Jorge Ferrer - 24/01/12
Categoría: Letra impresa, Libros, Literatura, Rusia
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El libro negro, obra mayúscula de Vasili Grossman e Ilyá Ehrenburg que traduje por encargo de Galaxia Gutenberg, ha llegado a las librerías. Es coedición con Yad Vashem y ha contado con el apoyo económico de dos familias que cuentan entre sus miembros con sobrevivientes del Holocausto, Altaras-Apeloig y Apeloig-Schloser.
Algo menos de medio año me llevó trabajar en la traducción de las 1.225 páginas de este libro que estremece línea a línea a quien lo lee. ¡Imagínense qué hacen estas páginas con quien las traduce a su lengua! He traducido muchos libros significativos y hermosos pero jamás me había enfrentado a proyecto que me ocupara la mente y el corazón como lo hizo este. Viví medio año con este libro, metido en él, soñando con él.
Me gustaría pensar que sus lectores, ¡ojalá que muchos!, experimenten idéntico sobresalto, semejante estupor ante el arrojo de unos pocos, parejo dolor ante el martirio de las víctimas, igual desprecio hacia sus victimarios.
Por cortesía de Galaxia Gutenberg, inserto unos párrafos de El libro negro. Se deben a un judío, oficial del Ejército Rojo, que volvió a su pueblo para encontrarlo arrasado y conocer las circunstancias de la muerte de sus padres y su hermana. Son apenas unos párrafos de este monumento a quienes le vieron el rostro y las uñas al horror.
Si solo van a comprar un libro este mes, que sea este. Si solo van a comprar uno este semestre, que sea este. Si solo tienen fuerzas para enfrentar el horror una vez en muchos años, que sea esta.
El libro negro, de Vasili Grossman e Ilyá Ehrenburg (Galaxia Gutenberg, 2012, 1.225 pp.; traducción de Jorge Ferrer) está a la venta en:
Laie;
Fnac;
La Central;
y librerías en España y Latinoamérica.
El libro negro ha merecido en los últimos días espléndidas reseñas en El País (Marta Rebón), El Mundo (Alejandro Gándara) y ABC Cultural (Mercedes Monmany y Manuel Lucena Giraldo).

Bráilov, mi patria chica (fragmento de El libro negro)
(…)
Una gélida noche de febrero los hombres de la Gestapo y los policías rodearon Bráilov. La masacre comenzó antes del alba. Según uno de los policías al que interrogué personalmente, apenas se trataba de la primera Aktion. Cada uno de los agentes recibió la orden de desalojar dos o tres apartamentos habitados por judíos y conducirlos hasta el punto de reunión establecido en la Plaza del mercado de Bráilov. En caso de encontrarse con alguien que no fuera capaz de andar por su cuenta o que se negara a hacerlo, debían matarlo allí mismo, si bien cuidándose de no hacer mucho ruido. Las armas a utilizar eran las bayonetas, las culatas de los fusiles y los puñales.
Los culatazos dados a la puerta de casa despertaron a mi padre a las seis de la mañana. Dos policías irrumpieron de pronto en la habitación.
―¡Todos fuera! ¡A la plaza! ¡Deprisa!
―Mi mujer está enferma ―explicó mi padre―. No puede levantarse de la cama.
―Ya decidiremos nosotros quién puede o no puede levantarse ―replicó uno de los policías.
Mi padre fue sacado de casa a culatazos. Mientras mi hermana Roza se vestía apresuradamente alcanzó a ver que uno de los policías avanzaba hacia mi madre empuñando un puñal. Mi hermana hizo ademán de correr en socorro de nuestra madre, pero una lluvia de culatazos cayó sobre su cabeza y la empujó hacia la calle descalza y a medio vestir. Roza cayó al suelo; mi padre consiguió levantarla a duras penas y la ayudó a llegar hasta el punto de reunión, ubicado frente a la iglesia que se alza en la Plaza del mercado.
Era hacia allí que conducían a los judíos de Bráilov. Mas no a todos. A muchos los mataron en sus propias casas, como a mi madre. La familia Bakaléinik tampoco llegó al punto de reunión. Un policía los asesinó a todos con una sola ráfaga de ametralladora. Los obligó a formar una hilera frente a la casa, los hizo caer a todos, y así ganó una apuesta que había hecho con otro policía.
