Una familia con (mucha) suerte

- 03/04/12
Categoría: En El Nuevo Herald
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Una familia con suerte

Por Jorge Ferrer

Benedicto XVI dejó La Habana bajo la lluvia del pasado miércoles después de reunirse con un espectral Fidel Castro. El dictador ya muy disminuido le hizo muchas preguntas. Entre otras, le habría preguntado que a qué se dedica un Papa. Y aunque el heredero de Pedro no le replicó preguntándole que a qué se dedica un autócrata en retiro parece ser que ese Castro vestido como para salir a correr le confió que se dedica al estudio de las vías por las que este mundo camina hacia su fin.

Habrá sido un delicioso diálogo de inspiración milenarista entre dos ancianos antes separados por la excomunión de uno y el enfrentamiento del segundo a la Teología de la Liberación. Joseph Ratzinger ocupa silla a la espera del fin de este mundo y Fidel Castro lleva un par de años asegurándonos que el mundo se acaba con él, porque catástrofes sin nombre se ciernen sobre nosotros, pecadores sociales que somos.

A algunos cubanos de los doce millones en la Isla o el Exilio que seguían la visita papal les interesan, cómo no, el calentamiento global, la magnitud de los arsenales nucleares o el relativismo moral que denuncia el heredero de Pedro. Pero más, mucho más, les gustaría que Cuba recuperara la normalidad secuestrada por una dictadura que lleva más de medio siglo emponzoñando a cubanos contra cubanos. El espectáculo de ver a Raúl y a Fidel Castro reuniéndose con Benedicto XVI –acompañado de su mujer y dos de sus hijos el segundo; siempre seguido por su nieto el primero, aunque no exista evidencia gráfica del encuentro con la “familia” de Raúl Castro que anunció el Vaticano– los enfrentó a una exposición de la familia Castro como no habían visto antes jamás. Muchos Castro, demasiados. Tres generaciones de Castro.

El patrimonio que una misma familia ha ejercido sobre el país por medio siglo se mostró durante esta visita con una obscenidad que ninguna disculpa vaticana permite excusar. Ningún jefe de Estado, y Joseph Ratzinger lo es, concedió antes tal atención pública a la familia que gobierna Cuba y ha separado a tantas otras por medio de la prisión, el exilio o el encono.

Claro que el pollo del arroz con pollo de esta visita está en otro lado. Sus muslos, pechuga y hasta alita, la derecha. La Iglesia ha ido ganando a lo largo de esta última década de tardocastrismo una presencia en el precario espacio público cubano y una interlocución extraordinarias con el gobierno. Constituida ya de facto en la única institución cuyos discursos sociales y políticos son tolerados, ahora avanza con ínfulas en busca de una presencia mayor. No pide la devolución de una Villa Marista desde la que se sabe también vigilada, pero ansía catequizar en los colegios e intervenir así en esa joya desvaída del castrismo que es su sistema educativo. Invertir euros en un decrépito “logro revolucionario” a cambio de ganarle espacio a las iglesias evangélicas que suman fieles a montones en los barrios más desfavorecidos y el campo cubano.

La apuesta de la Iglesia es legítima. Y muchos cubanos la consideran también deseable. Pero igualmente legítimo y mucho más deseable es que la pluralidad social y política que encarnan los grupos opositores, entidades paraestatales o iniciativas independientes en la Isla o el exilio accedan también y con reconocimiento equiparable a la palestra pública cubana.

Esta visita papal, con sus alusiones al mañana que ya se anuncia, sus llamados a la reconciliación y al ejercicio de la libertad falló dos veces a declaraciones tan estimulantes. Lo hizo al silenciar a la oposición, primero. Pero lo hizo, y con una gravedad simbólica espeluznante, al rodear a Benedicto XVI de tres generaciones de la familia Castro, la que todos queremos imaginar es el exacto reverso del mañana invocado.

Este artículo aparece publicado en la edición de hoy del diario El Nuevo Herald.

