Hacía mucho, sin embargo, que no me tocaba encontrarme con algo como lo que sigue: una versión en «clave cubana» de Noche oscura (Tiómnaya Noch), una de las canciones más arraigadas en la memoria de los rusos que lucharon en la Segunda Guerra Mundial o la padecieron.
Aparecida originalmente en Dos soldados, de Leonid Lukov, película rodada en medio de la guerra, ahora Leonid Agutin, a quien recordarán cantando en La Habana en enero pasado, y el cubano Orlando Valle, «Maraca», le han adosado flauta y modificado la letra, cantan a medias en ruso y español, en busca de movimientos de caderas.
El resultado me parece espeluznante. (Tal vez no se lo parezca a todos ustedes, pero no apostaría por eso.)
Con todo, aquí lo comparto: es música escrita por cubanos y rusos sobre el pentagrama del poscomunismo.
Pues, porque mientras esa represión tenía lugar, él estaba ocupado en otras cosas. Con que si le hacían atentados, con la Crisis de Octubre… Con hacer política, vaya, que ya se sabe lo ocupado que está un líder que va haciendo historia.
El argumento es de veras conmovedor y viene con par de trampas armadas con paciencia de resucitado.
Porque, primero, lo que nos viene a decir es que Fidel Castro considera que todos los que se adueñaron del poder en 1959 eran una pandilla de hijoputas y sádicos represores a los que sólo él, nuestro Moderado en Jefe, ponía coto. Y como nunca estaba disponible por culpa de la CIA, ya se sabe: ¡a reprimir se ha dicho! Que, oigan, si en Langley no hubieran dedicado tanto tiempo a preparar batidos ponzoñosos, que a nadie le quepa duda que Virgilio Piñera o Reinaldo Arenas la habrían pasado la mar de bien en el mar de las Antillas. Castro I se habría ocupado de alejar a los homófobos a pescozones.
Y dos: todos sabemos que eso no lo veremos jamás, pero juguemos con la idea de que algún día Fidel Castro sea llevado ante un tribunal. Imaginemos, pues, por un instante que el juez le lee los cargos, la ristra de cargos, y vemos a la anciana figura ―con rostro compungido, pero sonrisa socarrona― reactualizar aquel distante «La historia me absolverá» con el exculpatorio argumento de su permanente ocupación en cenitales asuntos mundiales:
«La historia no sé, Señoría, pero lo que sí es seguro es que las efemérides me absolverán», proclamará blandiendo una enciclopedia.
Par de bichitos poscomunistas, estos aterrizan en La Habana que es buena, repite el estribillo, «lo mismo en invierno que en verano». Buen sitio, dicen, para pedirse un ron, marihuana o cocaína, ciudad donde todos se pasan el día singando ―ya saben lo que dijo de esa palabra GCI― sin preocupaciones. Ciudad cara, eso sí, para los que tienen «jeta blanca», como los rusos. Coches antiguos, ropa demodé. ¡Pero qué playas, oye! Y «Fidel Castro» y «Che Guevara» asomando entre la maraña del rap, ¡que no falte el redondeo del cliché!
Círculo cerrado, pues. De aquella noche de la que cuentan que Alexéiev, el enviado de Moscú, se reunió con Fidel Castro con botella de vodka y bote de caviar por medio hasta este clip urdido por dos hijos del poscomunismo que regresan a la misma Cuba, cincuenta años después, para dibujarla desde la sonsera inmisericorde del lugar común.