Después de hora y media verificando sus listas, los alemanes anunciaron que trescientas personas permanecerían en la ciudad ―fundamentalmente, sastres, zapateros, palafreneros y sus familias― para brindar servicio al ejército alemán, mientras que los demás serían fusilados. La enorme procesión de los condenados se puso en camino severamente guardada por los convoyes que la acompañaban. A mi padre y a mi hermana les tocó marchar a la cabeza de la columna. Los seguía Oskar Shmarián, un joven de dieciséis años, pariente nuestro, que había venido desde Kiev a pasar las vacaciones en Bráilov. Cuando llegó a la altura de la farmacia, la columna se detuvo de pronto. El jefe de la policía recordó que había olvidado convocar a Iosif Shwartz, quien vivía a las afueras de Bráilov, junto al cementerio ortodoxo. Enviaron a un policía a buscarlo. Apenas unos minutos más tarde llegaron Schwartz y su mujer. Les correspondió a ellos encabezar la fúnebre marcha durante aquel último tramo.
La multitud avanzaba en silencio. Todos iban concentrados en sus propios pensamientos, observaban por última vez el paisaje natal, se despedían de él, decían adiós a la vida. Y de pronto se escuchó una canción alzándose sobre la columna. Una voz joven y aguda entonó una canción sobre las bondades de la patria, la vastedad de sus tierras, la belleza de sus bosques, sus ríos y sus mares, la pureza de su aire tan grato a los pulmones. Era mi hermana Roza quien cantaba.
He interrogado a muchos testigos y verificado una y otra vez que todo sucedió así en realidad. Mis pesquisas, profundas y escrupulosas, me han permitido establecer que la escena fue tal y como aquí la describo. Antes mi hermana nunca había dado muestras de que le gustara cantar. Aquella horrible mañana había pasado dos horas descalza y a medio vestir bajo un frío inclemente. En aquella etapa de la marcha sus pies estaban helados. Me pregunto qué la movió a cantar. Y, sobre todo, de dónde extrajo las fuerzas para realizar aquel último acto de veras heroico.
Un policía le ordenó callar, pero mi hermana continuó cantando como si no lo hubiera escuchado. Se escucharon dos disparos. Mi padre levantó del suelo el cadáver de su única hija y llevó aquella preciosa y sagrada carga durante el kilómetro y medio que aún le quedaba por recorrer hasta el lugar de la ejecución.
Cuando la columna de condenados llegó a la fosa abierta, se le ordenó al primer grupo que se desvistiera y colocara la ropa en el lugar señalado para ello. Después, se les ordenó tumbarse en el fondo de la fosa. Mi padre colocó con cuidado el cuerpo de mi hermana en la fosa y comenzó a desvestirse. Una docena de carretas llegaron desde el pueblo para transportar la ropa a los almacenes de la policía. En ese instante se produjo un incidente junto a la fosa. La joven Liza Perkel se negó a desvestirse y exigió que la fusilaran vestida. Los verdugos se abalanzaron sobre ella: le propinaron culatazos, hincaron las bayonetas en su cuerpo. Liza consiguió agarrar del cuello a un hombre de la Gestapo y cuando este intentó apartarla le clavó los dientes en una mano. El alemán pegó un grito y sus compinches acudieron a socorrerlo. Eran numerosos y todos estaban armados hasta los dientes, pero la joven no se rindió.
Al intentar arrancarle el vestido, los verdugos la echaron a tierra. Por un instante, Liza consiguió liberar una pierna y pegó una patada en la cara con todas sus fuerzas a otro hombre de la Gestapo. Entonces el comandante Kraft decidió poner «orden» en persona: se acercó mientras repartía órdenes. Liza se levantó del suelo a duras penas. Le sangraba la boca; su vestido estaba hecho jirones. Haciendo gala de un increíble aplomo, esperó a que el comandante llegara ante ella y le lanzó un escupitajo a la cara.
