Son dos fotos de comunistas ―uno de ellos aún usufructuaba el prefijo «cripto-»― ante marmóreo Abraham Lincoln. Dos magníficas instantáneas de la Guerra fría. Extraordinarias ambas.
La Guerra fría, fría por eso, fue guerra de discursos, gestos y escaramuzas ―aunque algunas de las últimas dejaran muertos regados. Unos cuantos miles. Decenas de miles. Acaso cientos de miles.
Una fotografía, la de Fidel Castro, se la debemos a Alberto Korda. El fotógrafo dejó dicho que desde que Fidel la vio ya no llamó más a sus jefes para solicitar sus servicios. Le gustó tanto y tanto le gustó, que a partir de ahí lo llamaba siempre directamente. Le valió ―aunque él lo negara― la categoría de fotógrafo oficial. Korda tituló la foto «David y Goliat». Le estaba dando nombre, sin quererlo, a babosada de medio siglo y más.
La segunda fue fruto de la casualidad, como tantas buenas fotografías cruciales. Burt Glinn ha contado que llegó tarde al set y tuvo que contentarse con las espaldas de Nikita Jruschov. ¡Bendito retraso! El tosco campesino que redimió de la esclavitud a millones de esclavos de Stalin mira al abolicionista por antonomasia. ¿Qué importan sus ojos cuando ese iluminado occipital -¡flash!- sobre nuca de aparatchik lo dice todo?
Sendos momentos fijados en imágenes que ahora nos parecen de otro mundo. Porque fotografiar, por aquel entonces, era fijar de veras y fijar lo de veras relevante. Así estos dos episodios apenas protocolares que sendas lentes elevaron a categoría suprema.
Ambas fotografías fueron tomadas en 1959. Cuatro años más tarde allí mismo, dónde si no, pronunció Martin Luther King su célebre «I have a dream».
Korda y Glinn fueron los fotógrafos del año en lo que a Cuba se refiere, aunque el último se vio privado de darle a Magnum lo que Korda le dio a la historia.
Pero Burt Glinn nos legó la que probablemente sea la galería más completa del pathos revolucionario. ¡Véasela!
Encima, nos ha contado esa historia terrible a la vez que banal:
De contra:
A quien no le funcione el embed de Magnum -trabajo me ha costado insertarlo y aun así me corre a veces y a veces no- acuda al original aquí.
Teníamos los sobrados testimonios que Lumen nos empaquetó en su «primera época» y teníamos la correspondencia desde la cárcel, las escasas entrevistas. Contábamos, cómo no, con la abundante Céliniana: memorias, diccionarios, sesudas tesinas. Teníamos hasta legisladores censurando sus panfletos ―las Bagatelles pour un massacre, Les Beaux Draps, L’Ecole des cadavres…. Esos a la vez detestables y primorosos panfletos de Céline, todavía secuestrados al lector libre. Si libre ―de la censura propia y ajena; de sus propias manías― es algún lector.
Sabíamos sin dudas que Louis-Ferdinand Céline ―aquel de cuyo Viaje al fin de la noche, traducido al ruso por los comunistas Elsa Triolet y Louis Aragon dijo Stalin que era uno de sus libros preferidos― fue antisemita rabioso y entusiasta pro-nazi.
Es que por saber, casi sabíamos que hasta los gatos le ronroneaban a Hitler en la casi siempre estival abulia de Meudon.
Con Céline, menos leerlo hoy lo que merece, se ha hecho de todo. Lo ha hecho la moralita, ese mineral bulldozer de la memoria soi-dissant histórica.
Oh, pero ahora tenemos foto. ¡Fotazo, man! ¡Fotaza, tío!
Están que no se quieren esos de L’Express chupando memorabilia canadiense. El Adrien Arcand de Jean-François Nadeau, uff.Fiestecita en el Tubo y todo. ¡Lo han pillado, al avieso Dr. Destouches! ¡Vaya facha!
La pregunta número tres, después de otras dos tan obvias que me ahorro anotarlas, es si esto ayudará a que se lea a Louis-Ferdinand Céline. Si esta «revelación» servirá para que en el sosito XXI se practique la lectura espasmódica a la que nos sometió el Maestro. Quiero pensar que sí, que sólo los atormentados son legibles aunque a ratos sean ilegibles.
