Jorge Ferrer - 11/09/11
Categoría: Agua corriente, Memoria
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Nunca vi en pie las dos torres del World Trade Center.
El 11 de septiembre de 2001 almorcé en Qu & Qu, un restaurante del Paseo de Gràcia tocando a la Gran Vía. Desde allí subí con Eva y el amigo con el que habíamos comido hasta la heladería de Häagen-Dasz en Rambla de Catalunya. Tomamos los postres. Era un delicioso día de verano en Barcelona. No recuerdo de qué hablamos. No lo recuerdo en absoluto.
Terminados los helados, me aposté en una esquina en busca de un taxi. De repente un amigo al que no veía desde hacía largos meses, tal vez año y algo, detuvo su coche delante de nosotros. No hubo tiempo para alegrarnos del encuentro. O no era tiempo para eso. «Dos aviones se acaban de estrellar contra las torres del World Trade Center», nos dijo.
Fue el primer aviso, todavía ciego.
En el taxi, un locutor de radio describía las imágenes que nosotros aún no podíamos ver. Las de los dos colosos en llamas, que habría dicho antes un guionista de Hollywood. «Seguro son dos helicópteros, que Nueva York está llena de helicópteros», aventuró el taxista.
Tardamos unos siete minutos en llegar hasta Valencia, esquina a Marina, donde vivía entonces. No creo haya imagen que se grabara jamás en mi mente como la que me mostró el televisor hacia el que me abalancé sin cerrar la puerta detrás de mí. Me fui a la cama unas diez horas después con los ojos ardiendo.
En los primeros días de noviembre de 2001, a menos de dos meses del suceso que dio inicio al siglo, viajé por primera vez a los Estados Unidos. Cumplidos mis compromisos con la Feria del Libro de Miami, tomé un avión a Nueva York.
Llegué tarde en la noche. A la mañana siguiente me llevaron a ver el espacio vacío que las torres ocupaban apenas dos meses antes.
A lo largo de estos años he evocado siempre aquel ataque brutal contra Occidente según la cronología que acabo de describir. Los dulces placeres de un día «normal» en nuestras vidas antes del 11/S, la absoluta estupefacción de las diez horas pasadas ante el televisor y la imagen del espacio vacío de la Zona Cero en una ciudad, un mundo, que todavía olía a cenizas, a polvo, a desolación.
Diez años más tarde, años de guerras, de masacres islamistas, de trasiego con las encontradas nociones de libertad y seguridad y de colapso económico, «vacío» es el nombre. La década del vacío. O del vaciado, mejor.
¡Pero arriba esos ánimos! ¡Piensen que en el verano del año catorce del siglo XX estábamos empleados en la Gran Guerra, mientras que ahora ya hemos bailado sobre el cadáver de Osama, ahorcamos a Saddam, tenemos a Gaddafi a punto de caramelo y vivimos entretenidos en «salvar a Grecia»!
Así de gaya es esta que llamamos, cada vez con menos alegría, civilización grecolatina.

De contra:
En la memoria.

ACTUALIZACIÓN:
Una lectora me envía esta imagen generada por Wordle con los nombres de las víctimas según su frecuencia en el luctuoso listado que enlacé arriba.
¡Gracias!
Bendita sea la memoria de las víctimas, sean mayoritarios Michael o Joseph, o sean esas esquinadas Linda y Mary.