Se escucharon varios disparos. Liza Perkel murió de pie. Esperó la muerte luchando. ¿Qué resistencia podía ofrecer una joven desarmada a toda una multitud de verdugos? ¡Y aun así los alemanes no consiguieron doblegarla! [Pudo cumplir su último deseo: los alemanes fueron incapaces de someterla. Podían matarla ―armas les sobraban para hacerlo―, pero doblegar su voluntad, hacerla renunciar a su dignidad y privarla de su honor era algo que no estaba en sus manos hacer.]
Mi padre decidió aprovechar el momento de distracción del comandante, los policías y los hombres de la Gestapo y al percatarse de la presencia allí de una campesina a la que había curado alguna vez, le dijo en un susurro: «Gorpina, esconda a este niño» y empujó a Oskar Shmarián hacia el montón de ropa. La campesina lo cubrió rápidamente con un abrigo y lo cargó en una de las carretas en las que se llevaban la ropa. El niño permaneció unos quince minutos oculto bajo la maraña de abrigos hasta que la carreta se puso en marcha alejándose del lugar de la ejecución. La campesina escondió al niño durante unos días y lo proveyó de ropa. Muy pronto Oskar se enroló en un destacamento de partisanos. Oskar vive aún y fue de sus labios que escuché los pormenores de la muerte de mi familia: llegó a ver el instante en que murió mi padre. En el último instante de su vida, mi padre consiguió hacer lo que creyó justo y necesario: salvó a un vengador más, a un joven que luchó implacablemente para salvar a nuestro pueblo del fascismo.
(…)
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Jorge Ferrer - 30/12/11
Categoría: Cambios en Cuba, Literatura
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Hoy hay dos tazas.
Una, donde sirvo las respuestas que di a dos preguntas que me remitió el portal Cubaencuentro y aparecen publicadas hoy allí.
Dos, donde por invitación de Diario de Cuba recomiendo dos libros leídos a lo largo de este año, sugerencias que también aparecen publicadas hoy allí.
Uno:
Respuestas a Cubaencuentro
Jorge Ferrer
¿Cómo auguras que será el año 2012 para Cuba?
“Será, con toda certeza, otro año marcado por los ritmos de Raúl Castro, la extenuante velocidad que anunció al asumir formalmente la presidencia en febrero de 2008 y llamó con calculado encabalgamiento de adverbios: ‘poco a poco’. Si recuperaran la fraseología ‘revolucionaria’ de los 60 o los 70, este año podría llamarse, por ejemplo, ‘Año de la verificación’.
Porque comienza un año en el que comprobar que el diseño gatopardista tira y se estira bien. Estudiosos de las transiciones habidas y peritos en materia de modelos autoritarios de relativo o notable éxito, los jerarcas de La Habana tienen por delante un año que vivirán como doctores en laboratorio. Y no serán ellos los ratones. Al menos, no serán los únicos.
Cuba muta ‘poco a poco’ y en 2012 veremos otras ‘actualizaciones’ del modelo. Mutan su paisaje urbano y la jerga que emplean los transeúntes: el idiolecto totalitario también se adecua a esas mutaciones. Será año en el que arañar con la uña, otra vez, el fondo del barril al que arrojan allá palabras como ‘cuentapropista’ o ‘impuestos’, ‘cooperativa’ o ‘crédito’, ‘emigración’ o ‘nación’. La conferencia del PCC a finales de enero y la visita de Benedicto XVI poco más adelante serán dos momentos importantes para conocer ‘la letra del año’. Si el nombre de Alan Gross protagonizara los eventos colaterales a alguno de esos acontecimientos se podría abrir un panorama inédito en las relaciones con Estados Unidos.
Minuciosamente calculados ‘los cambios’, igualmente minuciosa será la presión sobre la oposición. Vaciadas de presos de conciencia las cárceles, con algunas excepciones, la represión de baja o mediana intensidad crecerá exponencialmente. Garantizar la desconexión entre la sociedad y la oposición será otra vez el objetivo primero de las bien aceitadas herramientas de represión.
