Jorge Ferrer - 23/10/17
Categoría: Letra impresa, Libros, Literatura, Rusia, Traducciones
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Vasili Rózanov es, sin dudas, uno de los escritores rusos más auténticos y singulares. Una condición difícil de ostentar cuando se forma parte de un corpus literario mayúsculo, tal vez el mayor que conoce la literatura universal.
Y aun así, Rózanov permanecía inédito en español. Durante años intenté corregir esa incomprensible falta y en una ocasión rocé el éxito. Solo ahora, y gracias al editor Jaume Vallcorba, de feliz memoria, quien conocía y apreciaba la obra de Rózanov, aparece por fin un libro suyo en español, uno de los que prefiero.
El Apocalipsis de nuestro tiempo es el libro de un hombre vencido que atisba ya la inminencia de una muerte, la propia, que avanza a la par que la de Rusia, el imperio muerto a manos de la Revolución. Junto a los diarios de Iván Bunin y Zinaida Hippius escritos en los mismos años, este opúsculo de Rózanov muestra con una claridad rotunda y desoladora el final de un mundo y el nacimiento de una tragedia. La que conduciría al horror del estalinismo y a la crisis de la cultura rusa, acaso aun no superada.
Deberían leer este libro los interesados en las revoluciones y en la religión, en la literatura y la historia, en la búsqueda de un estilo literario y el pesimismo radical, en el pensamiento reaccionario, la intolerancia y la desesperanza.
Comparto con ustedes este fragmento, a modo de botón de muestra.
El Apocalipsis de nuestro tiempo de Vasili Rózanov está a la venta en Amazon.com, Amazon.es y demás librerías online o en las calles del mundo.
¿Cuál es la razón última de la imposibilidad de organizar pogromos contra los judíos?
Fragmento de Vasili Rózanov, El Apocalipsis de nuestro tiempo (traducción de Jorge Ferrer), Acantilado, Barcelona, 2017
La posición de los judíos en nuestra revolución resulta enormemente «ambigua». Como ambiguo y confuso es el papel de los judíos en todos los rincones de la civilización europea. Pero dejemos a Europa a un lado. Lo que nos importa es lo que nos está sucediendo a «nosotros». Repárese en el temblor que los judíos experimentan ante la revolución. No se la toman demasiado en serio ni le hacen ascos, pero tiemblan. Por lo tanto, saben que nada bueno promete para sus «negocios». De hecho, promete muy malos augurios. ¿Cómo explicar el miedo que experimentan? Hace poco le eché un vistazo a una revista ilustrada donde aparecía un retrato de Najamkis y al comparar su rostro con la repugnante faz de Lenin me dije: «¡Vaya empaque que muestra!» (Me gustaría encontrármelo un día y verlo al natural.)
Sin dudas, su arenga contra el Gran Duque Mijaíl Alexándrovich fue insolente. Pero ya se sabe que los judíos son siempre insolentes. En Europa, por ejemplo, se muestran incapaces de hablar como lo hacen los europeos, es decir, halagando, insinuando, disimulando; en definitiva, no son nada corteses. En cambio, hablan a gritos, como en Asia; ya se sabe que tanto la grosería como la insolencia están grabadas en la esencia misma de los asiáticos. Son profetas vocingleros, como los definí ya alguna vez. Montan encendidas peroratas en los mercados para vender un mísero pollo. «Te doy un efa de esto por un efa de lo otro», «¿por qué no te llevas un efa entero?», «¿qué pasa con esta balanza que no es justa?» (A Isaías o tal vez a algún otro lo timaron así un día.) Con todo, es evidente que acabó «postrándose» ante el soberano con tal de convertirse en un «Steklov». Pero jamás mintió. Lo que sucedió fue que, como el Najamkis que era, «pegó un puntapié» al gran duque Mijaíl Alexándrovich y contra todo el que pudo… Odiaba la Rusia vetusta, la Rusia «dura y reseca».
