Jorge Ferrer - 04/10/11
Categoría: Exilio, Viajes
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Hace unos días aterricé en Barajas, Madrid, en avión que partió de Barcelona. El vuelo era de esos que llevan al hub que es Barajas a pasajeros que se disponen a tomar vuelos a distintos puntos de América y el Caribe. Los había que viajaban a Cancún y Managua, La Habana y San José, Santo Domingo y Miami. Y más.
Al aterrizar y antes de que abrieran la portezuela del avión, nos levantamos a sacar el equipaje y tomar turno en la cola para abandonarlo. Ahí nos encontramos cara a cara, y a apenas un metro de distancia, con los pasajeros que viajaban en los asientos anteriores a los nuestros, una pareja, ambos sobre los treinta anyos. Por lo visto, nos habían oído conversar durante el vuelo, y ella preguntó, todo sonrisas:
―¿Ustedes también viajan a La Habana?
―No, a Miami ―respondí, como la cosa más natural del mundo. Que lo es.
―Ay, disculpe… ―me respondió la muchacha, con circunspección fuera de lugar y escondiendo la sonrisa en el bolsillo. Su acompanyante viró la cara, visiblemente incómodo.
M. y yo nos miramos. Ella con esa mirada de reproche que bien conozco. Injustificado, esta vez también.
Pasó un minuto. O minuto y medio. Ya tocaba bajar del avión.
―Ustedes sí van a La Habana, ¿no? ―pregunté.
―Sí ―sin entusiasmo.
―Ay, qué rico ―les dije―. Qué envidia me dan: pásenselo muy bien, oigan.
Entonces se miraron ellos. Iban a decir algo. No lo hicieron. Ni las gracias me dieron.
La escena, brevísima, de cuatro cubanos que se encuentran en un avión que conduce a dos de ellos a Miami y a otros dos a La Habana fue espesa como el plomo.
Me interesa menos el por qué que desentranyar cuán sinceros fuimos los cuatro. Con nuestras palabras, nuestros gestos y nuestros silencios. Descubrir quiénes éramos, somos, los genuinos poscubanos, si ellos de camino a La Habana o nosotros de camino a Miami.
A veces no sé muy bien qué hacer con estas cosas (todavía) cubanas.
Pero sé, si algo, que prefiero pensarlo aquí, tan al norte de La Habana, pero tan cerca de ella, como para que la pregunta aún nos concierna a los cuatro.
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Jorge Ferrer - 31/08/11
Categoría: Agua corriente, Exilio
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Pablo Milanés, que es muchas cosas, y entre ellas un icono de la etapa apoteósica de la revolución cubana, dio un concierto en Miami el pasado sábado. Que bien. Hubo polémica nutrida de voces; algunas, a favor o en contra, atinadas. Que bien. Hubo protestas en la calle. Que bien. Protestar es sano y si se hace al aire libre, es todavía más sano. Hubo entrevistas a Pablo Milanés y entre ellas una a Radio y TV Martí. Que bien.
Y hubo también un Edmundo García, castrista que reside en Miami a sueldo de empresarios que se lucran con la emigración cubana, que escribió artículo milagroso por no contener faltas de ortografía. Es sabido que el único amigo norteamericano de Edmundo García es el corrector ortográfico del Microsoft Word. En su artículo Edmundo García critica a Milanés con aire de perdonavidas. Insinúa que es un traidor a la causa revolucionaria.
Como es natural, a Pablo Milanés le disgustó que tipo con carné de miserable se permitiera sermonearlo. Y le bajó una Carta abierta que pa’ qué. De hijo de puta en adelante, le dijo. Porque, viene a decir Milanés, para revolucionario él, mientras que Edmundo es un revolucionario aquejado de infantilismo.
El Nuevo Herald, ese periódico que La Habana tilda de brazo de la mafia de Miami, etc., etc., reprodujo hoy ambos textos: el del revolucionario Edmundo y el del revolucionario Milanés.
Ello nos conduce a una deliciosa circunstancia. Fíjense bien: ya no es que los castristas inunden Miami, como proclaman los valedores de la pureza del exilio.
No, señoras y señores.
Hoy se ha dado un paso más de aquel que describí hace año y algo precisamente en El Nuevo Herald. Un paso al lado, si no quieren pensar que al frente. Ahora los revolucionarios discuten en Miami y a camisa quitada sobre su condición de tales. Se fajan en la llamada capital del exilio por vindicar su condición de revolucionarios. Revolucionario crítico, Milanés, y revolucionario rata, Edmundo, dirimen sus diferencias a pocas cuadras de la Torre de la Libertad y el Versailles. Y lo hacen hasta en la sábana del Herald.