Otros dos elementos podrán adquirir centralidad que atente contra el ‘poco a poco’. Por una parte, que el que comienza será también el año de la puesta en marcha a mediana escala de la conexión a Internet por medio del cable tendido desde Venezuela. Limitaciones y filtros aparte, los cubanos han demostrado ser mucho más hábiles burlando al sistema que confrontándolo. El ancho de banda podrá hacer que toque otra banda, la de un flujo más intenso de comunicación entre ciudadanos con intereses y urgencias comunes. Por otra parte, el que viene será otro año marcado por la biología. No puede ser de otra manera en país regido por viejos. Muy viejos. La muerte o la inhabilitación de algún otro jerarca podrán ser noticia —o notición— en La Habana. Grandes noticias que remuevan los suelos con fuerza que imprima aceleración —acaso demoledora— a la dinámica del ‘poco a poco’”.
¿Cuáles son tus deseos para la Cuba de 2012?
“Muy básicos y arrastrados desde hace mucho como nos sucede a muchos demócratas cubanos. A saber, asistir al final de la dictadura y ver cómo los cubanos adquieren por fin el poder para dotarse de instituciones que los representen porque estén integradas por sectores amplios y distintos de la nación.
En términos acaso más proclives a verse realizados, cabe desear que sea un año en el que aumente el poder de quienes podrían forzar al Gobierno a acelerar la implementación de reformas económicas profundas capaces de conducir a reformas de los mecanismos de participación política. También que los nuevos actores cobren conciencia cuanto antes de ese poder y de su valor como herramienta de cambio. Al perder su condición de único patrón, el Estado cubano se enfrentará a una realidad nueva, la de largos centenares de miles de ciudadanos que consiguen elevadas cotas de independencia en su vida personal y económica al convertirse en trabajadores por cuenta propia. Estos —y sus familiares y sus asalariados— se irán constituyendo en una masa social dotada de un importante poder de cambio. Otros amplios sectores de la población se verán desprovistos de subsidios y asistirán impotentes a transformaciones del modelo económico que los empobrecerán aún más sobre el fondo de un paisaje de desigualdades crecientes y cada vez más manifiestas. La maduración de ese cocktail social generará presiones a dos bandas sobre las más variadas instituciones del Estado cubano.
Cabe saber leerlas y aprovecharlas. Luego, cabe desear que la oposición al régimen de La Habana consiga ofrecer discursos que describan con precisión el mudable paisaje socioeconómico de Cuba y ofrezcan alternativas capaces de granjearse las simpatías, y el respeto, de amplios grupos de cubanos, en especial los nuevos actores sociales”.
Dos:
Recomendaciones de libros para Diario de Cuba
Jorge Ferrer
The Havana Habit (Yale University Press, 2010) de Gustavo Pérez Firmat y Cuban Fiestas (Yale University Press, 2010) de Roberto González Echevarría
Esa fiesta con muchos rostros que es la Cuba que leemos y escribimos, la Cuba hecha de letras. Bembé y paisaje hecho de ruinas; de memoria y promesa. Dos libros me la han servido este año en sendos banquetes: Cuban Fiestas, de Roberto González Echevarría, y The Havana Habit, de Gustavo Pérez Firmat. Libros bien distintos, pero animados ambos por una voluntad de reunirnos con la Cuba que asoma en la novela, la melodía, la tarjeta postal, el cartel: hitos de nuestro tránsito del areíto al cabaré.
La historia de amor y deseo entre Cuba y los Estados Unidos, los Estados Unidos y Cuba, transcurre por muchas vías y ha sido protagonizada por actores disímiles. Toda suerte de informes dan fe de ese perdurable noviazgo que jamás ha llegado a ser matrimonio —ni siquiera uno mal avenido—, porque los novios, por no mirarse de frente, se ofrecen hosco perfil. Ese es el camino de la política. El más angosto.
Gustavo Pérez Firmat ha tomado avenida distinta en The Havana Habit. Una que conduce por los caminos de la cultura popular y desgrana la “construcción” de una siempre voluble idea de La Habana en la música, las crónicas de viajes, el cine o la televisión norteamericanas. No hay otro autor cubano-americano que se haya adentrado con mayor astucia —¡y acierto!— en la espesa y deliciosa trama de ese encuentro siempre postergado en lo político, pero también siempre fecundo en el terreno de la cultura popular y el imaginario común. Tampoco lo hay que ilumine con mayor abundancia el permanente passage de símbolos y tokens que se han repartido Cuba y los Estados Unidos.
