Olvidado Fidel Castro

- 20/08/11
Categoría: Cambios en Cuba, Castro & Family, En El Nuevo Herald
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Olvidado Fidel Castro

Por Jorge Ferrer

Hace unos días Fidel Castro celebró sus ochenta años de vida y cinco de sobrevida. Ochenta y cinco en total, desde que vio la luz en Birán. Entonces, Gerardo Machado iba camino de convertirse en el primer dictador cubano y Carlos Baliño, fundador del primer partido comunista que conociera Cuba, no sumaba dos meses muerto.

Habrá soplado las velitas –nunca tantas como los años cumplidos, que a ciertas edades es aconsejable privilegiar la síntesis sobre la literalidad–, encerrado en su casa de La Habana, ciudad en la que cada vez se interna menos la camuflada ambulancia que le sirve de automóvil. Sus años de sobrevida transcurren en paralelo, y de espaldas, a transformaciones que van modificando “poco a poco” –la reunión de adverbios predilecta de su hermano y heredero– algunos aspectos del paisaje económico y social de Cuba.

Nadie lo ha negado en público desde los micrófonos a los que hablan sus sucesores. A esos ojos de mosca les siguen escupiendo los “vivafidel” de siempre, pero él sabe que lo negaron los pupilos que alguna vez mimó –lo hicieron Carlos Lage, Felipe Pérez Roque y Fernando Ramírez de Estenoz a risas broncas recogidas por micrófonos ocultos– y que esa negación no fue más que el intempestivo y descuidado asomo de otra más extendida.

Sabe que lo que en La Habana llaman “actualización” del modelo cubano –el mismo que, según dijo a Jeffrey Goldberg, no sirve ni para Cuba–, tiene mucho de ejercicio gatopardista, pero no ignora el carácter implosivo de la mezcla entre el relajamiento de la presión ideológica y el crecimiento de la autonomía económica de los individuos. Cada una de las iniciativas que salen del Consejo de Ministros que ya no preside –desde el incentivo al trabajo por cuenta propia hasta la flexibilización de las transacciones económicas entre los ciudadanos o el fin del ominoso apartheid que impedía a los cubanos alojarse en instalaciones hoteleras– apuntan a él en tanto responsable de la insoportable rigidez del socialismo cubano. Es imposible que el disminuido autócrata pueda ignorar que los cubanos se felicitan de que sea cadáver, aunque lo sepan todavía entretenido frente al televisor o las noticias de mundo en el que alguna vez brilló.

En su encierro, y después de ensayar durante largos meses el afanoso hobby de cincelar el monumento que quiere dejar de sí mismo, celebra los 85 años de edad mientras discursos y espejos lo enfrentan con un fantasma al que nunca temió: el olvido. Ya no escribe artículos que alimenten las prensas de Granma y el estercolero de Cubadebate. Los últimos amigos que hizo, esos siempre aquiescentes delfines del Acuario Nacional, llevan meses sin mirar a sus ojos tristes o asistir a sus peroratas. Renqueante y esperpéntico, ha abandonado sus apocalípticas exposiciones del fin-del-mundismo para manosear con dedos temblorosos los informes sobre el cáncer que padece su epígono venezolano. Le resulta más perentoria la salvación del sosias que le deparó el destino, ese Hugo Chávez que resultó una alegría prepóstuma, que atender a lo que sucede en una Cuba que ahora se le antoja tan ajena como la montblanc y la corbata al notario jubilado.

No sé si Fidel Castro conserve la suficiente lucidez para asistir a su muerte en vida, pero me gustaría pensar que la observa con claridad siquiera opiácea. Como quiero imaginar que entretenido con las tostadas del desayuno o el caldito del crepúsculo, sea consciente de la facilidad y el alivio con que lo han olvidado los cubanos, gente tan maleducada que no tuvo la elegancia de esperar a que se muriera de veras para darlo por muerto y enterrado.

La columna “Olvidado Fidel Castro” aparece publicada hoy en El Nuevo Herald.