Los judíos. Detesto su vínculo con la revolución, aunque, por otra parte, se trata de un vínculo positivo, porque esa relación de los judíos con la revolución y el hecho de que estén fagocitándola harán que esta se destiña, acabe en una sucesión de pogromos y la revolución se diluya en la nada. Resulta demasiado evidente que «ni los soldados ni los campesinos rusos se avendrán a servir a los judíos»… Quiero subrayar el hecho igualmente evidente de que si la generalidad de los magnates del judaísmo tiene el propósito «de gobernar la Rusia futura» se encontrarán siempre a mucho judío pobretón que no cederá en resistencia a los (idealizados) campesinos rusos, a los artesanos y a los huérfanos (igualmente idealizados). Los judíos son sentimentalistas, más bien tontorrones y gustan de la exageración. El típico campesino ruso simplón los supera siempre en fiereza y desvergüenza. Sobre todo en desvergüenza. «Todavía no nos hemos aclarado muy bien aquí con los judíos.» El judío es el hombre más cultivado de una Europa que es vulgar, sosa e incapaz de superar la noción de socialismo cuando se trata de pensar en «la humanidad». El judío, en cambio, ha conocido los suspiros de Jahvé, las cancioncillas de Ruth, los cánticos de Débora y la hermana de Moisés:
—Te has precipitado en el mar, oh, Faraón. Y tus caballos se han ahogado. Ya lo ves, Faraón: no eres nadie tú.
Los judíos son el pueblo más refinado de Europa. Tan solo la estupidez y la ingenuidad les hicieron descender hasta el fondo plano de la revolución, cuando su lugar está en otra parte bien distinta: al pie de las grandes potencias (es así que se comportan los viejos judíos auténticos, quienes al declarar «somos tus esclavos» con nobleza muestran respeto por todo aquello que es verdaderamente grande. «Engrandece mi alma al Señor»: he ahí una idea siempre presente entre los judíos que muestra su permanente respeto a todo lo que es grande y noble en su historia). Oh, tengo la certeza de que también Najamkis habría convenido conmigo en esto. Pero la no-«grandeza» pudo más en él y se apartó, rencoroso como un judío, para sumarse a «la bohemia». «¡A por todas con la revolución!» «¡Lo demás no importa!» He ahí al judío; al pequeño judío y su impaciencia.
Examinemos de cerca a uno de estos pequeños judíos. La de burlas que tiene que aguantar. Pero él continúa aferrado a su címbalo. ¡Cuánta mofa, cuántas anécdotas picantes corren sobre él! Y él no deja de mirar a los rusos a los ojos y cantarles sus canciones en jerga: cancioncillas de la región del Dniepr, de Ucrania, de Podolia, de la Volinia, del Cáucaso y puede que hasta alguna de Siria y Palestina o de Babilonia y la China (¡¡¡he oído decir que hay judíos chinos que gastan trenzas!!!) Judíos hay por doquier: el «judío errante», ya se sabe. Pero no creáis que tal desparrame esté relacionado con la práctica de sus «negocios»: —Dios nos privó de nuestra tierra por nuestros pecados y desde entonces erramos por el mundo —se lee en nuestra Crónica.
Y a todos lados llevan su noble y sagrada idea del «pecado» (yo lloro) sin la que no hay religión que valga y la humanidad acabaría destrozada (por la justicia celestial), si no hubiera aprendido «de los propios judíos» a tremolar y a orar por la remisión de sus pecados. Fueron ellos, ellos, ellos, quienes nos legaron esa idea. Fueron ellos quienes les secaron los mocos a aquella civilización europea tan pagada de sí misma y le puso en las manos un libro de plegarias: «Toma, tonto, reza». Les dieron los salmos. Y una Virgen Admirable, ella también judía. ¿Qué seríamos los europeos, cuán salvajes no seríamos, de no ser por los judíos? Pero ellos acudieron a pasear sus tristes canciones entre nosotros mirándonos de frente (con esos ojos permanentemente tristes que tienen). En una ocasión le escuché a una judía cantar esto (y lloré en silencio sentado en el puente del barco en que navegábamos): «Cómprame quince kopeks de ácido acético para bebérmelo y morir, porque él ha traicionado nuestro amor». Cantaba una niña judía de unos catorce años; su hermano, de unos doce, la acompañaba al violín. Estaba impertérrita la pequeña judía. ¡Vaya si lo estaba! Mi alma se echó a llorar. Pensé en la manera honrada en que se ganaban unos cuartos con que pagarse el viaje. Los pobres rusos, en cambio, siempre viajan de balde, es decir, a costa del Estado, o escondidos bajo los bancos, igualmente gratis.
Cantaban como Débora, tan bien como ella. ¿Por qué lo iba a hacer peor? Como en «Los ríos de Babilonia»: «Oh, arrojaremos a tus hijos contra las piedras, hija de Babilonia». Ahí se anuncia ya Najamkis, quien reclamó a gritos: «¿Por qué se me priva del derecho a apellidarse Steklov, de convertirme en el noble ciudadano ruso Steklov?» Y entonces la tomó con toda furia contra Mijaíl Alexándrovich, con el mismo ímpetu con que aquellas mujeres judías querían (y apenas querían y así lo proclamaban en jerga babilonia) «tomar y estrellar a los niños contra las peñas de Babilonia».