Otro es el acercamiento de Roberto González Echevarría en Cuban Fiestas. Asomarse a la Cuba que es tableau vivant de una fiesta perpetua; escuchar el sonido de los tambores y los pies aporreando el suelo o deslizándose al ritmo de un danzón; seguir un paso de conga con barracón a la vista y Día de Reyes a la vuelta de la esquina; rastrear la impronta de la fiesta, la significación lúdica, dramática e identitaria de las fiestas cubanas, en la literatura de la Isla —los costumbristas, Villaverde o Lezama—, o en su cine y, también, en su pasión por el juego de la pelota. Y glosar, por fin, la fiesta totalitaria, mientras se imagina la postotalitaria: el “Siento un bombo, mamita, me está llamando” que late a la espera de la muerte de Fidel Castro…
Dos libros redondos. Que a nadie se le ocurra pasarlos por alto.
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Jorge Ferrer - 26/12/11
Categoría: Exilio, Invitados, Literatura
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Mi predilecto amigo Octavio Armand (Guantánamo, 1946) me envía este texto en los últimos días del año. ¡Que vaya manera de cerrarlo!
Regalo mayúsculo de Armand, como otros tantos que me hace a veces para los lectores de este blog, yo el primero. (Rastreen otras presencias de Armand en ETDLV utilizando la casilla de búsqueda a la derecha.)
Octavio Armand es autor de los volúmenes de poesía Piel menos mía (1976), Cómo escribir con erizo (1978), Biografía para feacios (1980), Origami (1987) y Son de ausencia (1999), entre otros. Sus ensayos más recientes aparecen en sendos libros: El pez volador (1997) y El aliento del dragón (2005). Clinamen, su último libro de poesía fue presentado en Caracas, donde reside, el pasado 7 de diciembre. Armand fue director de la revista escandalar, uno de los proyectos editoriales más relevantes del exilio cubano.

Cubanos anónimos
Por Octavio Armand
—Soy cubano.
Debería confesarlo tal cual, con esa escueta frase.
Debería hacerlo, cabizbajo, melancólico, en una de esas reuniones casi mudas, como fiesta de deprimidos, donde quienes se atreven a reconocer el vicio que los somete y humilla toman la palabra con tal de no tomar otro trago; y otra vez convictos y confesos se levantan para resistir un día más la terrible tentación, apoyándose en la comprensión tácita, inmediata, ajena pero cómplice, autorizada por el idéntico mal.
Ser cubano es una manera de estar solo.
Ser cubano, como me ha tocado serlo, ha sido una vocación tan difícil como la poesía.
La cubanía es un saber lacerante.
Un saber de sacrificio y exilio.
Escrito es Cristo, he dicho.
Y he dicho: escaparse es caparse.
La separación de la palabra como biografía sucinta. De tantos. De tontos. De todos. El verbo, un espejo que nos taja. Somos azogue desparramado. Asomos de guillotina, seppuku.
Cada punto y seguido, un punto y aparte.
Quizá por eso, al cabo de dos exilios que suman más de medio siglo, me siento más guantanamero que cubano.
Al cabo de dos exilios que suman más de medio siglo resulta menos doloroso ser guantanamero que ser cubano.
Más que la patria insolente, o la patria indolente, prefiero recordar las calles de un pueblo, una playa, unos amigos. Un lugar que juega, que conversa, que ríe, que piensa, que siente. Que todavía sueña.
Juego a los escondidos en la infancia, que es un buen sitio para esconderse. Hasta para asilarse.
Machacaron mi niñez como un diente de ajo. Con mi asombro amolaron sus colmillos y adobaron su festín. ¡Buen provecho!
Yo fui su canción, como dice el Viejo Testamento.
Es desde aquel niño que fui que los maldigo. Yo quizá podré perdonarlos; él, ¡nunca!
A Céspedes le dan un golpe. Sin haber llegado al poder, se lo quitan. Un golpe de estado al embrionario estado en la manigua. Y seguramente fue un cubano, un práctico muy práctico, quien llevó a los españoles que lo mataron hasta la escondida ranchería de San Lorenzo.
Praxis ya habitual: a Martí lo remata un cubano.
Y en el 59 se derrota una dictadura para imponer otra.