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Atravesamos la ciudad vacía…

- 09/07/11
Categoría: En El Nuevo Herald, Letra impresa, Poscomunismo, Rusia
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Maullidos de Rusia
Por Jorge Ferrer

Atravesamos la ciudad vacía a una velocidad de vértigo de camino al hotel. He dormido poco en el avión y apenas atino a distinguir si estoy efectivamente en Moscú o en Brighton Beach, Brooklyn, moviéndome por ese paisaje de vallas publicitarias que venden lofts, sofás de piel a precio de saldo y viajes a Malasia con mensajes escritos en cirílico y tonos chillones.

El amable taxista, a quien ya dejé saber que soy extranjero fluido en lengua rusa, me señala un espigado edificio en construcción. Sus últimas seis o siete plantas no han sido revestidas de paneles de hormigón y por ellas corre el aire viciado de la ciudad. «Lleva mucho tiempo así», me informa: «Construyeron más plantas de las permitidas y ahora no saben cómo eliminar las sobrantes ni a quién sobornar para mantenerlas y vender los apartamentos», abunda con un guiño.

La graciosa pifia y las opciones para salir de ella -un alarde ingenieril o el hallazgo de las manos que untar en una ciudad que cambió de alcalde recientemente- no definen con plena justicia el estado de la Rusia postcomunista a fecha del verano del 2011, pero sirven para acercarse a esa mezcla de solidez del gobierno e incertidumbre ciudadana que uno encuentra aquí a cada paso.

Rusia ha sido siempre una máquina enorme cuyos engranajes piden aceite. Y el Moscú que experimenta hoy a medias hartazgo y orgullo mayúsculos veinte años después de haberse despedido de la marca URSS -aquella CCCP que asociamos en Occidente a los astronautas o a los deportistas soviéticos en los Juegos Olímpicos- es una ciudad que divide a los pesimistas y los optimistas en partes desiguales que, en mi experiencia, da ventaja a los segundos pero encuentra mejor argumentación en los primeros.

Las fotos de la bicefalia que gobierna el país, Dmitri Medvedev y Vladimir Putin, y la indefinición sobre quién se presentará a las elecciones del año próximo despiertan una preocupación que rebasa el mero interés por las conjuras y componendas palaciegas. El rostro y el discurso modernos de Medvedev, su diáfana apuesta en favor de una economía más desestatizada y una sociedad más abierta contrastan con los aires restauracionistas que encarna Putin. Hay mucho más en esa dupla que la mera estrategia de enfrentar a Occidente desde la ventajista dialéctica del policía bueno y el malo. Detrás de Putin y Medvedev hay una masa social que facilitará que cualquiera de los dos continúe llevando las riendas del país, pero hay también una sociedad dividida entre el clamor por la modernización del sistema político y la dinamización de la economía, por un lado, y, por otro, el temor a que se desdibuje el perfil de una Rusia que desde un nacionalismo tan feroz como inseguro se niega a ser desplazada hacia la periferia de la arena internacional.

Con todo, pocos discuten que el camino de Rusia para poner a brillar la letra «R» en el acrónimo BRIC acuñado por Goldman Sachs —Brasil, Rusia, India y China—, el conjunto de las potencias llamadas a dominar los flujos de la economía mundial hacia mediados de este siglo, pasa por abandonar la pulsión agónica en sus relaciones con los EEUU y Europa, a la vez que por la definitiva construcción de una democracia con letra inicial mayúscula. En definitiva, cultivar la transparencia -glasnost, ¿les suena?- tanto hacia afuera como dentro.

Pero por ahora nos pasa con esa Rusia lo que con el gato de Schrödinger: escondido en la caja de sus vicios geopolíticos, nunca sabemos con certeza si el democrático gato está vivo o está muerto.

El artículo «Maullidos de Rusia», de Jorge Ferrer, aparece en la edición del 8/7/2011 de el diario El Nuevo Herald.

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