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Un “Secretario general” postcomunista

- 09/03/12
Categoría: En El Nuevo Herald
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Mismo Putin, nuevas aguas

Por Jorge Ferrer

Como tantos occidentales que han visitado Rusia, Alexander von Humboldt no lo tuvo fácil cuando viajó allá en 1829. Nicolás I asignó un funcionario que velara por la buena marcha de la expedición del célebre naturalista. Pero el sabio y su involuntario cicerone no se entendían. Cuando el primero arrancaba hierbas de las márgenes de un río y pedía al segundo hundir los pies en el agua y alcanzarle una porción de cieno, el ruso creía que buscaba humillarlo. El alemán buscaba comparar los brotes que crecían en tierra firme y los que lo hacían bajo el agua. Pero el ruso –se lo contó a Alexander Herzen–, se hacía el sordo. Humboldt se exasperaba y ello solo servía para que su ayudante se afianzara en la idea de que el despótico occidental buscaba algo más que comparar hierbajos. Era otro el déspota al que servía, pero una equívoca idea del orgullo y una peor noción de la libertad le impedían cobrar conciencia de que le estaba negando un servicio a la ciencia, a su país.

Vladimir Putin no ganó las elecciones del pasado domingo porque hiciera trampas en las legislativas de noviembre pasado o en estas presidenciales. En ambas se produjeron irregularidades –flagrantes en noviembre; numerosas después–, pero creer que a ellas se debe la victoria de Rusia Unida sería desconocer la evolución del paisaje sociológico del país.

Putin ganó porque el control sobre la prensa que ha ejercido el gobierno ruso ha rebasado los límites que se permitiría sin sonrojo una democracia con inicial mayúscula. Pero también, y sobre todo, porque una mayoría del electorado se siente cómoda en la idea de que Rusia ha de recuperar el peso geopolítico que la desaparición de la URSS quebró y considera que la estabilidad económica ganada en los últimos años es un tanto en la cuenta de quienes gobiernan. Poder, madurez e independencia fueron nociones repetidas una y otra vez durante la campaña, las mismas que seducen a una población expuesta a sostenido rearme ideológico en clave nacionalista.

¿Eficaz populismo? Sí. ¿Amenaza de vuelta al pasado soviético? Ninguna. Otros son los tiempos y otras las apetencias. Rusia es una economía que ostenta buenos enteros y un país distante del caos postsoviético. Luego, tampoco es el espacio donde se desarrollará una nueva primavera democrática.

Con todo, el país que Vladimir Putin recupera para un mandato de seis años que lo convertirá, de agotarlo, en una suerte de “secretario general” del postcomunismo ha conocido en los últimos meses una movilización espectacular de la sociedad civil. Por una vez, la cuestión ahora no es cuánto va a cambiar el país su nuevo presidente –que ni siquiera es nuevo, en sentido estricto–, sino cuánto ha cambiado ese país en los meses previos a su entronización y cómo enfrentará Putin el nuevo paisaje poblado por gente que se manifiesta en las calles y exige transparencia – glasnost, ¿se acuerdan?– y una radical modernización del sistema político y económico.

Deliciosa paradoja: quienes se manifiestan en favor de la democratización son los mismos que se han beneficiado de la bonanza económica del postcomunismo gestionado por las elites del Antiguo Régimen. Crecieron hasta tocar un techo que ahora ha fijado la Rusia rural y obrera y exigen participar de un proceso de toma de decisiones que les ha sido usurpado por una casta política amiga del clientelismo, la corrupción y una verticalidad de una rigidez apoteósica.

Por mucho que Putin acuse a sus opositores de responder a Occidente, no hace falta un Humboldt que acuda hoy a pedir que remuevan el fango. Rusia, pacificada a golpe de diktat, está tan agitada como las aguas de aquel río de los Urales.

La columna «Mismo Putin, nuevas aguas» aparece publicada en la edición de hoy del diario El Nuevo Herald.