Es la cólera. Es el furor. Precisamente esa cólera, ese furor, mantienen con vida a los judíos; les impiden morir. Los judíos no mueren de tan ardientes que son.
¡Sé ardiente, judío! ¡Muestra tu furor! Oh, actúa como Rózanov, es decir, sin dormirte ni un instante en los laurales, sin enfriarte jamás. Si te amodorras, el mundo fenecerá. El mundo está vivo y despierto mientras hay un judío que «tiene puestos en Él sus atentos ojos». «¿A cuánto sale hoy la avena?» Ocúpate del comercio, judío, ¡comercia!, pero jamás se te ocurra ofender a los rusos. No los ofendas, querido. Tienes talento para el comercio y hasta eres genial practicándolo (el peso de los siglos, el nexo con los fenicios). Déjanos también a los rusos meter baza, haznos sitio al menos en «el comercio de especialidades farmacológicas», en las boticas, enséñanos a organizar «sindicatos», y, anda, permítenos participar de tu negocio aunque sea en un siete o un ocho por ciento, quedándote tú con el cien. Los rusos tendrán que aceptarlo, porque bien es sabido que carecen de inventiva. Dale a los judíos, dale a los judíos: ellos son los creadores, ellos lo han inventado, sí. Pero después dale algo también al ruso. ¡Por Dios!: al ruso que vive en la miseria.
Mas basta ya de toda esta «suma menesterosa», de esta indigencia cristiana que no hace más que mostrar cómo asoman tantos ojillos llenos de envidia. Dejémoslo, de veras. Y volvamos a las tristes canciones de Israel.
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Jorge Ferrer - 12/07/17
Categoría: Poscomunismo, Rusia, Traducciones | Etiquetas: Alexiévich, homo sovieticus, Patricia Jacas, Svetlana Aleksiévich, Teatro
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Este sábado 8 de julio se ensanchó en lengua española, a la que lo traduje, el fresco más grande del poscomunismo en Rusia que conocemos, el que pintó Svetlana Aleksiévich en El fin del «homo sovieticus» (Acantilado, 2016). Un libro crece cuando gana más lectores y crece aún más cuando es capaz de ganarlos desde otros géneros. El de Aleksiévich, ya en origen materia de género híbrido, se hizo teatro en Barcelona la otra noche y yo estaba allí.

Fueron ensanche y desplazamiento con actriz expuesta: Patricia Jacas. A ella se le ocurrió convertir en monólogo teatral el testimonio que Aleksiévich recogió en un viaje en tren a San Petersburgo, un viaje que la llevaba en busca de una voz, pero le regaló otra por sorpresa. ¡Y la de Jacas por añadidura!
Con Patricia el testimonio recogido por Svetlana pasó de la letra redonda de Acantilado a la cursiva mayúscula de la viva voz, del acomodo en la página al susto de la puesta en escena, del archivo al teatro, de la matinée en paz de sofá a la soirée con la platea llena de gente mirando, gente con los pies clavados en el césped y la vista más clavada aún en la mujer que les contaba el poscomunismo en español con acento ruso. «Alisa Z., gerente de una Agencia de publicidad, 35 años», la tagueó Aleksiévich: un personaje más del paisaje de la descomposición de la URSS, una figura arquetípica del fin del Imperio, una extraña Ave Fénix en la trama de ese libro excepcional donde todos pierden, menos ella.

De la mano de Patricia Jacas, en su cuerpo recortado sobre fondo de piscina y unicornio de playa que iba y venía como le daba la gana, fresco él también, su cuernecito hincado en aire que olía a Rusia –inflado a pulmón, me dijeron–, el último, el mayor libro de Svetlana Aleksiévich, se hizo paisaje habitado en Barcelona. Una ciudad con suerte, fíjate.
Fue tan bueno que habrá más. Fue tan bueno, oigan, que las flores, a Patricia, se las ofreció Albert Boadella.