Y en el 59 se regresa de un exilio para comenzar otro.
Y durante la insurrección se execra a los delatores — los chivatos, los 33.33, como se decía entonces –, solo para institucionalizar las delaciones a raíz del triunfo. Pues desde entonces ser patriota y revolucionario implica delatar. Es una obligación ser chivato. Hay que ser práctico. Hay que llegar a San Lorenzo. Hay que rematar a Martí.
Y de haber sobrevivido, los héroes que cayeron combatiendo una dictadura hubieran caído combatiendo la siguiente. Hubieran muerto para morir de nuevo. Una y otra vez. ¿Y cuántas veces, pregunto, cuántas veces tendrán que morir los mártires para que unos vivos levanten pesadillas sostenidas con el silencio de las tumbas y consignas y discursos cebados en huesos?
El cubanísimo sueño de la nieve en el trópico se cumplió con la sovietización de Cuba.
Losa fría, tanta nieve.
Muda y moda del poder, el más reciente opio de los pueblos: una utopía embutida como pobretona versión laica del Paraíso.
Y de la realidad, ¿qué?
Y de mis veinticuatro horas diarias, ¿qué?
Digo tierra que no piso
Digo pasado que no pasa
Digo patria
Nunca nada cero
Negaciones omisiones exclusiones
No solo vivo encaramado en un mapa, en el apurado retrato de la patria, nadando o paseando en sus toponímicos como si fueran ríos o jardines, sino que lo hago circunscrito a un tiempo específico, el pasado, la única y ya remota época en que fui territorialmente cubano. O sea, vivo atrapado entre las manecillas de un reloj que no funciona, un calendario que es una ruina, un pasado parado que en mi caso corresponde a la infancia y la temprana adolescencia. Difícil, amarga compensación la de este anclaje que redobla la exclusión, que excluye hasta de la exclusión; lo cual exige un esfuerzo sobrehumano para fechar los días, un esfuerzo verdaderamente prusiano al Proust criollo que pretenda la recuperación del tiempo perdido del espacio también perdido.
Fuera del territorio y por supuesto fuera de la historia, por lo menos de la que transcurre allá, floto en el paisaje ausente como en un saco amniótico.
Preguntas en la intemperie
Ante los demás:
—¿Estoy aquí?
Ante el espejo:
—¿Soy yo?
A mi padre lo enterramos bajo la nieve neoyorquina; mi madre fue incinerada en el trópico, sus cenizas luego pasadas de contrabando al norte y colocadas junto a los restos de mi padre. Vivo y moriré lejos de esas cenizas y de esos huesos, que son míos, y que han sido arrancados a quien de niño le prometieron la sombra de su linaje. En vano aprendida, una lección del pueblo: atender a los abuelos, cuidar a los antepasados, convivir con los muertos, visitarlos, mantener pulcras las sepulturas del cementerio San Rafael de Guantánamo. Blanquísimas sepulturas que quizá ya han sido vaciadas, para que también los muertos conozcan el destierro. Para que mueran otra vez, mártires de más muerte.
—Es como si me arrancaran el esqueleto, me digo impotente ante la dispersión de los restos, como si le faltaran a mi propio cuerpo. Luego recuerdo los términos crustáceos que alguna vez soñé para el exilio: los exilados somos cangrejos lanzados a la corriente de un río para que, al alejarse, alejen las enfermedades móviles que aquejan a nuestros pueblos.
Y eso extrañamente me sirve de consuelo: los huesos de mis padres, de mis abuelos, dispersos, distantes, me protegen. Es como si los llevara por fuera. Son mi horizonte, cada vez más vasto. Miembro de una nueva especie, he logrado desarrollar, en la más absoluta intemperie, un exoesqueleto.
El exilio como apo/geo: desprenderse, alejarse de la tierra.
Sol excéntrico: Martí. De orto en occidente y ocaso en oriente, pues la estrella que ilumina y mata — y se mata — nace en La Habana y muere en Dos Ríos. En el exilio, su apo/geo político; en la manigua, entre Playitas de Cajobabo y Boca de Dos Ríos, su apo/teosis. Diástole y sístole del corazón arrancado que todavía está entre nosotros.
