cuando X. se alejaba, sonó mi teléfono. Tengo instalado un timbre muy peculiar —la voz (auténtica) de un policía cubano llamando a «planta», pero de eso les hablo otro día. Esa llamada requiere flashback: la víspera de mi cumpleaños un muy pero que muy reducido número de familiares y amigos habíamos bebido una copa en mi casa. Brindamos cuando el reloj marcó la Medianoche. Z., allí presente, me había llamado a la mañana siguiente, la del día que nos ocupa, el del cumpleaños, para contarme que se había dejado la billetera en el taxi que lo devolvió a su casa. Perdió carnés y tarjetas e imagen de la Virgen del Cobre, y también una nada desdeñable suma en efectivo. Cuatrocientos euros, para ser más preciso en este guarismo que en el de los años cumplidos. Habíamos lamentado juntos esa pérdida y le recomendé llamar a las compañías de taxis y a la Oficina de objetos perdidos del Ayuntamiento de Barcelona, por si acaso. Lo descartó.
Y bien, mientras X. se alejaba y yo pensaba que el pasado es un animalito tierno, Z. me llamó para decirme que acababa de recibir la visita de un taxista que le traía su billetera intacta. Guiado por la dirección que consta en el documento de identidad, ese hombre que se gana la vida con dificultad en esta ciudad con más licencias de taxis que sonrisas, se tomó el trabajo de buscar a su cliente y devolverle la billetera.
Recibí unos cuantos regalos golosos en mi cumpleaños —¡di que treinta y cinco, dale!; ¡di que cuarenta al menos, porfa!—, pero la inopinada aparición de la memoria de mi pasado en esta ciudad y el testimonio de la integridad de sus ciudadanos fueron los más brillantes. Todavía refulgen.
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Jorge Ferrer - 20/09/12
Categoría: Letra impresa, Libros, Poscomunismo, Rusia
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Caviar with Rum. Cuba-USSR and the Post-Soviet Experience (Palgrave Macmillan) ha salido ayer a la venta. Editado por Jacqueline Loss y José Manuel Prieto, recoge una larga docena de ensayos que abordan la relación entre Cuba y la URSS/Rusia a la luz de la experiencia poscomunista. El volumen, cuyo origen está en un evento que nos reunió antes en University of Connecticut, es una referencia de primer orden en estudios cubanos. A Loss y Prieto debemos un trabajo espléndido -el encuentro en Connecticut, primero; este libro que fija lo pensado allá, ahora- que los coloca como verdaderos pioneros de un género de estudios sobre la cultura y la política cubanas bajo el prisma de su inserción en el imaginario “soviético” y la experiencia poscomunista.
Por cortesía de Palgrave Macmillan, que agradezco, inserto unos pocos párrafos del ensayo que escribí para ese libro: “Around the Sun: The Adventures of a Wayward Satellite”. De la traducción al inglés se encargó con notable acierto Anna Kushner.
En español, publiqué aquí hace un tiempo la primera versión de otro fragmento de ese texto. Fue en ocasión de la muerte del cineasta Roberto Fandiño, quien dirigió el corto Gente de Moscú.
El índice (allí todos los autores) y la introducción al libro están disponibles aquí.
Caviar with Rum. Cuba-USSR and the Post-Soviet Experience está disponible en Amazon, otras librerías online u offline y en el site de Palgrave Macmillan.
Nadie lo pase por alto.

Around the Sun: The Adventures of a Wayward Satellite (un fragmento)
Jorge Ferrer
Any account of Soviet involvement in Cuba or of the scope of the encounter between the two countries on the drawing table of geopolitical cartography must take into account a basic fact, namely, Cuba’s persistent tendency toward exceptionalism. A fair amount of historical materialism’s teleological efforts, effected with all the passion that the discussion of subjects in academies and institutes in Havana and Moscow, Santiago or Minsk allowed, to insert Cuba into the map of rising world socialism, could have been spared by merely focusing on the felicitous significance of that encounter for the Soviet Union, who gained a satellite in the Western hemisphere, but especially for Cuba, which, upon becoming socialist, went up a rung in the tremendous scale of its own exceptionalism.
The former Key to the New World and Holding Wall of the Indies, the Cuba that was called the “Switzerland of America” or “Turkey of America,” the province that was responsible for an unrivalled economic miracle in the Spanish colonies, all and each of the manifestations of that island’s impulses, all that time devoted to achieving what Jorge Mañach called “the nation we need” and occupying a singular place in history, and also the Cuba of Lezama’s myth of insularity or that boasted of macroeconomic statistics in the 1950s, were all fulfilled and surpassed upon the insertion of Cuba in the Soviet camp.
As such, once the union was established, while not exempt from some early infidelities, the marriage was deemed lasting and perfecting in line with the invented tradition of Cuban singularity.
In that marriage, the wedding coins exchanged far exceeded the thirteen dictated by tradition. No country was ever better compensated, in addition to being showered with metaphysical good fortune. No real or presumed satellite ever saw its nationalist passions fulfilled to such an extent, from a situation of dependence and with a medal on its chest marking its zeal for exceptionalism. A medal inscribed with the words: “First Socialist Territory in the Americas.”
(…) It was precisely during the Cold War years the use of the term “satellite” was consolidated to refer to countries dependent on a power governing their fates, subjecting them to a metropolitan dictate. As such, first the countries of Eastern Europe, then North Korea, and Cuba all gained the astronomical, and humiliating, designation, when they weren’t simply called “puppet states” acting in that theater of low-grade war.
Let’s review, from the Cuban perspective, the evolution of that orbit that had, like all orbits, its moment of greatest proximity, or perihelion, and of greatest distance, or aphelion, an echo of the final rift. Naturally, given that politics is ruled by weaker laws than astronomy, both moments underwent variations. Some, marked by the state-controlled spontaneity of Castro’s politics, which maintained—like the rest of the countries of the so-called Eastern Bloc—spaces for dissent from the guidelines that were outlined by the Kremlin. Finally, the celebrations in Havana marking the 90th anniversary of the October Revolution opened up a curious fissure in the negationist discourse of Soviet influence, to which I will return further on.
(…)
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