El libro negro (Tercera edición)

- 07/03/12
Categoría: Literatura
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Esta mañana he recibido un ejemplar de la tercera edición de El libro negro de Vasili Grossman e Ilyá Ehrenburg que traduje para Galaxia Gutenberg.

Que sean tantos los lectores de nuestra lengua que hayan leído este monumento al Holocausto desde que salió a la venta el pasado mes de enero me produce una satisfacción extraordinaria.

Explico en detalle el por qué en esta entrevista.

Aquí, antes, inserté un fragmento del libro.

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La cuchara en la sopa boba

- 22/02/12
Categoría: Exilio, Literatura
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He leído —algunos con mucho interés; otros con la económica estrategia del caballo del ajedrez: este, este, este, este, este y alguno más—, los artículos aparecidos al hilo de una intervención de tres escritores en la UNEAC acerca del más sobado de los sobados temas entre escritores y juntaletras cubiches: ese de que la literatura cubana es una. (¡Todo un tema! «Mami, ¿por qué lloras cuando pelas cebollas?» Ese es otro de profundidad pareja. Ambos tratan sobre lágrimas que brotan cada vez que hay mero roce, íntimo contacto. Y mientras se sirven los platos de sopa.) De la intervención de marras apenas aguanté unos minuticos; muy pronto se le hace evidente a quien la ve que su curso es más predecible que la órbita de Mercurio. Encima, he estado demasiadas veces en el trance de escuchar a tres escritores reunidos ante el ojo de mosca de un micrófono y hasta me he visto en la circunstancia de ser uno de ellos. Luego, conozco por experiencia propia el empalagoso sabor de la catibía.

Recortada visión y lectura con escaques me dejan ligeramente perplejo cuando me sitúo a un lado. Al único relevante cuando de escritores se trata por muy foucualtianamente que diriman sus saberes y poderes, que se quieran consciencia y elocuencia de la sociedad mientras se proclaman incluyentes o excluyentes, que vaya palabras de oenegé.

Del lado de los lectores, los únicos que deberían dar de comer a los escritores filetico en vez de sopa de cebollas o sopa boba.

A los lectores de libros, esa bendita legión, maldita la falta que les hace que tres cotizantes de la UNEAC se entretengan en juntar lo que ellos ya ven junto siempre. Y maldita la falta que les hace que quienes trabajamos fuera de Cuba nos entretengamos kanteando que te cantinfleando al son de los cotizantes de marras.

¿Visitan ustedes, como yo, casas de lectores cubanos en Madrid o Barcelona, Moscú o Miami, Nueva York o Málaga? ¿Acaso no han visto en los libreros los nombres de Guillermo Cabrera Infante, Leonardo Padura, Zoé Valdés, Wendy Guerra, Antonio José Ponte y Miguel Barnet juntos y apretaditos? ¿De verdad creen que alguien tiene que explicar que la literatura cubana es una para sus lectores? ¿Que tienen que contárnoslo en La Habana, que tenemos que reaccionar a ese bobo relato desde el exilio?

«Son los lectores, estúpido», parafraseando a aquel. Ellos, los que compran los libros y los leen deciden. Y decidieron hace mucho rato.

Lo demás son áreas verdes. Muy verdes.

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(Fragmento de) Una entrevista sobre el Holocausto, el estalinismo y más

- 17/02/12
Categoría: Entrevistas, Literatura
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El portal Cubaencuentro publica hoy la extensa entrevista que me hizo Alejandro Armengol con motivo de la publicación de El libro negro y más. Hablamos de muchas cosas —el Holocausto, el estalinismo, la censura, Cuba— y allá remito para la lectura de toda la entrevista.

Aquí les anoto apenas unos fragmentos.

Toda la entrevista AQUÍ.

Entrevista a Jorge Ferrer (fragmentos)

(…)

¿Qué nos dice El libro negro que no conociéramos con anterioridad sobre los crímenes de los nazis?

JF: El Holocausto se ha convertido en una suerte de suceso pop desde hace mucho tiempo. Desde los stalag —las novelas pornográficas ambientadas en los campos de concentración que fueron tan populares en el Israel de la década de los sesenta— hasta películas de éxito espectacular como La lista de Schindler o La vida es bella. Theodor Adorno se preguntaba en clave moral por el cómo escribir poesía después de Auschwitz, pero la cultura popular nos sirve ya al Holocausto en píldoras que cada buen vecino puede consumir hoy en el confortable salón de su casa. En Love and Peace, la película “rusa” de Woody Allen, un ruso ultramontano le muestra una foto de un judío vestido de rabioso negro a un niño y cuando este le pregunta si todos los judíos son así de sombríos le replica que no, que los judíos alemanes visten a rayas. ¡A ver quién se resiste a sonreír ante ese gag!