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Jorge Ferrer - 09/09/11
Categoría: Agua corriente
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Tocando el final del debate de anoche entre los candidatos del GOP asomaron, asomamos, los cubanos. Y no por la cuestión del embargo. Tampoco por la dictadura comunista de La Habana y la posición que EE.UU. debería jugar para ayudar a desmontarla.
Asomaron, asomamos, los cubanos, porque la inefable Michele Bachmann defendía la eliminación de subsidios a los inmigrantes y se sirvió de palanca que había encontrado en reciente viaje a Miami. Allí tuvo ocasión de visitar el museo de la Brigada 2506 —que conozco y me felicito de haber visitado— y tomarse un cafecito en el Versailles —que me felicito de visitar con mucha más frecuencia que el museo. Y vio la luz: hispanos que la animaban a cerrar filas contra toda «blandenguería» con los inmigrantes. Duro con ellos y con sus hijos, la animaron. Y ella, claro, vio servida en bandeja la excusa: si hasta los hispanos abogan por ser duros con los hispanos, ¿por qué no pedir leña?
Véase a Bachmann, veámonos a nosotros (en 1:06:15 —llévese el cursor hasta ese punto para que corra el video):
http://www.youtube.com/watch?v=9xFsaeBLJns
Naturalmente, no ignoro que la cuestión de la inmigración ilegal es un problema que debe enfocarse con pragmatismo y sin demagogias. Pero creo, sé, que también con generosidad.
Que los cubanos, nosotros sí beneficiarios en los EE.UU. de una ley de ajuste hecha a medida y que nos libera, por suerte, de las penurias que enfrentan otros millones de inmigrantes, aparezcamos como valedores del discurso de cero subsidios a las familias de inmigrantes ilegales llegadas de otros países me parece mal. ¡Qué digo «mal»? Me produce vergüenza.
Pero los cubanos, ya lo sabemos, siempre podemos extender los límites del extremismo basado en odio prestado. ¡Cómo si nos faltaran pruebas!
h/t: Ariana Hernández Reguant @ Facebook
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Jorge Ferrer - 07/09/11
Categoría: Agua corriente
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A mi fiel Bruno, esa noble criatura, le ha quitado el apetito la reacción de Silvio Rodríguez ante el affaire Pablo en Miami. Este Silvio vs. Pablo que el primero ha ido desgranando en la sábana de comentarios de su blog, como quien opina de boxeo desde fuera del ring, pero soltando guantazos. (Los comentarios de Silvio, en accesos más directos aquí y aquí.)
A sus tiernos dos años y piquito de edad, el bueno de Bruno conoce pasablemente la cancionística de ambos trovadores. Descendiente tal vez de aquel can que daba razón de ser a los gramófonos His Master’s Voice, tiene un privilegiado oído musical y se ufana de melómano, alarde que le ha valido montar con placentero éxito a un par de caniches snobs del vecindario, hembras las dos. Quienes se asomen a las listas de su cuenta en Spotify Pet Premium verán que ambos vates, Silvio & Pablo, tienen allí su asiento. No creo que se decante por uno o por otro, que sea «silvista» o «pablista», y no me atrevo a preguntárselo a estas horas después de los dos malos días que lleva.
—Bruno, desmaya ese tragiquismo, asere —le dije esta mañana mientras desayunábamos. A Bruno le hablo en cubano por aquello de hacer patria, aunque sea patria de perros—. ¿Qué más te da que Silvio quiera seguir siendo Silvio y a Pablo le haya dado por ser cada vez más Pablo?
—Ese singáo de Edmundo —ladró por respuesta y se rascó el flanco izquierdo buscando pulga que no vive ahí—. Dame su e-mail que le voy a escribir ahora mismo.
—Deja a Edmundo tranquilo que si te responde no vas a entender lo que te escriba. Y te lo digo por experiencia. ¡Y no ladres malas palabras, chico!
—Ese singáo de Edmundo —repitió, sordo a mis humanas razones.
—Edmundo no tiene culpa de nada —intenté tranquilizarlo—. Además, ¿desde cuándo perro come perro?
—Todo iba tan bien, compadre —ladró apenas con las orejas gachas. Cuando se pone melancólico, a Bruno se le pone cara de Schopenhauer—. Teníamos a esos dos trovadores bien encaminaditos. Silvio con sus críticas sosas pero eficaces en La Habana; Pablo con las suyas en el extranjero, más subiditas de tono. Y todo en los periódicos cada vez que piaban o pitaban. ¿No viste el editorial que publicó la revista Pelo, pico y pata de julio pasado? Era un ocaso perfecto y bien administrado. Singáo Edmundo.
—Tómatelo por el lado bueno, Bruno. Cada vez que los revolucionarios polemizan habrá más revolucionarios que adopten la posición del díscolo. Es una win-win situation. ¡No falla!
Saltó del butacón y se extendió sobre la alfombra.
—¡No falla! —ladró—. A ustedes lo único que nunca les falla es el gusto por hacer el ridículo. Pablo Milanés escribiéndole a Edmundo, al singáo de Edmundo, —«¡Esa boca, Bruno!», lo interrumpí— y ustedes felices y contentos con el show. Ahora Silvio no volverá a escribirse con Carlos Alberto Montaner. ¡Con lo que a mí me gustaba frotarme contra el laptop cada vez que se querían!
—Siempre se pierde algo, sí —admití—. Pero sé positivo, perro, coño. Goethe pidió más luz cuando agonizaba. Nosotros la estamos teniendo…
—¡Goethe ni Goethe ni la cabeza de un dálmata con garrapatas! Sácame a mear, anda… —me pidió.
—Además, fíjate que he leído en el blog de una importante… —avancé para darle ánimos, pero me cortó irguiéndose sobre sus cuatro patas.
—Grr… —gruñó—. Cagaré también, de paso.

ACTUALIZACIÓN:
Y pica y se extiende. Pablo le responde a Juan Pin lo que cree de las diatribas de Silvio y el segundo publica las respuestas en su blog y pide a Cubadebate que lo imite.
¿Cómo se dirá “Continuará” en jerga nuevatrovesca?
“La era está pariendo un dramón”, me apunta Bruno.
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