Jorge Ferrer - 05/04/11
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La serie Las razones de Cuba sigue negándonos un buen capítulo. Un buen «infiltrado».
Ya vimos al protohumano de Carlos Serpa, al surfista pendejo, al masón descatalogado y, anoche, al escritor «líder». (Como me dijo hoy alguien que alguna vez lo trató, y dicho sea con perdón de las señoras: «¿Líder de qué pinga de qué?»)
Le falta algo a esos chivatos. Les falta clase, por decirlo rápido. Y empaque, agudeza, garbo. Les falta tijeretear un cigarrillo, manejar la ironía, hacer un guiño a las cámaras.
Todavía no hemos visto a uno que sepa hilvanar unas cuantas frases con elegancia. ¿Infiltrados…? ¡Chivatos de la peor estofa!
Dicho lo cual, la pregunta que me quita el sosiego es otra. Si esa es la materia de la que están hechos esos infiltrados, si tamaña es su insignificancia en términos intelectuales —y un espía es la expresión máxima de un intelectual—, ¿cómo no serán de bobos quienes los reclutan y cómo de bobos no imaginarán a los indígenas cubanos?
Lo dicho, hasta que los de Las razones de Cuba no me saquen a una trigueñona que cite a Madame de Sévigné —o a Le Carré, al menos— o nos muestren a un bon vivant infiltrado que dedique algún momento de su testimonio a evocar los buenos caldos degustados en la residencia del embajador de Francia, mientras espiaba por los rincones de esa casona preciosa, me niego a seguir viendo serie tan desastrada.
¡Qué se aburran ellos con chivatos tan mal encabados!
Yo, para sentarme ante el televisor a ver una de espías, requiero de buenos infiltrados, buenos reclutadores y mejor paisaje a descubrir.
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Jorge Ferrer - 29/03/11
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Tú imagínatelo ahí. Con su guayabera blanca, su cara de imbécil, su calamitosa hoja de servicios al país que lo quiso presidente y lo desquiso enseguida. James Carter, cará’.
Tú imagínatelo reunido con Castro II, guayabera contra guayabera como espejitos, con cardenales y judíos que viven en Cuba de ser judíos. ¿De qué habló con estos? Contaron los brazos de la Menorá.
James Carter, el «vendedor de cacahuetes». Que en Cuba es maní y sus vendedores tienen larga fama de pregoneros. Y, por feliz accidente, de rumberos.
«Distinguido visitante», le llaman, porque el ciego es tuerto en casa del rey. Aunque ni rey haya, ni Jimmy Carter sea ciego. Pero es tuerto útil.
Ha ido a ejercitar el músculo del trueque. Del quid pro quo. Del dando y dando. ¡Pero que nadie se entere, oigan! Que en silencio ha tenido que ser…
(¿Habrá votado Alan Gross a este mequetrefe en el lejano 1976?)
Pero tú imagínatelo ahí. Imagínate a esos «estadistas». El aquiescente Jimmy Carter que quiere cobrarle pieza a Barack Obama antes de ir a rezarle a la almohada. Y Alan Gross esperando en La Condesa. Y los espías cubanos jugando a las cartas.
Y cuando ya te has apoderado de ese paisaje sórdido y decadente, cuando ya ves temblar esas parejas de labios luchando trueque, cuando tarareas «El manisero» —The Peanut Vendor— para bailar la escena, te anuncian que Alix de Foresta —«Princesa Napoleón»— volará pronto a esa misma Habana para asistir a la reapertura del Museo Napoleónico.
¡Del Museo Napoleónico, nene!
Habaaana —léase como cantado por Los Zafiros. De ti se puede imaginar todo. ¡Y todo es tan, pero tan deliciosamente kitsch!
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Jorge Ferrer - 25/03/11
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¡Qué deliciosa fascinación me producen estas imágenes de la televisión libia! Un presentador, o como se le llame, empuña un kalashnikov y jura que defenderá a su líder hasta la última gota de sangre. Antes asegura que cuando un líder da las armas al pueblo es porque sabe del amor que ese pueblo le profesa.
http://www.youtube.com/watch?v=7LNlxcdaA-4
Líder, pueblo, kalashnikov blandido ante cámara de televisión…
Ah, las dictaduras… ¡Hay un patetismo en ellas que nos encanta! Un histrionismo candoroso, si quieren. Una manera de sublimar la ficción del despotismo que, como se suele decir, se roba la fiesta. ¡Toda fiesta!
El déficit de dictaduras sería calamitoso en términos estéticos. ¡Piénsenlo! Solo nos quedaría el cine y votar en las taquillas de las salas que lo muestran. Pero una dictadura, un Amin caníbal, las turbas que en La Habana acosan a los inocentes (véanlas en estado puro y fijo aquí o aquí), el travesti libio y los payasitos que lo jalean, Castro I vestido de ADIDAS…
No se trata del «fascinante fascismo» que acuñó Susan Sontag, aquel horror bien planchado. Estas otras dictaduras son las del desparpajo, la pose clownesca, el ridículo más espantoso… Sin ellas, ¿cómo juntaríamos en un mismo gesto dos pulsiones tan rotundamente redentoras como la risa y el odio?
Estas dictapuras, dictaduras en estado de pureza y estertor final. ¡Mira que son monas, tú!
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