Esponja, absorbe la naturaleza que lo rodea: colores, sabores, sonidos, aromas añorados durante décadas; también la bravura de quienes lo honran con su respetuoso cariño, héroes grandes o anónimos hasta que él los nombra.
Esponja, se vacía. Y prueba como un fruto más el fuego, la batalla. Exaltado por todo y por todos — o casi todos –, asume gozoso el marti/ rio. Domingo de Ramos y Viernes Santo, un solo día. Del 11 de abril al 19 de mayo del 95, un solo día. Un instante.
Es la patria es ara, es sé desaparecer, es téchcatl. ¿Acaso se formó, preguntamos, no en la lectura de los clásicos españoles, sino en un clásico japonés, El código del guerrero? Como un samurai, quien pide guerra sin odio tiene que mostrarse capaz del autosacrificio. Harakiri, sepukku, sepulcro, sepultura, versos nada sencillos. Nada libres.
Lección de geografía: todos estamos presos en la isla, unos dentro, otros fuera. El mar lo llevamos en la sangre, la tierra en el pellejo, como una piel de zapa. Mar/ tierra, Martí erra. Regresa en el 95 como a una tumba. Se entierra él mismo. En sí mismo. En la manigua. En un jarrito de café. En la mirada de otro condenado a muerte, el negro Masabó.
Lo carcelario, como las monedas, tiene dos caras. Una geográfica: dentro/ fuera del territorio; otra, histórica: antes/ durante el presente negado.
Cárcel en el espacio, cárcel en el tiempo.
Cara o cruz, igual perdemos. Pero nunca la partida, que es lo único que se juega. Que se gana.
¿Pero acaso es posible huir en el tiempo? ¿Asilarse en alguna época pasada o futura, y que siempre resulta ajena? Así solo se acentúa la desterritorialización.
La nostalgia es una contracción del ánimo. Apuesta a ser compensatoria y no lo es.
Precariedad del presente: buscarse en Nueva York, o Caracas, en sabores, parajes, acentos, que no devuelven la imagen. Que la secuestran. Todos vivimos enterrados o insepultos en espejos rotos o empañados, espejismos, semejanzas engañosas, distorsiones.
Los de fuera, condenados al pasado, reos de la nostalgia; los de dentro, condenados al futuro, reos de la utopía.
Un tiempo ya caduco, que pasó; y otro que por definición no existe. Y que jamás existirá.
Todos vivimos o sobrevivimos el presente como desamparo. El tiempo como contracción. La intemporalidad como intemperie.
Hay una excepción, por supuesto. Un ser excepcional. Pasado, presente y futuro le pertenecen exclusivamente a él, que ha venido desde la diestra a juzgar a vivos y muertos con su calendario reescrito a la medida.
El neonato, el momificado, el viviente.
El simultáneo. El ubicuo.
—¡Solo a mí!, repite. ¡Ni a Céspedes! ¡Ni a Martí! ¡Solo a mí! ¡A mí! ¡Y a mí mismo! ¡La historia no absolverá a nadie más! ¡A nadie más!
Implacable, la escribe. Para sobrevivirla. Para cerciorarse de la absolución. Pero también la dicta, por si acaso.
—¡Otros cincuenta años de pasado para ti!
—Y tú no te rías, ¡idiota! ¡Otros cincuenta de futuro para ti!
Y adentro, afuera, siempre, la sentencia se cumple.
¿Nunca habrá indulto? ¿Nunca perdón? ¿Nunca justicia?
Nuestras revoluciones son como borracheras. Lo único que dejan es una resaca; la última ha durado más de cincuenta años.
Y nuestra historia ya parece una parodia del Apocalipsis de Juan.
Ni Céspedes, ni el Apóstol, ni el Titán de Bronce, la escriben.
Ni la suma de fracciones de héroes, ni la tabla de multiplicación de mártires, ni los encarcelados, ni los exilados, ni los guajiros, ni los estudiantes, la escriben.
Ni tú ni yo la escribimos.
La sangre es nuestra pero la pluma es de Kafka.
Y no se escribe: se borra.
Y no absuelve a nadie. Ni a los niños.
Caracas, 22 de noviembre 2011
(Ilustración: Luis Cruz Azaceta, The Crossing, 1991)
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