La trivialización del Holocausto nos hace a todos cómplices del horror, pero la ignorancia de la magnitud de ese horror no nos exime de culpa. De ahí que sean tan relevantes los testimonios de la barbarie nuda, por pedirle prestado el adjetivo a Giorgio Agamben. Naturalmente, me felicito que los Diarios de Anna Frank sean lectura escolar en un tercio del mundo o de que Primo Levi haya sido leído por generaciones de lectores, como otros tantos supervivientes del Holocausto, aunque en menor medida, desde Jean Améry hasta Imre Kertész. Pero El libro negro es otra cosa; es, en cierto modo, “la cosa”: centenares de testimonios recogidos allí mismo, en las tierras que padecieron el horror, entre 1943 y 1946, es decir, antes de que dispusiéramos de una narrativa del horror, antes de que tuviéramos una gramática para contarlo o una metafísica para condenarlo. Son los testimonios de gente sencilla o sofisticada que acaba de asistir al horror y lo cuenta como si nadie lo hubiera contado antes, porque nadie lo había hecho. Llevo años leyendo testimonios de los supervivientes y créeme cuando te digo que jamás, ¡jamás!, había enfrentado tal dimensión prístina y originaria del horror.

(…)

Permíteme saltar a otro tema y a otro autor, Leszek Kolakowski. Recuerdo que en una ocasión colocaste en tu blog un ensayo de Kolakowski, Alabanza del exilio, que tiene este párrafo: “Uno se siente tentado a decir que en gran medida fueron los antisemitas (siempre que no utilizaran en el debate argumentos como las cámaras de gas) quienes capacitaron a los judíos para conseguir tantos logros magníficos, y que lo hicieron privándolos del acceso a la seguridad moral e intelectual que ofrece la pertenencia a una tribu —francesa, polaca, rusa o alemana— y abandonándolos a su suerte en la posición privilegiada del outsider”. ¿Compartes ese punto de vista y consideras que se te puede aplicar a ti y a los cubanos exiliados en general?

JF: Por principio, me niego a tratar el tema del Holocausto rebajándolo a cualquier comparación con otras experiencias totalitarias como la cubana, por funesta que sea esta última para nosotros. Hace muchos años un buen amigo me contó una anécdota que nunca me abandona. Paseaba con una joven judía por La Habana y la llevó a la Sinagoga de la calle Línea. Después de la visita, ya en la calle, hablaban de la persecución a los judíos en la Alemania nazi y mi amigo le dijo con esa frivolidad de la que a veces hacemos gala los cubanos: “Sí, igualito nos pasa a los cubanos que no estamos con este gobierno”. Ella le miró a los ojos y le dijo con voz rota, pero firme: “No vuelvas a decir esa tontería jamás. Porque cada vez que la digas habrá miles de personas que dejarán de creer que a ustedes los hostigan”. Conviene recordar esa admonición que fue a la vez protesta y consejo.

Pero tomo nota de tu “saltar a otro tema” y ahí voy, dado el brinco.

Kolakowski apunta, en la cita que anotas, a la adversidad como vía de excelencia. A la desgracia del outsider convertida en suerte del creador. Como exiliados, emigrados o expatriados, según a cada cual le corresponda, los cubanos hemos confrontado la misma dinámica que los otros largos millones de personas que viven en países distintos del que nacieron. La vindicación de una cultura propia y la tentación de asimilarnos han corrido parejas con la voluntad de denuncia de una situación política en la Isla que a muchos nos repugna y el deseo de desgajarse definitivamente de la realidad del país, volverle la espalda, crearnos una vida en la que Cuba sea más una marca blanda que un doloroso estigma.

Siempre he dicho que considero una lástima que algunos cubanos hayan comprado la cultura de la queja para justificar la desazón que produce la huella cultural de nuestro exilio. Sobre todo porque así la demeritan. Ha habido de todo, como de todo hay en todas partes. Pero el exilio cubano puede ufanarse de haber conservado la pluralidad artística y política que define a Cuba tal como yo la entiendo. Toda reducción de Cuba a paisito de mármol me resulta ajena.

(…)

Consideras aún que la Diáspora es algo más que un mero desplazamiento: “es una palabra que alude a un merecido castigo que se debe vivir a un tiempo como realización de un destino, como expiación y como tránsito”. ¿En este sentido cuál es la culpa que estamos expiando los cubanos?

JF: Eso escribí en el ensayo que aporté a aquel libro excelente que fue Cuba y el día después, coordinado por Iván de la Nuez hace ya diez años. Allí intentaba situar el discurso sobre la noción de Diáspora en una perspectiva cubana. Su título, “No se invita particularmente”, procede de la esquela que publicó un diario barcelonés invitando al funeral de José Antonio Saco cuando murió aquí. Lo velaron a unas pocas manzanas de mi apartamento.

La culpa que expiamos los cubanos es la que misma que acecha a todos los hombres que se han visto involucrados en una guerra. La de no haber sabido dotarnos de un marco de convivencia que excluya pogromos y paredones, “actos de repudio” y odios prestados.

Eso sí, y El libro negro enseña muy bien esa feroz distinción, víctimas y victimarios están situados en las aceras opuestas de la calle del dolor: a unos corresponde reparación; a los otros, desprecio.

De contra:

La Agencia EFE me hizo otra entrevista sobre El libro negro que aparece en diversos medios. Por ejemplo, AQUÍ.

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