Jorge Ferrer - 03/07/12
Categoría: Literatura, Rusia
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El pasado viernes recogí en la Embajada de Rusia en Madrid una Mención Especial del Premio “La literatura rusa en España” que concede la Fundación Borís Yeltsin. Se trató de la tercera edición del Premio y la segunda donde se me distingue con ese reconocimiento.
El galardón me fue otorgado esta vez por mi traducción de El libro negro, de Vasili Grossman e Ilyá Ehrenburg, publicado por Galaxia Gutenberg y ya en su cuarta edición.
Como dije allí, y también en algunas entrevistas antes, El libro negro es un monumento a la memoria de las víctimas de la sinrazón del totalitarismo nazi y sus doctrinas racistas como pocos conoce la literatura universal. Haber tenido el privilegio de traducir esas 1.200 páginas de testimonios del horror y con ello dar voz en lengua española a los supervivientes constituye un honor extraordinario y una experiencia mayúscula en diversos órdenes. Fueron esas víctimas y los supervivientes quienes acudieron a mi mente cuando recibí la feliz noticia de que el jurado del Premio tuvo en cuenta mi trabajo. Fue también a unas y otros a quienes dediqué allí esta distinción.
Doy las gracias a los tantos lectores de El libro negro, algunos de ellos lectores de ETDLV. Y animo a confrontar esas páginas terribles, también hermosas, a quien aún no lo haya hecho.
En ETDLV he enlazado antes a reseñas de El libro negro y a entrevistas que me hicieron diversos medios, lo he comentado y hasta he insertado un fragmento.
La fotografía aparece por cortesía de Yolanda Delgado.
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Jorge Ferrer - 02/07/12
Categoría: Bruno, Deportes
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La selección nacional de fútbol de España consiguió esta noche un hito: dos títulos de la Eurocopa consecutivos con un Campeonato Mundial, el jugado en Sudáfrica, en medio. El insolente reclamo de que no hay dos sin tres se vio coronado por un éxito rotundo.
En el deporte colectivo, como en cualquier otra empresa, alcanzar cotas de excelencia sostenidas e incontestables está al alcance de muy pocos.
Esta generación de futbolistas españoles será estudiada como un modelo de éxito que apenas conoce pares. O tal vez no los conozca, porque puede que nadie haya conseguido más desde una humildad clamorosa, un compañerismo que tiene un aire de infantil apego al barrio y una capacidad extraordinaria de sublimar lo minúsculo, lo elemental, la migaja más inflada por la levadura del juego -el tikitaka en este caso.
No parecen ser precisamente virtudes españolas, pero visto lo visto más valdría que se las tenga en cuenta cuando se reforme la Constitución.
Bruno* y un servidor, ¡claro!, salimos a las calles de Gràcia, Barcelona, a celebrarlo debidamente ataviados.

*Bruno no mira a la cámara porque había portentoso cachorro hembra en posición semisedente en la dirección a la que mira absorto. Perdónenlo. Al final, no es más que un animal de instintos y la perra… Bueno, la perra meaba.
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Jorge Ferrer - 28/06/12
Categoría: En El Nuevo Herald, Letra impresa
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El precio de una marca devaluada
Jorge Ferrer
Regreso a Barcelona después de pasar una semana entre el sur de la Florida y Nueva York. Llevo más de diez años viajando a Estados Unidos y encontrando siempre aquí un moderado pero sostenido entusiasmo por España. Decías venir de Barcelona y todo eran elogios y alabanzas. Que acababas de pasar unos días en Madrid y te repasaban todos los museos en lista que abría El Prado y cerraba el “Museo del Jamón”. España fue una fiesta de una década, mientras sus empresas se expandían por medio mundo, significativamente por Latinoamérica, y las páginas del Financial Times coreaban su “milagro”. Fue una novia de piernas largas en fiesta que duró más de la cuenta. Hasta que se sacaron las cuentas, precisamente.
El descalabro económico que ha padecido el país en los últimos años, el estrépito con que se derrumba una economía que presenta cifras de desempleo enormes y exige ser rescatada por los mecanismos financieros de la Unión Europea están hoy a la vista y en boca de todos. Pero hay otro fenómeno, masivo, que ha de preocupar a mediano y largo plazos. El respeto que inspiraban antes la economía española o la creatividad de sus emprendedores han cedido el paso a comentarios que se mueven entre el desdén y la conmiseración, la desconfianza y la velada acusación de que estábamos engañando a todos. De que lo de España fue un timo de grandes proporciones.
La situación adquiere a ratos visos cómicos: la misma persona que hace unos años me dijo en Nueva York que el festival de música electrónica Sónar era un foro de música electrónica sin igual, me dice ahora que no es de extrañar que se hundiera la economía española cuando en ocasión de asistir a “un festival de música en Barcelona” no vio más que masas de jóvenes “drogándose” y de juerga hasta el amanecer. O una amiga de Miami que hace un par de años me contó enfervorecida el viaje que había hecho desde Andalucía hasta Barcelona en “esos maravillosos trenes de alta velocidad”, cayó ahora en la cuenta de que la ocupación de los trenes era baja y me preguntó cómo diablos habíamos costeado infraestructuras tan sofisticadas. Con todo, la mayor sorpresa me la deparó una conversación con dos amigos de los Cayos de la Florida, fieles amantes de la gastronomía catalana y siempre ávidos de intercambiar sobre las últimas novedades en esa materia, que recordaron de repente una terrible indigestión producida por ciertos mariscos ingeridos en un célebre restaurante de la calle Gran de Gràcia.
Ya se sabe que a perro flaco, todo son pulgas, sí.
La cosa no pasaría de una mera colección de anécdotas si no fuera porque apunta al dramático hundimiento de la llamada “Marca España”, la niña de los ojos de todos los gobiernos recientes de España cuya promoción consiguió posicionar al país en un sitio de privilegio entre las naciones punteras del mundo, como imán de inversiones, destino turístico, paradigma del bienestar y foco cultural y de ocio –gastronomía y deportes incluidos.
La sensación ahora, “pillada” España in fraganti, es la de un país de vendedores de crecepelo, la de unos embaucadores que engañaron a medio mundo con un milagro que no pasaba de ser una puesta en escena donde todos los vecinos de Fuenteovejuna estaban, en verdad, del lado del Comendador.
A España le esperan años duros, los vive ya, y un reajuste de su modelo económico y social que transcurrirá a la par que en buena parte del resto de Europa. Pero el mayúsculo daño hecho al prestigio del país en tanto “marca” de éxito podrá tardar muchísimos más en ser reparado. Hacerlo costará horrores, tantos como los que ya estamos viendo.
La columna “El precio de una marca devaluada” aparece en la edición de hoy del diario El Nuevo Herald.
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