Ya saben cuánto disfruto con estos videos filmados por turistas en Cuba, cuánto disfruto cazándolos. Más si son en La Habana. Por aquello de que a falta de pan, casabe, también.
En este, fresquito en Youtube, dos parejas de turistas españoles suben a sendos Cocotaxis que se enzarzan en una competencia, para separarse después cuando el nuestro abandona el Malecón y toma un atajo que lo lleva al Paseo del Prado y más allá…
¡Ese paisaje! ¡Esa ciudad! ¡Esas gentes! La velocidad del vehículo en que viaja la cámara, el cielo plomizo, el aire a pasado que se respira por todos lados, las mujeres orondas que asoman aquí o allá.
La Habana… Alguna vez yo viví allí.
(Recomiendo verlo en función “pantalla completa”.)
Pasamos por delante cada noche Bruno y yo. Y venimos de hacerlo.
Ahora había tres policías en la puerta y un cuarto junto a una de las dos patrullas, hablando por la radio.
Adentro, al fondo, el cadáver de un indigente.
Bruno se abalanzó sobre los policías no más verlos. Dócil ataque, claro, que a Bruno le gusta más la gente que lo que a Michael Jackson le gustaban los niños.
Dos de los policías se acuclillaron para jugar con el perro. Con el tercero, más circunspecto, quise asegurarme.
—Está muerto, ¿no? —le pregunté mirando al cuerpo tumbado sobre cartones entre dos cajeros de color amarillo pollito.
—Es cachorro, ¿no? —preguntó uno de los acuclillados, antes de que el otro me respondiera que sí, que el tipo era fiambre.
Me maravilló la geometría de la escena. No la geometría moral, que en esa los roles habría que asignarlos con otras mañas, porque todos se quieren hipotenusa. La mera geometría que reunía al cadáver, al perro, a los cuatro policías y a mí: ellos uniformados; yo en sandalias, con la camisa del mismo color que la tez del muerto, en la pendiente de una calle que a estas horas desanda gente sin rostro.
Tres árboles y el doble de minutos más allá, Bruno adoptó gimnástica postura de cagar. Me di la vuelta mientras extraía del bolsillo la bolsa de nylon perfumada con la que recoger las heces. A la espera del juez o la ambulancia o lo que llamen en tales circunstancias, y de espaldas al muerto, los policías —los cuatro ahora—, nos miraban. Y sonreían.
Sentí un súbito escalofrío al que Bruno no fue ajeno. No sé él, inocente, pero a mí se me ocurrió que inmersos en ciertos roles adjudicados por caprichosos —¿o debo decir «azarosos»?— trazos sobre la regla que dibuja el paisaje, o eres policía o eres fiambre.
Y corrimos ambos a echarnos aquí en casa. Él sobre la alfombra; yo, sobre estas teclas.
A buen resguardo ahora, Bruno es un simpático perrito y yo un tipo que junta palabras. Doce minutos después, ya se habrán llevado al muerto.
Hoy entré a comprar cigarrillos en el estanco de la calle Ramón y Cajal y me di de bruces con una joven mulata que juraría es la mujer más bella que he visto en mi vida. Una de esas mujeres por las que uno se siente dispuesto a abandonarlo todo de golpe —¡todo!— con solo mirarles a la cara. Era un ángel. De pie junto a una suerte de atril, ofrecía a los clientes no sé qué nueva versión de qué sé yo qué marca. Los ángeles también venden cosas. Le sonreí como mejor pude, disimulé esa mezcla de «temor y temblor» que sobreviene a la súbita exposición a lo sagrado y le di las gracias y la espalda.
Abandoné el estanco, volví a casa dando un rodeo y tan solo cuando asomé a mi calle reparé en que iba cojeando. A veces la belleza es tan contundente que hiere, y duele.
En ese sentido, el niqab sería una suerte de fármaco.