Fotografías: © José Luis Laborda
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Jorge Ferrer - 10/02/17
Categoría: Letra impresa, Poscomunismo, Rusia, Viajes | Etiquetas: Baikal, Poscomunismo, Reportaje, Rusia, Siberia
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Reportaje aparecido en la revista OSACA, Número 360, Enero de 2017
Noticias del pozo del mundo
Por Jorge Ferrer
Es una extensión inconcebible de agua. Forma parte del capítulo de accidentes geográficos increíbles, de las maravillas naturales del mundo, de los espectáculos de la naturaleza que, una vez vistos, no olvidarás jamás. Nada te prepara para enfrentarte al lago Baikal. A su antigüedad de veinticinco millones de años. Y lo que más te confunde es la propia denominación de lago, desbordada enseguida por esa masa de agua a la que te asomas: un mar de agua dulce. Cuando navegas sobre el Baikal, te sobrecoge la idea de que estás flotando sobre más de un kilómetro de agua que beber. Concretamente, el 20% del agua potable no congelada del planeta. El Baikal es un inmenso brazo de agua que se extiende en vertical por la Siberia oriental a lo largo de 636 km de largo y una anchura máxima de 79 km. En total son 2.100 km de costa repartidos, casi a partes iguales, entre dos regiones de la Federación rusa: la región de Irkutsk y la República de Buriatia. La mayoría de los viajeros que se acercan al Baikal lo hacen por su lado occidental, viajando a Irkutsk. Muchos aprovechan el ferrocarril Transiberiano, toda una leyenda. Pero hacerlo por la parte de levante resulta una aventura extraordinaria, porque la región de Buriatia es, además, uno de los centros espirituales del budismo en Rusia y patria involuntaria de los viejos creyentes, la secta deportada a Siberia tras el cisma que padeció la iglesia rusa en el siglo XVII. Visitar a unos y otros constituye una excelente gimnasia espiritual que prepara muy bien para el encuentro con el Baikal, esa suerte de pozo del mundo.
El viaje
De Madrid o Barcelona se vuela a Ulán-Udé a través de Moscú. Aeroflot, la principal aerolínea rusa, ofrece numerosos vuelos entre España y la capital rusa. Es viaje largo –algo más de diez horas en dos tramos– que nos situará a una distancia mayor que si nos hubiéramos ido al Caribe, por ejemplo. Habremos cruzado el mismo número de husos horarios, seis, aunque en dirección opuesta. Por eso es buena idea hacer noche en Moscú. Una visita a la Plaza roja y al Kremlin resulta un espléndido aperitivo antes de seguir viaje a Siberia.
El aeropuerto de Ulán-Udé, capital de la República de Buriatia, parece sacado de una película de espías de los setenta. Otrora una etapa significativa en las rutas de la seda y del té, los lugareños se vanaglorian todavía del número de millonarios que acogía la comarca durante ciertas décadas del s. XIX. No obstante, quedan pocas huellas de esas glorias de antaño en una ciudad cuya plaza central está ocupada por una cabezota de Lenin que con sus siete metros de altura tiene asiento en el Libro Guinness de los récords. Detrás de ella se sitúa el edificio que alberga el ayuntamiento de la ciudad y el gobierno de la República de Buriatia. El parlamento regional ocupa otro bloque a la derecha y entre ambos, separándolos o uniéndolos, según se mire, el inmenso edificio que acogió la sede local del KGB en tiempos soviéticos. Las ciudades de provincias son transparentes como las aguas de los 336 afluentes que alimentan el Baikal.
Dmitri Frolov, guía oficial de Ulán-Udé, un tipo nervioso y tierno que pone su corazón en la descripción de la ciudad que adora, carga con un bolso que parece contener todo el pasado de la urbe, sus edificios y sus leyendas, en viejas fotografías. Cuenta, por ejemplo, que cuando se construyó el Teatro de la ópera, el único de su tipo en esas latitudes, pintaron un retrato de Stalin en el techo. Corrían entonces los años de posguerra y el Amo, como llamaban a Stalin sus subalternos, era tenido por salvador de la Patria. Pero pronto llegaron las denuncias de los horrores del estalinismo, de los que tanto se sabía en Siberia, y el retrato fue ocultado debajo de una capa de pintura. No obstante, dicen que todavía hoy quienes asisten a la ópera descubren el rostro de Stalin escrutando la platea, si se dan ciertas condiciones de iluminación en la sala.
Ulán-Udé, con su discreto encanto provinciano, su calle peatonal llena de paseantes que aprovechan los primeros días del otoño, su simpático monumento de Chéjov, a quien tenían allá por un excéntrico, su inevitable hombre del acordeón que entretiene a los forasteros con música alegre y maneras sobreactuadas a cambio de unas monedas, resulta un magnífico trampolín desde el que proyectarse a los paisajes extraordinarios de Buriatia, en los confines de Rusia.