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Algunos vuelven a Cuba

- 16/02/12
Categoría: Cambios en Cuba, En El Nuevo Herald, Letra impresa
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Viajes de ida y vuelta

Jorge Ferrer

Un colega regresa de Cuba y me cuenta anécdota jugosa. Acudió a fiesta en casa donde asaban puerco. Al fondo, en el patio, varios invitados se afanaban en torno a la caja china donde la carne comenzaba a dorarse. Una animada discusión dividía a los improvisados cocineros. Mi colega se acercó, a medias generoso, a medias intrigado, a ver en qué podía ayudar. Muy pronto descubrió que poco podía aportar viniendo de Barcelona.

En torno al animal que se asaba en una casa de Marianao, la discusión la protagonizaban dos espadachines. Uno empuñaba botella de mojo comprado en Winn-Dixie; el otro se defendía con botellín de la marca Badia adquirido, aseguraba, en “el Publix ese latino de Hialeah”. Y dirimían, en La Habana, las virtudes de cada uno de esos jugos venidos del Norte para sazonar la carne del pinareño puerquito que yacía, crucificado y sordo, a un palmo del carbón.

La anécdota, con lo suyo de criollo, resulta ilustrativa de un proceso que ha convertido la frontera entre la Florida y Cuba en un muro de una porosidad extraordinaria. Se viaja desde el aeropuerto de Miami con ajustadores y plasmas desajustados, pero también con los sabores y las marcas del supermercado. La Habana y Camagüey, Miami y Hialeah, comparten una misma lengua.

Que los bienes de consumo que ansían en la isla se queden allá no es novedad. Sí lo es que un número escaso, pero creciente, de cubanos que alguna vez se marcharon del país regrese a establecerse en la isla. Que lo hagan con proyectos parejos a los que los hicieron emigrar es una cifra con la que no contábamos antes, pero ahora pide turno en la cola de esa matemática tan sofisticada que es la cubanología. Que lo hagan decepcionados de la vida que imaginaban llevar fuera de las fronteras de Cuba y estén dispuestos a pedir el último en el aeropuerto de Rancho Boyeros para manifestar que vuelven de regreso es consecuencia de la crisis económica que afecta a Occidente y, con especial saña, a los inmigrantes que acudieron a comer del pastel inflado por la levadura del bienestar.

Pero también es anuncio de una Cuba con paisaje distinto al que empujó a muchos a emigrar. Hasta hace bien poco solíamos decir que con tal de abandonar Cuba, los cubanos huían hasta a los rincones más inhóspitos del mundo. Ahora son pocos los que no saben de alguien que haya regresado desde España, México o Miami. O que estudie hacerlo.

A alguno le podrá tentar la idea de que vuelven los perdedores. Que regresan quienes no consiguieron emprender vidas prósperas más allá de las fronteras de la isla. Pero hay elementos que conspiran contra esa opinión, porque son muchos los que vuelven con proyectos profesionales que esperan hacer avanzar en el nuevo marco legal cubano y beneficiarse de oportunidades de negocio que no descubren en los países a los que emigraron.

Hay más. Por ejemplo, que dos de los proyectos contestatarios más interesantes que enfrenta el régimen de La Habana sean obra de sendos retornados. Tanto Generación Y –el blog de Yoani Sánchez– como Estado de Sats –el espacio público independiente que anima Antonio G. Rodiles– se deben a personas que “escaparon” de Cuba y años después volvieron a asentarse en la isla.

Los cubanos no han renunciado a emigrar en busca de un futuro mejor en la Florida, Barcelona o Yucatán. Tampoco estamos ante retornos numerosos como tal vez se produzcan ante una transición hacia la democracia. Pero es evidente que la evolución de lo que alguna vez llamaremos “modelo cubano” está conociendo, aun desde su extenuante parto, una curiosa revolución que es un reto para cierta “idea del exilio”, como también para la manera en que imaginamos la Cuba presente y también la futura.

Este artículo aparece publicado en la edición de hoy, 16/02/2012, del diario El Nuevo Herald.

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