Definitivamente, chico, Céline nos da más trabajo a los célineanos que Joyce a los joyceanos… ¡Y fíjate que es mucho decir!
¿Seré el único a quien repugna esa manía de equiparar al castrismo con los horrores del nazismo? E incluso con los horrores del comunismo soviético o chino.
El asunto parece materia para Álvarez Guédes, francamente.
Chiste de cubanos a los que el castrismo les parece poco y quieren más, que los cubanos siempre son «los más». En realidad lo parecería si no fuera porque tratamos con millones y millones de muertos. Con millones y millones de víctimas de los Lager y el Gulag.
Pero eso es lo que hay.
A algunos castrismo no les parece bastante para denominar al régimen dictatorial que padece Cuba y la ideología caudillista del totalitarismo insular. A la manera de franquismo o estalinismo, por ejemplo. No. ¡Qué va! Le llaman «castrofascismo» o «castrocomunismo», como si el apellido añadiera horror, porque toma otros horrores prestados. Castrismo les parece poquito, y allá van. Todavía no he visto lo de «castropolpotismo», pero supongo que será por prurito de eufonía.
He tenido ocasión de llamarle la atención a quienes abusan de esa hipertrofia de la razón. En uno de los casos alguien se refirió al «Holocausto del castrofascismo» y le avisé que no convenía jugar con esa hipostasis, por falaz. Le mencioné los seis millones de judíos exterminados en las cámaras de gas, más los horrores que padecieron millones de europeos bajo el estalinismo y el nazismo, y le sugerí que concluida la guerra civil en Cuba hacia 1966, la dictadura apenas había asesinado por motivos políticos y mucho menos lo había hecho en masa. De Holocausto, nada, pues.
¡Mamita! ¿Cómo se me ocurrió? Tuve que leer en respuesta a mi aviso que «lo de los judíos no fue nada», ¡sic!, ¡SIC!, comparado con las víctimas del comunismo. Cuando alguien te dice que el exterminio fabril de millones de personas fue «nada», compáreselo con lo que se lo compare, sólo cabe deducir que se trata con un alienado, para llevarlo suave.
Esto de no saber justipreciar el horror del totalitarismo cubano e incurrir en la ridiculez de equipararlo con el nazismo o las prácticas genocidas del estalinismo o el maoísmo no me parece asunto baladí.
No se trata, ojo, de la identidad de los mecanismos de control social implementados por el fascismo, el comunismo o el castrismo, en tanto regímenes totalitarios. Para comprender las prácticas comunes a esos sistemas de coerción y «castigo» bastan, incluso sin aturdir demasiado a la bibliotecaria en la Biblioteca municipal, un buchito de la Arendt, una cucharadita de Foucault y una raspita de Agamben.
Pero, oye, en serio: ¿de veras no se sabe que los hombres de la Gestapo, las SS y el NKVD dispararon a bocajarro, al pecho, la cabeza o la nuca a centenares de miles de ciudadanos día a día, noche a noche, durante años? Lo hicieron en sus casas, en las celdas, en los guetos, en el universo concentracionario, en plena calle; lo hicieron ante las zanjas que los propios condenados cavaban y a las que veían lanzar primero a sus hijos aún vivos…
La cuestión es qué idea del último medio siglo cubano tienen quienes equiparan los grandes genocidios del s. XX con la revolución de 1959. Y de qué servirá esa idea cuando se trata de pensar y se trate de hacer un país futuro. Ésa es cuestión menor, sin embargo.
En realidad, lo que me repugna, lo que me asquea, es el insondable desprecio que esas personas y sus alardes manifiestan por el largo centenar de millones de víctimas del estalinismo, el maoísmo y el fascismo.
¿Será que a falta de genocidio propio estiman que es válido insultar la memoria de los muertos ajenos?
Más: ¿de veras se necesita recurrir a hipérboles improcedentes y odiosas para denunciar lo que hemos soportado y soportamos los cubanos?
Diría que no.
A mí me basta el horror del castrismo sin apellidos para denunciarlo. El de sus fusilados, el de sus presos, la saña con que se trató a los plantados, los muertos en las cárceles y en el mar, las penosas condiciones carcelarias que padecen dos centenares de presos políticos, el dolor del exilio, el acoso a toda forma de disidencia, el ostracismo que padecen los opositores, los actos de repudio y largo et cetera… Pero también: y punto.