El Datsán de Ivolguinsk
A apenas 40 km de Ulán-Udé, en el fondo de un hermoso valle rodeado de montañas, se encuentra el Datsán de Ivolguinsk, el más importante del centenar de monasterios budistas con que cuenta Rusia, su centro espiritual. El budismo llegó al imperio ruso desde el Tíbet, a través de Mongolia, en el s. XVII. Inicialmente tolerado en la Rusia zarista, y hasta favorecido por el zar Nicolás II, quien invitó al Hambo Lama a la celebración del tricentenario de la dinastía de los Romanov en 1913, la práctica del budismo fue perseguida durante los años soviéticos y ha vivido un saludable resurgimiento en la Rusia poscomunista. Ello es perfectamente apreciable en el magnífico estado de los templos y el creciente número de peregrinos que visitan los lugares sagrados. Actualmente, el número de creyentes budistas en Rusia se calcula en unos 200.000.
Levantado en 1945 por lamas que sobrevivieron al Gulag, el Datsán de Ivolguinsk es un impresionante conjunto arquitectónico que reúne diversos templos, la universidad budista, edificios para el alojamiento de alumnos y profesores, un anfiteatro, un museo de arte buriatio y una biblioteca. Traspasadas las puertas del complejo, el visitante es invitado a rodearlo avanzando por la izquierda, como manda la tradición, haciendo rodar los molinos de oración que contienen el mantra Om mane padme un, el mismo que se puede leer en las colinas a lo largo de la carretera que conduce a Ivolguinsk. Deambular por el monasterio, cruzándose a cada paso con las figuras esbeltas y silenciosas de los monjes absortos en sus faenas, entregarse a la serena monotonía del lugar, genera esa suerte de paz interior que solo se alcanza en los lugares santos.
El Datsán de Ivolguinsk es un lugar de peregrinaje al encuentro del Hambo Lama Itiguilov, una influyente figura del budismo ruso en el primer cuarto del siglo XX. Enterrado en 1927, el cuerpo de Itiguilov fue exhumado tres veces, la última en 2002. El estado de conservación de su cuerpo, que no fue sometido a proceso de momificación alguno, sorprende a los científicos forenses y admira a los fieles que viajan a verlo desde todo el mundo. Sentado en la posición de loto dentro de una urna de cristal y carpintería de aluminio ubicada en el templo principal del conjunto, Itiguilov produce una impresión a la vez incómoda y sublime. El aserto de los creyentes de que se trata del único hombre que ha superado la muerte y que, por lo tanto, lo vemos aún vivo, en estado de nirvana, genera un intenso desasosiego. Al visitante se lo anima a pedirle lo que se le antoje, en cualquier idioma y sea cual sea su credo. Yo pedí algo que no revelaré aquí por su carácter íntimo. Un zumbido del teléfono me avisó de la llegada de un mensaje en el instante mismo en que le hablaba al santo. Al salir del templo, tenía el aviso de un descuento en la óptica que frecuento, que no es un mal asunto para empezar.
Los viejos creyentes
Siberia es en nuestro imaginario sinónimo de deportación y exilio. ¡No nos lo hemos inventado! Durante siglos, zares y chekistas enviaron allá a padecer el crudo clima de Siberia, la terrible soledad de Siberia, a millones de disconformes y disidentes. Buena parte de los decembristas, el grupo de jóvenes militares salidos de la aristocracia que se levantaron contra Nicolás I en 1825, fueron a dar con sus huesos a Buriatia, donde se los reverencia. La entrega que mostraron sus esposas, acompañándolos, mientras dejaban atrás las mieles de San Petersburgo, es tenida en Rusia como ejemplo de amor sublime y ha sido cantada por sus poetas.
Antes aún, Siberia fue incómodo puerto de destino para los viejos creyentes, que es como se conoce a quienes rechazaron la reforma eclesiástica promovida por el Patriarca Nikón y abandonaron la iglesia ortodoxa rusa en 1666. Gentes de una rara autenticidad, los raskólniki, como también se les llama, han cultivado la fe y las costumbres de sus ancestros, acarreándolas de generación en generación, hasta hoy. En Tarbagatai, un pueblo ubicado a cincuenta kilómetros de Ulán-Udé, se puede visitar una iglesia de esa congregación donde el padre Serguii o su corpulento ayudante narran con notas no exentas de humor la trágica historia de los viejos creyentes y explican sus costumbres ayudados por un museo que el propio Serguii se ha ocupado de reunir a lo largo de los años. El orgullo de haber perseverado en la fe de los antiguos, de haberle ganado sendas batallas al zarismo y al régimen soviético, convierten en una historia de éxito lo que uno habría percibido como un relato de horror y desesperación.