Tomen nota. Esto de la frontera porosa se está tornando tan interesante que no nos alcanzarán las dos cejas que nos tocaron por cabeza para mostrar nuestro estupor ante la Cuba, y el Miami embedded en su geografía salpafuérica, que se anuncia.
Cualquier día nos levantamos con polémica entre Sedano’s y Publix sobre quién ofrece plazas de parqueo con mejor sombra según la combatividad cederista de sus clientes.
Tiempo al tiempo. Tiempos que me gustan.

De contra:
Del analfabeto Edmundo me he ocupado algunas veces. Aquí en la paródica pieza teatral Los desnudos y los tuertos, donde actuaba junto a Amaury Pérez. Aquí en relación con el odio, ese animalito que Edmundo lleva dentro y al que también alude Pablo en su Carta abierta. Aquí en ocasión de la entrevista que hiciera a Carlos Alberto Montaner y la réplica del último a coletilla que se permitió ese pobre García.
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Jorge Ferrer - 18/08/11
Categoría: Agua corriente, Excepcionalidad, Exilio
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Leo que el representante David Rivera quiere introducir una enmienda en la Ley de ajuste cubano o Cuban Adjustment Act. Hay un cierto tufo a chapucería, bravuconería y ventajismo preelectoral en el asunto, pero ese no es el tema. Los detalles en El Nuevo Herald.
Lo que pienso de los representantes cubanoamericanos que buscan restringir las libertades de los cubanos que viven en los EE.UU. es sabido y aquí hay un botón de muestra. Pero ese tampoco es el tema ahora.
Lo que me interesó de la iniciativa de David Rivera es la deliciosa paradoja de que sea precisamente un hard-liner de la política cubanoamericana quien venga, de carambola, a dar una patada en uno de los flancos de la armazón política de la Guerra Fría que todavía sustenta las relaciones entre los Estados Unidos y Cuba.
Deliciosa paradoja, digo, donde la derecha le toma la delantera a la izquierda.
Tenga o no éxito la iniciativa, lo cierto es que la Cuban Adjustment Act, aprobada en 1966 para, en esencia, facilitar la vida a decenas de miles de refugiados cubanos que llegaban de la isla huyendo de la represión castrista, va camino de sufrir el primer embate legislativo. De ahí a su revocación definitiva van menos pasos que los que separan a Castro I del catafalco.
Todo el mundo sabe que la Ley de Ajuste es un fósil cuyos sabrosos huesos los cubanos hemos chupado durante décadas. Más: de los fósiles de marras es el que más apetencias gana entre toda la diáspora cubana y la población de la isla. La Ley de Ajuste es el batido de mamey de la política pericubana. Por otra parte, todo el mundo sabe que llamar refugiados políticos a largas decenas de miles de cubanos llegados a los Estados Unidos durante, al menos, los años que van de este siglo es una invención. A Rivera le resulta vergonzoso que no sean refugiados políticos, sino inmigrantes que escapan de la miseria en Cuba como se escapa de la miseria desde tantos otros lugares oscuros o menos oscuros de este planeta, y quiere castigarlos. No sé en su vida privada, ni me interesa, pero visto lo visto a Rivera le gustaría que en la vida pública se lo tenga por un castigador.
Pero este juego que se llama Cuba y se disputa simultáneamente en muchas canchas, también en la de los símbolos, reparte los pies de foto día a día y uno nunca sabe cuál le deparará la historia. Así, cuando la Ley de Ajuste cubano sea revocada, David Rivera, que tanto ha trabajado para modificar su biografía en Wikipedia, bien podrá añadir ahora a sus logros allí el de revolucionario que ayudó a superar el lenguaje de la Guerra Fría, el de pionero de una nueva visión bipartidista sobre la comunidad cubana en EE.UU., el de militante en favor de trasladar la evidencia sociológica a la realidad jurídica. En esta foto, como en tantas, el que se mueva no sale, pero el que se mueva guiado por instintos cortoplacistas sale con mueca que no le va a gustar. Echarle una pizca de sal al batido de mamey no es precisamente una idea rentable a largo plazo.
Podrá ganarse este epitafio político con sabor habanero: «David Rivera: revolucionario, pionero y militante»
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