Saciada la curiosidad del visitante, pero abierto su apetito, a unos pocos kilómetros espera la aldea Desiátnikovo, que forma parte de la red «Los pueblos más bonitos de Rusia», entidad asociada a otra red de escala mundial a la que también está integrada España. Allí unas divertidas ancianas sirven comidas tradicionales y, tras los postres y la copita de aguardiente, ofrecen un espectáculo musical que concluye con la escenificación de una boda según el rito conservado a lo largo de los siglos. Por cierto, aviso que la ceremonia incluye negociar jocosamente el precio de la dote y pagarlo en rublos contantes y sonantes. Y doy fe de que no permiten escurrir el bulto al novio elegido para la representación.

El Baikal
Zandra Zandaguiev, el ministro de economía de Buriatia, es un hombre de hablar pausado, pero firme, que más parece un académico que un político. El desarrollo del turismo en la costa del Baikal se ha convertido en una prioridad del gobierno ruso y el ministro regional habla con entusiasmo de inversiones y hoteles. También de la preservación del entorno natural del lago, cuyo complejo equilibrio ecológico se ha visto amenazado en ocasiones. En el lado buriatio, el gobierno ruso estableció cinco zonas económicas especiales que cuentan con una millonaria inversión del presupuesto federal. Una de ellas, El puerto del Baikal, a poco más de un centenar de kilómetros de Ulán-Udé, ya permite apreciar el resultado de la inversión: potente infraestructura, un paseo marítimo, una marina y un faro. Ahora se trabaja con inversores privados para la construcción de sendos hoteles y chalés de dos clases, una de ellas de gran lujo.
Ese es el futuro del turismo en el Baikal buriatio. Pero el presente ya cuenta centenares de miles de visitantes que se alojan en establecimientos diversos, incluidas casas particulares que se han sumado a la oferta. En todos, reina la célebre hospitalidad rusa, más generosa aún en la remota Siberia, donde la llegada de un viajero fue siempre una fiesta. Tradicionalmente, los meses de verano, de junio a agosto, han congregado la mayor cantidad de visitantes y el funcionamiento óptimo de toda la oferta de ocio: festivales, viajes en barco por el lago, práctica de la pesca deportiva, observación de animales (aves, focas, osos) y los baños de mar en algunas playas donde la temperatura del agua alcanza los 25 grados y la arena es tan fina y blanca como en una playa de California. Pero el encanto invernal del lago, el extraordinario paisaje de su superficie helada, concita cada vez mayor entusiasmo entre amantes de actividades deportivas de riesgo o, simplemente, de experiencias deportivas singulares. Cobra cada vez mayor celebridad el Maratón de hielo del Baikal, cuya próxima edición tendrá lugar el 7 de marzo de 2017, y donde ya se han visto corredores españoles.
Un buen destino es el complejo Baikálskaya Riviera, tal vez el mejor alojamiento en esa parte del lago, una serie de chalés de olorosa madera de pino, habilitados con todas las comodidades, incluida una sauna rusa tradicional. Su directora, la encantadora Marina Zapolskaya, siberiana de pura cepa, es una enciclopedia de las costumbres de la región y el Baikal, su peculiar fauna conformada por un 80% de especies endémicas. Marina habla con ardor de la mística que rodea al lago, de la manera en que le cambia la vida a todo el que se entrega a su embrujo. Es habitual terminar las noches en el complejo, ubicado junto al lago, en torno a una hoguera donde se asa en espetones el ómul, un salmónido que constituye el eje vertebral de la gastronomía del lugar, y se escucha ulular el viento, tal vez el temido barguzín, mientras alguien rasga las cuerdas de una guitarra.
Siberia es un espacio inmenso donde conviven, como en un planeta distinto, como en una luna a la que nos diéramos un salto en avión, una naturaleza absolutamente impresionante, una historia que junta el dolor de los deportados con el afán de los buscadores de oro, la perseverancia en la fe de los antiguos que muestran los viejos creyentes y los budistas con la realidad cotidiana de gente hospitalaria, entrañable. Y el Baikal. Ese alucinante pozo del mundo.
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